Como la rosa
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COMO LA ROSA
por Hugo Olaiz

Me llamo Carlos, pero desde los ocho años todo el mundo me dice Charlie. Ese es el nombre que me pusieron Allen y Johnson, los dos primeros mormones que llegaron a Paso Seco. Allen y Johnson ya habían golpeado todas las puertas del pueblo cuando llegaron a la nuestra. Es que vivimos en la última casa en la última calle, así que cuando nos encontraron estaban listos para irse del pueblo y no volver nunca más.

En esa época todos en Paso Seco eran católicos apostólicos y romanos, pero Abuelita solía decir que nosotros no. Era por algo que había ocurrido unos diez años antes, cuando Mamá quedó embarazada y el hombre que la dejó embarazada se fue del pueblo. El Padre Alfonso dijo cosas muy feas de Mamá y de la Abuelita en misa, y después de eso Abuelita dijo que no volvería a pisar la iglesia católica jamás. Cuando Abuelita empezó a tener visiones y sueños raros, casi todo el pueblo pensó que se había vuelto loca, y el Padre Alfonso declaró que era castigo del cielo.

Cuando Mamá dejó entrar a los misioneros, todos en el vecindario se escandalizaron. El Padre Alfonso dijo que nos íbamos a ir al infierno. Pero desde el primer momento en que Abuelita vio a los élderes, dijo que eran Santos Varones. Lo que yo me acuerdo es que me dieron una barra de chocolate Hershey, y eso fue genial porque yo nunca había comido un Hershey.

Allen y Johnson vinieron cada día, nos enseñaron el evangelio, y entonces nos preguntaron si queríamos bautizarnos. Yo le dije a Mamá que quería bautizarme porque nunca me había bautizado antes, y además porque los élderes tan buenos. Así que un domingo muy temprano fuimos todos al río. Allen la bautizó a Mamá y Johnson me bautizó a mí. Me acuerdo que yo estaba todo vestido de blanco, incluso tenía puestas medias blancas. El agua estaba fría, así que después del bautismo volvimos a casa, Abuelita hizo chocolate, y los élderes trajeron una torta pesada que llamaban brownies. Allen quería saber cómo se dice brownies en castellano, pero nosotros le dijimos que no sabíamos, porque nunca habíamos visto ese tipo de torta. Los élderes le enseñaron a Mamá a hacer la torta, y siempre la llamamos brownies, como los élderes.

Unos días después del bautismo Allen y Johnson vinieron con la noticia de que habían alquilado una casa donde vivirían y harían las reuniones. Mamá les preguntó que qué casa habían alquilado, y los élderes dijeron que la Casa de las Locas. Abuelita se empezó a reír y le dijo a los élderes que a esa casa solían ir hombres para tomar y bailar con mujeres que vivían allí, y que por eso se llamaba la Casa de las Locas. A los élderes les dio mucha vergüenza cuando oyeron eso, pero ya habían firmado el contrato, así que después de eso todo el pueblo supo que los mormones tenían reuniones en la Casa de las Locas.

Lo que a mí más me gustaba eran las noches de hogar. Eran los lunes y asistía todo el mundo, es decir, los misioneros, Mamá y yo. Cantábamos un himno, teníamos una oración y una lección, y después cocinábamos algo. Supongo que antes la cocina debe haber sido una parte muy importante de la Casa de las Locas, porque era grande y muy cómoda. Los élderes nos enseñaron cómo hacer rollitos de canela, y pan de banana, y galletas con chocolate, y pasteles de manzana. También aprendimos a hacer tostadas francesas y barritas de limón.

Cuatro semanas después que empezamos a reunirnos en la Casa de las Locas, el Presidente Shumway y la esposa vinieron a Paso Seco por primera vez. Mamá me dijo que él era el jefe de todos los misioneros del país. Le di la mano al Presidente Shumway como solía hacerlo con los élderes, pero él se detuvo después de la primera parte, porque no sabía cómo seguir. Hasta ese momento él había estado muy serio, pero cuando vio la manera de dar la mano que los élderes me habían enseñado, él y todos los demás se empezaron a reír, y entonces me di cuenta de que hay muchas maneras de dar la mano.

La gente tenía diferentes opiniones sobre los élderes, y yo escuché muchas historias increíbles. La mejor amiga de Mamá era Marisa, la modista. Ella había oído que los mormones habían venido al pueblo a secuestrar a las chicas y llevárselas a los Estados Unidos, así que tenía mucho miedo y no quería tener nada que ver con los élderes. Pero un día Marisa pasó por la Casa justo cuando estábamos haciendo panqueques. La ventana de la cocina estaba abierta, y luego Marisa nos dijo que cuando sintió el olor de esos panqueques, se dio cuenta de que los mormones no podían ser tan malos al fin y al cabo. La masa de los panqueques era fácil de preparar, y podíamos comprar margarina o mermelada, pero el jarabe de maple era una cuestión muy diferente. Casi siempre lo reemplazábamos con miel, pero un día un élder nuevo vino con una botella de extracto de maple. La botella era tan grande que la usamos por varios años, y todavía está mitad llena.

Nosotros sabíamos que Allen estaba por volver a los Estados Unidos, pero igual nos dio mucha pena cuando se fue. Antes de irse nos regaló un álbum de fotos, con la foto de él en la primera página. Johnson volvió de la capital con el Élder Strong. Strong solía decir que se llamaba el Élder Fuerte, porque “strong” significa fuerte. Los élderes trabajaron mucho en Paso Seco, tratando de enseñar a la gente, pero no podían encontrar a nadie que quisiera bautizarse.

Había dos o tres chicas que solían venir a las reuniones, y una de ellas me pidió que le pregunte al Elder Strong si tenía novia. Cuando le pregunté, Strong se puso colorado. Me dijo que no tenía, pero que eso era un secreto entre nosotros dos. Me dijo que cada vez que una chica me preguntara si tenía novia, yo debía decirle que tenía una novia muy hermosa en los Estados Unidos, y que se casarían muy pronto. Yo hice eso no sólo por Strong, sino también por todos los otros élderes que vinieron después de él. Incluso empecé a inventar nombres y descripciones de esas chicas norteamericanas que jamás había visto y que ni siquiera existían. A los élderes les encantaba oír mis descripciones, y hasta me ayudaban a pensar más nombres en inglés. Siempre me decían que, en ese caso, mentir estaba bien.

Después de seis meses los élderes empezaron a llamar al pueblo Pozo Seco en vez de Paso Seco, y el Elder Cluff dijo una vez que ese pueblo era más seco que el beso de una Mollie Mormon. Yo no sabía qué era una Mollie Mormon, pero después de ese episodio le dije a todos los misioneros nuevos que Paso Seco era un pozo, y que estaba más seco que el beso de una Mollie Mormon, y todos se reían a carcajadas.

Los élderes nunca le pidieron a Abuelita que se bautice, porque nadie estaba seguro de si estaba loca o si estaba cuerda. Una sábado bien temprano se puso enferma. Mamá se estaba preparando para ir a la capital, y me dejó encargado de cuidarla. Yo le dije a Abuelita que de desayuno prepararía algo llamado tostadas francesas, algo que ella nunca había probado. Pero cuando Abuelita vio las tostadas se empezó a reír, y me dijo que esas no eran tostadas francesas sino torrejas, y que las había comido desde la infancia. A los pocos días Abuelita se repuso y me hizo torrejas muchas veces, pero cuando estaba con los élderes yo las seguía llamando tostadas francesas. Y después de ese episodio nunca estuve seguro de si los élderes nos estaban enseñando cosas que nunca habíamos aprendido o cosas que solamente habíamos olvidado.

El Presidente Shumway le dijo a Mamá que no podía darse el lujo de mantener a los mismo misioneros por mucho tiempo, así que todos los meses venía uno nuevo y otro se iba, y todos los que iban dejaban una foto. Yo era el encargado de agregar las fotos al álbum. Pasaron dos años, y Mamá descubrió que yo estaba amontonando las fotos en la anteúltima página del álbum. Le expliqué que pensaba que cuando termináramos el álbum, sería el fin del mundo. A Mamá eso le hizo mucha gracia y se lo contó a los élderes. En la siguiente noche de hogar el Élder Sanders enseñó una lección sobre la Segunda Venida, y desde entonces me empezaron a llamar Charlie el Apocalíptico. Esa noche el Elder Pennock hizo rollitos de canela, pero el horno estaba demasiado caliente y cuando sacamos la primera tanda, estaban todos quemados. Sanders dijo que eso había sido muy apropiado, porque esos rollitos eran una de las señales de la Segunda Venida.

Un día Sanders y Pennock vinieron sin corbata, y eso era bastante raro, pero nos explicaron que con el asunto de la revolución el Presidente Shumway les había dicho que se vistieran así. Por varias semanas pasaron casi todo el tiempo en la Casa de La Locas, escribiendo cartas y escuchando la radio. Yo los visitaba todos los días, les hacía mandados y hasta les compraba el diario. Eso también era muy raro porque los élderes tenían una regla que decía que no podían leer el diario, pero me parece que en esos días había muchas reglas que podían romper.

Un lunes tuvimos una noche de hogar especial e hicimos s’mores. Hacer s’mores era muy difícil, porque teníamos que hacer los marshmellows nosotros mismos, y esperar a que algún élder recibiera una encomienda de los Estados Unidos con las barras de chocolate Hershey y las galletas Graham. Y a veces la encomienda llegaba con un agujero, o el élder recibía un traslado antes que llegara el paquete, así que teníamos que esperar que otro élder recibiera otra encomienda. Pero después sí que daba gusto, porque íbamos afuera y hacíamos una fogata, y doblábamos algunas de las perchas metálicas de los élderes y las usábamos para tostar los marshmellows. Al Elder Cluff le encantaba doblar las perchas, solía decir que las perchas de industria nacional sólo servían para tostar marshmellows. Y es probable que tuviera razón, porque antes de volver a los Estados Unidos nos dejó todas sus perchas norteamericanas y nunca tuvimos que volver a comprar perchas.

Tres días después de los s’mores, Sanders y Pennock nos dijeron que se irían, y que la Iglesia quedaría cerrada. Mamá me llevó a la capital para ver al Presidente Shumway, para decirle que no podía cerrar la Iglesia en Paso Seco. El Presidente Shumway escuchó con mucha atención. Entonces nos explicó que estaba cerrando la iglesia no solamente en Paso Seco, sino en todo el país, antes de volver a los Estados Unidos. Le dijo a Mamá que para mantener la iglesia abierta se necesitaban hombres, hombres como el Hermano Wilson, que trabajaba en la embajada Norteamericana, o como el Hermano Riveros, que había sido profesor antes de emigrar a los Estados Unidos. Le dijo a Mamá que el evangelio es para todos, pero que para dirigir la Iglesia se necesitaban hombres.

Desde la revolución ocurrieron muchas cosas en el país, y muchas cosas han cambiado. Lo peor es el racionamiento, porque recibimos muy poca harina y muy poca azúcar, y la que recibimos es casi siempre azúcar negra. La última vez que recibimos harina Mamá hizo wafles. No teníamos miel, pero Mamá había guardado escondida un poco de mermelada, y siempre tenemos el extracto de maple. A veces me parece que ese extracto es lo único que nos queda.

A veces Mamá y yo vamos a la estantería y abrimos el álbum. Miramos las fotos y nos reímos de recordar historias. Yo quería poner las fotos en orden alfabético para que fuera más fácil encontrar a cualquier élder, pero Mamá me dijo que no era necesario, porque ella sabe todos los nombres de memoria. Así que dejamos las fotos en el mismo orden, con Allen al principio y con Pennock al final. Y es bueno tenerlas así, porque ese álbum es la historia de la Iglesia en Paso Seco.

Ahora la Casa de las Locas es una discoteca. Los fines de semana ponen la música muy fuerte, bailan hasta las tres o las cuatro de la mañana, y a veces terminan el baile con un tiroteo. Los vecinos dicen que les gustaba más cuando los mormones vivían allí. Marisa me dijo que habría preferido ser secuestrada por los élderes y terminar en los Estados Unidos antes de quedarse en este infierno de música y de tiros.

Ahora tengo 12 años, y el año próximo me toca ingresar al Ejército Popular Revolucionario. Mamá dice que no lo va a permitir, que si el gobierno mantiene la conscripción vamos a emigrar a los Estados Unidos. Los élderes solían decir que en la Segunda Venida todos los mormones van a ir a Utah, y que no van a necesitar visas ni pasaportes para ir, pero Sanders me dijo una vez que Sión está en todos los lugares donde la gente está haciendo cosas buenas. Si Sanders tenía razón, entonces no necesitamos ir a Utah. Podemos tener Sión aquí en Paso Seco, y ver el desierto florecer como la rosa. Algún día tal vez hasta suspendan el racionamiento, para que podamos hacer lemon pies, y galletas, y wafles, y pan de banana. Eso sí que sería genial, porque el olor del pan de banana es tan delicioso. Yo todavía me acuerdo de las galletas de chocolate y de los brownies. Qué bien que olían. Y los rollitos de canela. Tenían un aroma que nunca me voy a olvidar.