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Entrevista realizada por Hugo Néstor Olaiz el 17 de diciembre de 1994 en Villa Elisa.
Contiene algunas intervenciones de Eva. Terminada de transcribir el 25 de marzo de 1996.
Los primeros recuerdos que tengo de Amelia en Córdoba era cuando agarrábamos una carretera, un día de unos 40 grados de temperatura. Salíamos siempre con una caña cada uno, porque había una arañas peludas de un tamaño muy grande, del tamaño de una mano. Esas arañas tienen cuatro dientes. Nosotros las hacíamos enojar y morder las cañas. Cuando mordían la caña, hacían una especie de chasquido, un ruido muy fuerte. Después las matábamos, porque había muchas. Se cruzaban la carreteras de tierra. Hacíamos ese recorrido. Amelia y yo siempre andábamos juntos. Nosotros dos teníamos casitas en el monte. Teníamos “caballos” que eran huesos, cañas, etc. A veces Raquel venía de visita. Raquel era mayor que nosotros y más aristocrática. ¡Ella había estado en la capital! Nosotros la recibíamos mal en las visitas. Ella venía con una linda muñeca, y nosotros teníamos unos trapitos viejos. Yo tenía una caña con un pedazo de hilo, y ese era el caballo mío. Pasábamos el día jugando en el monte de un italiano que era muy amigo de nosotros. Él nos había prestado la casa esa para vivir ahí. Vivíamos muy bien.
Horacio trabajaba en el campo, Ramón también. Y yo a los siete años salí a trabajar en el campo, las cosechas, etc. También me tocó varear caballos de carrera. Yo era chiquito, con el cuerpito que tenía me alzaban hasta el caballo y yo lo vareaba, le tomaban el tiempo. Yo era chiquito. Y de ahí pasé a trabajar en las chacras como boyero. Se le dice boyero al chico que presta utilidades para arrear los aperos, echar los caballos, las vacas, etc. En el campo me pagaban cinco pesos por mes, y cada tanto me hacían algún regalito. Yo trabajaba desde que amanecía hasta la noche. La manía de los patrones era que nosotros teníamos que trabajar.
Y luego, cuando me venía a la ciudad de Santa Eufemia, tuve que ir a la escuela. Fui un año solo, fue el año que sacaron esa foto. No aprendí nada porque era chiquito, tenía de seis a siete años. Y después fui de vuelta al campo, y seguí trabajando en el campo con unos italianos. De los italianos m pasé a trabajar con unos austríacos, y con ellos pasé varios años. Ellos no hablaban el castellano, sino solamente el austríaco. Y yo aprendí a hablar el austríaco de tal manera que no podía hablar el castellano. Los austríacos no me querían dejar venir a La Plata, tuvieron que hacerlo por medio de la policía. Un comisario de Buenos Aires se comunicó con un comisario de allá, y los obligaron a que me traigan acá. Cuando vine acá a La Plata mi familia se reía de mí, y me cargaban porque me hacían hablar y no podía hablar el castellano. Cantaba y hablaba en austríaco. Y yo tenía nueve o diez años, y no podía agarrar el castellano.
De aquí, en seguida me fue a trabajar al campo, a Brandsen. Como por un año, de diez a once años trabajé en Brandsen. Casi a los doce años volví a La Plata y trabajé de carnicero, repartidor de carne, hasta los quince años. Después conseguimos un repartito de diarios. Repartíamos el diario El Día, El Mundo, El Argentino de acá de La Plata, y La Prensa y La Nación de Buenos Aires. En ese tiempo los diaritos de acá de La Plata valían todos cinco, y los de la Capital diez centavos. Tato y yo teníamos el reparto. Después vendimos el reparto, y yo me fui a trabajar al campo de vuelta, a los tambos. Estuve en Oliden, en la estancia La Trinidad de los Martínez de Hoz. Estuve dos años. Yo trabajaba de apoyador de tambo. Me levantaba a las tres de la mañana en verano, y en invierno a las cuatro. Trabajaba hasta la noche. Siempre trabajaba a lomo de caballo, haciendo trabajos pesados, cargando tarros de leche, etc. Luego, en el día, había que engrasar sogas, hacer trabajos manuales en el campo, etc. Hice de todo un poco. Creo que hasta he hecho bozales, etc. Porque el trabajo de campo, me gustaba todo. Los patrones me pagaban más o menos bien, tenía buenos patrones. Trabajé hasta los 18 años.
A los 18 años me vine a La Plata y me fui a Buenos Aires, allí trabajé de fotógrafo. Cuando cumplí los 20 me tocaba el servicio militar, el Tato se vino a Buenos Aires y agarró el trabajo que yo tenía de fotógrafo de revistas. Las revistas se llamaban Gran Mundo y Mundo Argentino. Mundo Argentino no sé si todavía existe, pero Gran Mundo desapareció. Gran Mundo era un diario social de Buenos Aires, nosotros tomábamos fotos en lugares de la alta sociedad, en lo lugares donde se reunían y hacían grandes fiestas. Nosotros tomábamos las fotos. Luego en la revista salían algunas de las fotos principales, y las demás las repartíamos a domicilio. Nos pedían uno, dos o tres fotos de cada foto que sacábamos para que las lleváramos a domicilio. Y así recorrimos Buenos Aires de Avellaneda a La Boca, de La Boca a Liniers, de Liniers a Belgrano, de Belgrano hasta cerca de El Tigre. Todo ese recorrido tenía que hacer yo en tranvía, en micro, etc. Así hacíamos el reparto de las fotos de la revista.
Cuando me tocó el servicio militar me vine a La Plata, me tocaba en el Regimiento 7 de Infantería. No lo hice, estuve quince días y me dieron de baja. No me tomaron por la dentadura, desde ese entonces yo ya tenía problemas de dentadura. Era una clase muy numerosa, y no importaba. Unos por peso, otros por la salud, otros por le estatura, de esa manera exceptuaban a muchos. Al salvarme del servicio militar no me volví a Buenos Aires sino que me fui a trabajar a YPF. Trabajé en YPF unos dos años, hasta aproximadamente los 22 años. Y de YPF entré en los micros de La Plata, donde me jubilé de inspector de micros. Todos los años me daban permiso para ir a las cosechas al campo. Iba a Castelli, iba al Partido de Brandsen, a Jéppener, a Altamirano. Trabajaba en las cosechas de maíz y de girasol. Luego me vine a La Plata, donde me puse de novio con mi querida esposa.
Conocí a Eva en la iglesia, en la Primaria. Ella iba a la Primaria. Tenemos una foto, ella iba a la Primaria. Era una chica de nueve años cuando vino de Maderos (del Partido de Pehuajó). Yo iba a la Iglesia, donde me llevó Mito. Al principio yo rechazaba la Iglesia, y luego vi que era lo más lindo del mundo que podría haber logrado, y lo logré [se emociona]. No me puedo olvidar de mi finado cuñado Mito porque él fue el que me llevó, me hizo conocer. Yo no quería creer nada en estas cosas. Siempre cuando venía a La Plata, de paso, iba a alguna iglesia, pero ninguna me gustaba. Me parecía que todas estaban equivocadas y no me gustaban. Para aprender a leer y escribir, tuve maestra particular. Felizmente eso me pagaron mis padres, y eso le agradezco muchísimo a mis padres, que me ayudaron para que así, de esa manera, pudiera desarrollarme.
Mito me hizo entrar a la Iglesia. Me dijo: Vas a conocer unos misionero, etc. Uno se llamaba Richard McBride y otro Morris Nelson. Antes de entrar a la Iglesia un día íbamos por la calle y Mito me dice: Mirá, ahí vienen los misioneros. Yo no quería saber nada y pensé: “uf, quién sabe como serán estos salames”. Pero me estrecharon la mano y ya sentí algo [se emociona]. A partir de ese momento ya estaba dando la palabra de que iba a ir derecho, que yo no iba a salir de ahí. Me dicen, “la reuniones son en la calle 67 y 22, frente a los Salvioli, ahí tenemos la capilla a tal hora y tal hora”. Fui y a partir de entonces no dejé nunca más la Iglesia.
Eva estaba viviendo con la familia Villarruel, que son sus cuñados. Cuando vinieron de Maderos, fueron la casa de Villarruel. Eva iba a la Primaria. Cuando ella tenía unos 18 años y yo estaba trabajando en los micros me hice novio de ella. Y en 1948 nos casamos. Nos casamos en la calle 18 y 66, en la casa de mis viejos. A partir de entonces criamos hijos y trabajé siempre, aparte de los micros trabajaba de zapatero. Siempre tuve trabajo, nunca me faltó, el Señor siempre me ayudó para que nunca me faltara nada. Hemos criado siete hijos y a los siete hijos nunca les faltó nada, siempre estudiaron. Si no se recibieron en algo no fue por culpa de nosotros, porque nosotros le dimos todo lo que ellos podían necesitar. Válgale a Señor. Válgale posiblemente a los diezmos que haya cumplido yo, en parte, porque al principio me costó muchísimo. Pero después sí, ya cuando le agarré la mano, me di cuenta de que el diezmo era necesario.
Cada vez que he ido al campo me ha tocado andar en caballos ariscos; me ha tocado andar vestido de paisano; me gustó el folklore, hice de folklorista acá en La Plata; me tocó dirigir conjuntos folklóricos; he andado con Dora, hemos andado con el conjunto por algún lado, siempre de visita, hemos salido en los diarios de acá de La Plata, en los diarios de esa época. Salimos con fotos en el diario por el folklore. Todos los años me daban permiso en los micros y me iba a la cosecha de Castelli. Allá en Castelli había una escuela rural, yo iba a la escuela rural a dar clases de baile folklórico. Era una cosa que gustaba muchísimo. Y cada vez que había una yerra, una fiesta grande en el campo, todos los padres de los chicos me conocían. Era un lugar precioso. Ahí tenía que andar a caballo, porque era en pleno monte de talas. Hay unos montes grandes de tala, desde Magdalena hasta Castelli, por toda la costa. Eso es todo era monte de tala. Y allí estaba la escuela rural, en el medio del monte. Y de allí es que me gustó tanto el folklore.
Cuando entré de novio con la vieja, ya no iba más a bailes ni a ningún lado, me dedicaba a comprar el terrenito para hacer la casita. Nos hicimos la casita con la vieja. Estábamos viviendo en la casa de la abuela. Y de la casa de la abuela vinimos a vivir cerca de Alejo Villarruel, allí compramos. Cuando estábamos construyendo la casa la vieja tuvo un mal momento, tuvo un mal embarazo y lo perdió. Pero después se repuso bien, y me ayudó a hacer la casa. Esa casa quedaba entre Ringuelet y Hernández. Y a partir de ahí compré una casita al lado, bien trabajada, y luego compré en La Plata, y vivimos en La Plata, en 45 y 26. Y de ahí vendimos y compramos en calle 43, entre 133 y 134. Y ahí vendimos y compramos en City Bell. Y en City Bell vendimos y compramos acá en Villa Elisa. Y aquí nos afincamos en Villa Elisa, desde hace unos quince o veinte años.
Siempre he trabajado dentro de la Iglesia. Lo poco que he hecho, lo he hecho con amor. Quiero tanto a la gente, y me quieren tanto, que yo no tengo palabras para decir que este es el gozo más grande que podido tener en mi vida. He criado buenos hijos, respetuosos, educados, sin malas palabras y sin vicios, y tengo una familia muy buena. Los familiares y parientes me han ayudado en todo, y no tengo quejas de ninguna naturaleza. Y ahora que estoy jubilado dejé el oficio de zapatero por problemas en los dedos, que no puedo trabajar, entonces dejé. Pero estoy trabajando igual, haciendo trabajos en un fábrica de alimentos para aves aquí, en Villa Elisa, a dos cuadras de acá. Y además tengo la quintita, ahí al lado. Siempre he estado en movimiento, siempre en movimiento. He criado hijos que me han salido muy respetuosos, muy buenos. El único que hizo la misión fue Gonzalo. Se casó con una chica ex-misionera también, una chica de San Nicolás. Hemos ido a la casa de ella, hemos tenido una hermosa fiesta en San Nicolás.
Y a la vejez hemos viajado con mi esposa. Nos hemos acostumbrado tanto que nos parece mentira, que nos va a faltar. Pero queremos conocer mucho más. Hemos conocido varias provincias, hemos recorrido con tanto amor, con tanta alegría de saber que nuestro país es bonito. Y que hay cosas que en otros países quizás nos parezcan mejores, y cuando las vimos aquí, vimos que son tan buenas como las de otros países. Es un gozo grandísimo para mí. Y hoy estoy aquí feliz, aquí en Villa Elisa, muy bien, lo mismo con los hijos que me rodean, excepto el Tim [Martín] que está en Brasil y la Ani [Ana María] que está en Mendoza. Y los demás están todos acá alrededor de La Plata, y Villa Elisa, y City Bell. Tengo toda la familia por acá.
El que nos casó a la vieja y a mí por el templo fue Héctor Olaiz. Cuando fuimos al sellamiento, yo pensaba, “ojalá que esté alguno de los selladores que conocemos.” Y precisamente estaba Héctor. Y a Gonzalo lo selló Robert [Olaiz]. Es un gran gozo también saber que él lo selló. Y tenemos una familia maravillosa.
Samuel Borén estaba en nuestro equipo. Era jugador de primera, jugaba con Larson para un cuadro argentino de básketbol. Y Larsen jugó para la selección argentina. Ese año Argentina ganó el Campeonato Sudamericano de Básketbol, Larson estaba jugando. Los uruguayos le plantearon a la Asociación del Básquet que había jugado un jugador extranjero, pero se comprobó que Larson había cumplido los dos años residiendo en el país, como marcaba el reglamento. Entonces no se le anuló. Ese año ganó Argentina. Larson era un señor jugador. [Dale A.] Bergeson era un misionero que estaba acá en La Plata. Y él donó la copa que ganamos nosotros en Liniers.
Después hemos jugado mucho al fútbol. He tenido un equipo de fútbol llamado El Expreso. Éramos todos del Club Gimnasia y Esgrima de La Plata. El Club Gimnasia nos donó las camisetas. Horacio jugaba en la segunda. Había segunda y quinta, Tato y yo jugábamos en la quinta, porque éramos jóvenes. Además he tenido cuadritos míos, y hemos hecho muchos campeonatos. Antes se hacían los “campeonatos relámpago”, comenzábamos un campeonato a la mañana, y por eliminación se llegaba a la final. A veces hemos salido campeones, a veces hemos salido segundos, y a veces hemos perdido también.
He tenido compañeros muy buenos en el fútbol, y he tenido compañeros peleadores también. Teníamos uno que siempre me pedía que lo llevara a todos los partidos porque a él le gustaba pelear. Pero no me decía que era por eso: “¡No, no! ¡Te lo juro por mi madre, Panchito! ¡Por, favor, Panchito, ponéme! ¡No me voy a perder ese partido!” ¡Pero cuando llegaba a la cancha...! No le pegaban a él, pero él veía que hacían caer a un compañero, y me decía: “Dejámelo marcar a mí”. Y al que se venía, lo volteaba, porque era un muchacho que tenía una fuerza enorme. Irónicamente, el apellido era Del Manso. Años más tarde, él ya era viejo, y cuando yo iba para el lado del Hospital de Niños, me encontraba con Del Manso. --Yo era Del Manso, y era “manso”, ¿eh? --Dejáte de embromar, vos eras terrible. Un día nos tocó jugar en Los Hornos, vos no viniste y nos dieron una paliza. Andaban con hondas, con piedras, con palos y nos corrieron. Si hubieras estado vos, habrías hecho desparramo. --¿Ves? ¡Esa vez no me quisiste poner, y te embromaste!
Jugaba uno que se llamaba Francisco Mariani, le decíamos Pancho Mariani. Y ése, cada vez que lo ponía, hacía lío. Pero no peleaba con el otro equipo, sino que se enojaba con nosotros. Siempre tenía algo para quejarse y enojarse. Un día me tiró la camiseta. Fue la única vez que le pegué a un muchacho, nunca me gustaba pegarles. Peso Mariani agarró, se sacó la camiseta y la tiró. Y para nosotros eso era lo peor. Éramos hinchas de un cuadro, nos habíamos hecho de un equipo, y esos colores son un símbolo. Tirarlo era una afrenta muy grande. Lo agarré a trompadas en la cancha. No nos expulsaron porque era un partido amistoso, que si no, me expulsan. Yo siempre era el capitán de los equipos. Yo era el que armaba los partidos, el que armaba los torneos, el que arreglaba los fútboles. Fútbol que se rompía, fútbol que lo tenía que arreglar yo. Y compraba las camisetas.
Un día Panchito Mariani vino con cien pesos, nos dijo que los había encontrado en la calle. Nosotros éramos chicos y teníamos buen corazón. Le dijimos: “tenés que devolverlos”. --¡Pero no, si estos cien pesos los encontré tirados en la calle! ¡Qué sé yo quién los perdió! ¡Vamos a comprar las camisetas! Fuimos con los cien pesos. Lo primero que compramos fue una valija, para echar todo lo que íbamos a comprar. Compramos botines de fútbol, camisetas y medias. Gastamos 95 pesos, y nos quedaron cinco. ¡Estábamos tan contentos! Esa noche no dormimos de la emoción, al día siguiente teníamos que jugar con la barra del diagonal 74, que eran los rivales peores que teníamos nosotros. Eran peleadores, malos. ¡Y nosotros íbamos a debutar con las camisetas! Eran como las camisetas antiguas de Ríver. La raya era diferente a la de Estudiantes, pero del mismo color. Después le hicieron la banda. Esa era la camiseta que teníamos. Y un fútbol nuevito, superball, que en ese tiempo eran fútboles de tiento. Compramos uno de los primeros superball que salieron. El superball es un invento argentino. Ahora se usa en todo el mundo, no se conoce otro fútbol más que elsuperball. Es un fútbol sin pico. Antes el fútbol tenía un pico, después se inflaba el pico, se doblaba y se ataba. Después se metía adentro del fútbol y el tiento se cosía. Pero cuando pegabas con el empeine en ese tiento, te hacía doler. Era malísimo. Pero desde que se inventó el superball, eso ya no es más problema. Sacás el inflador y ya está. Es como la cámara de un auto. Jugamos ese partido. Guardamos las camisetas. Un día golpean las manos en mi casa. Era un tano. --¿Osté es Pancho? --Sí. --Ío sonno el patre de Franchesco, ese degenerado, ese ladrón de porquería. Me va a dar toda la camiseta que ha traído para acá. ¡Todo lo que haya comprado, me lo va a tener que dar! Nosotros éramos chicos, estábamos asustados. Y le dimos todo lo que teníamos. No sé si le habremos dado todo, pero lo más le hemos dado. Dicen que después el gringo, para ir a trabajar, se ponía de a dos y de a tres camisetas, una arriba de la otra. Lo echó al hijo de la casa. Andaba durmiendo en los corralones, arriba de donde les ponen la comida a los caballos. El chico era vago. ¡Revago!
Un día les dije a Mestralé y al Ñato Castellanos: “Vamos a visitar a Don Mariani. Vamos a pedirle que lo perdone, no puede ser que Panchito esté durmiendo en los corralones y comiendo de la bondad ajena”. --¡El viejo nos va a matar! --No, nos va a matar. Vamos a tratar de convencerlo. El viejo nos reputió: --¡Sinvergüenzas! ¡Mascalzones! ¡A ostedes habría que matarlos a todos! --No, Don Mariani. Panchito estaba tan entusiasmado por el fútbol que nos engañó. Nosotros creíamos que había encontrado el dinero en la calle. --¡Ese dinero era el sueldo de un pobre trabacador! --Pero, don Mariani, ¡téngale paciencia! --¡Qué paciencia ni qué paciencia! --Al menos perdónelo, mire cuánto tiempo que hace que está durmiendo arriba de los altillos. Le hablamos tanto que lo convencimos: --Má... que venga. Pero ío non lo puedo ni ver. Que no me hábleno. Nosotros estábamos contentos. Lo aguantamos, nos dijo de todo, pero no importaba. Nosotros nos dimos la alegría de hacerlo a Panchito volver a la casa. Pero a los pocos días el chico ya estaba otra vez peleado con el padre. Panchito se venía a la cancha sin permiso. Después venía el padre, lo veía y se insultaban. Panchito le gritaba al padre: --¡Allá viene El Viejo! ¡Viejo, hijo de pu... ! En ese tiempo no se usaban malas palabras, pero él se las decía. El padre le contestaba: --¡Te voy a ca..., porcachone! Un día, lo sacamos insultando al viejo. Pobre Pancho. Otra vez había que ir a la casa del viejo a pedirle perdón. Y otra vez el viejo que nos echaba. El viejo nos detestaba porque nosotros le perdonábamos a Panchito las cosas que hacía. Pero nosotros le explicábamos al viejo: “no, nosotros no le perdonamos. Nosotros lo aconsejamos, le decimos que tiene que ser bueno. Pero es... nervioso...” --¡Má, es una porquería, a ése lo voy a tomare del cogote, lo voy a matare! No había caso. Pero Panchito Mariani se hizo un hombre de bien. Murió joven, tendría unos 50 años. Un día me lo encontré acá en Villa Elisa: --¡Panchito! --¡Panchito! Nos dimos un gran abrazo. Tenía un hijo bastante inteligente, que había estudiado. Él no estudió nada, porque iba a la escuela y se peleaba con la maestra. Una vez le tiró con un tintero a una maestra. En esa época se usaba el tintero. No sólo que la golpeó, sino que le puso el guardapolvo blanco a la miseria, se lo manchó todo. Lo expulsaron. Se lo pasaban expulsándolo de la escuela. Siempre me acuerdo de todo lo que habíamos comprado con ese dinero. ¡Y pensar que había sido robado!
Y después le hizo el cuento del tío a otro. Nos enteramos después, cuando él ya no era más de la barra de nosotros. Hizo un pedido de almacén por teléfono, e indicó que lo llevaran a un domicilio en una casa donde él sabía que ese día en esa casa no había nadie. Cuando vino el muchacho con el triciclo, le dijo: “¿Tenés cambio de cien pesos?” Ese pedido grande sería diez o doce pesos, era un platal. Panchito ya sabía que el muchacho no iba a traer tanto cambio. --No, no tengo. --¿Por qué no me traés cambio, por favor? El muchacho fue a buscar cambio, y Mariani se llevó toda la mercadería. Y la revendió para hacer dinero. Era vago, era vaguísimo. Era la “oveja negra” de la majada.
El primer auto que llegó al pueblo donde nosotros vivíamos era un Ford modelo '24. Lo adquirió el estanciero de donde trabajaba mi padre, y se lo dio a manejar a mi padre. El primer coche que llegó al pueblo. En ese tiempo los coches no tenían amortiguación. Y tenían gomas macizas, o sea, sin cámara. Y tenía bigotes, por eso se llamaba “Ford a bigotes”. Uno era el manubrio, otro era el acelerador. Los cambios y el freno se hacían con una palanca afuera. Arriba era de madera y tenía una tela dura, muy fuerte. Y tenía un tapizado de cuero. Cada vez que había que cruzar las vías, mi padre no sabía. Había que cruzar a paso de hombre, y mi padre cruzaba más ligero y nos hacía pegar con al cabeza. Cada vez que cruzábamos la vía, pegábamos un cabezazo contra el techo. ¡Cada golpes, nos hemos dado! Pero nos dábamos el lujo de andar en auto. Cuando nos veían en el pueblo, toda la gente salía a mirar. ¡No sólo la novedad de que nosotros los pobres andábamos en un auto, sino también la novedad del auto! Era aproximadamente el año 1925, era un modelo '24. Los patrones eran ricos. Lo habrán pagado, en ese tiempo, doscientos pesos, que en ese tiempo era un platal. Lo que a nosotros nos llamaba la atención. Él quería pasar bien, pero no le salía. Después salieron los tractores de goma maciza.
Hubo una vez un eclipse de sol total. Yo no me lo voy a olvidar nunca. La Prensa y La Nación llegaban al pueblo de casualidad, pero eso era todo. No había radio, ni ninguna otra manera de enterarse de las noticias. Estábamos en la chacra juntando el trigo, eran como los dos de la tarde, y se puso de noche. Tuvimos que disparar e irnos a dentro, a la casa, porque se oscureció todo. Nosotros no sabíamos qué pasaba, los paisanos estaban todos asustados. Decíamos: “¿Será la fin del mundo?” Yo era un paisanito, porque tenía más o menos nueve años. Trabajaba con los austríacos. Y al otro día nos enteramos que había sido un eclipse total de sol.
Y después vimos también cuando vino un cometa. La cola se perdía detrás del horizonte. La gente decía: “¡Si toca la tierra, se acaba el mundo! Y nosotros no veíamos la punta, porque estaba escondida detrás del horizonte. Eso también fue allá por la década del '20. Y eso nos asustó un poco, porque había gente tan creyente. Y ha habido gente que hasta se ha muerto del corazón, del susto.
Otra cosa grande que Eva también vio cuando era chiquita, era la lluvia de ceniza volcánica. Fue tan grande que el pueblo de ella quedó cubierto de ceniza. Eva: Además no hubo día, el día fue como una noche. Pancho: Era una oscuridad inmensa y los animales se morían de hambre. Eva: Y la gente era muy ignorante, allá en el pueblo. Y decían que era el fin del mundo. Pancho: Sí, siempre lo primero que se pensaban era que era “la fin del mundo”. A los doce años yo estaba acá en La Plata, había venido de paseo, porque trabajaba en el campo, en Brandsen. Y se nos llenó el techo de ceniza volcánica. La juntábamos y se usaba para limpiar los platos, las ollas, etc. Es buenísimo. Ahora se vende en cartón. Pero la vieja lo vio mejor. Ella era chiquita y lo vio en Madero. Y ella allí estaba más cerca del volcán, cerca de La Pampa. Eva: Nosotros jugábamos con eso porque era como una arena. Un día fue todo de noche, y hasta el otro día no amaneció. Fue un desastre, los animales no tenían qué comer. Era agua de pozo, y el agua se ensució. Fue algo terrible.
Pancho: En 1943 yo estaba en la Estancia “La Pelada”, en el Chaco Santafecino. Horacio fue muchas veces a visitar a esos tíos que vivían en La Pelada. Y hasta ese año nunca se había visto tanta langosta en el país. Íbamos encontrando en todo el camino, cuando cruzábamos la Provincia de Santa Fe. Las naranjas están en la calle. En vez de poner plantas, se ponen árboles de naranja en la vereda y uno come naranja cuando quiere. Y se ponen puestos de naranjas en la calle y los que pasan a veces compran las naranjas allí. Bueno, no quedó nada, ni los sauces ni los paraísos. Las langostas comieron hasta los tallos de los paraísos. Yo estaba en La Pelada, en el chaco santafecino, y los alambrados estaban totalmente cubiertos de langostas. Los animales se morían de hambre. Uno tiraba un tiro y as langostas salían, era una nube de langostas. Entonces golpeábamos con tarros vacíos de 18 litros. El kerosene venía en tarros de 18 litros. Y al golpear los tarros vacíos, las langostas volaban. Pero no las exterminábamos nunca. No se veían los alambrados, ni nada. No podíamos salir de la estancia. Eva: Era una nube que oscurecía todo. Donde yo vivía la gente tenía su quintita. Y no se podía salir afuera de la casa porque golpeaban la cara. Se comían hasta la corteza de los árboles. La langosta no dejó absolutamente nada. Pancho: La primera que viene es la tucura. Creo que es el pichón, una langosta negra con unas manchas amarillas, muy bonita. Esa es la langosta langostas. La municipalidad hacía zanjas a las orillas de los campos y ponían una chapas de metal. Las langostas caían adentro de la zanja porque saltaban, no podían volar. Y esas zanjas después se prendían fuego. Así se mataba una gran cantidad, pero no morían todas. Aproximadamente en el año 1943, un año después de Perón sacaron los aviones fumigadores. Las langostas nacían en el chaco boreal. Y del chaco boreal se pasaban al chaco de acá. Y del chaco de acá se desparramaban por todo el país. Eva: Esa fue una cosa nunca vista, yo nunca más vi langostas. Pancho: Cuando yo era chico, en la Provincia de Santa Fe también lo vi, pero no era tanta cantidad, no al punto de cubrir los alambrados. Eso fue cuando fui a visitas a los tíos en Santa Fe, en el año 1943. Era impresionante, una oscuridad total. Las langostas volaban, y cuando encontraban algo se asentaban y comían. Planta que encontraban, la comían. A las perdices les quedó el campo desnudo. Las martinetas, los zorros, las liebres quedaron al aire libre. Se los podía cazar a tiros, sin problemas. Y hasta la corteza de algunos de los palos de los alambrados se habían comido. Y en el tiempo de Perón, aproximadamente 1944 ó 1945, sacaron el avión con fumigadora. Y entraron a arrasar en los campos, y no dejaron langosta. Desapareció para toda la vida.
Tato vivió un tiempo con el Abuelo, el padre de papá, en la Estancia “La Paz”. Si venía un carro, él iba y abría la tranquera, y después la cerraba y le daban una monedita. Y él así siempre tenía la alcancía llena de monedas. Eso era en la Estancia La Paz, nuestros abuelos eran encargados de la chanchería. Una vez a mí me corrió una chancha, me salvé de milagro. Si no, no contaría el cuento ahora. La vieja no se habría casado conmigo, se habría salvado. Los chicos no habrían nacido, se habrían salvado. Yo me metí a tocar un lechón. Yo tendría unos seis años. Creo que alguien me pegó el grito: “¡Subíte a la manga!”. Eran todas mangas entre los chanchos, mangas hechas todas de madera. Si la chancha me agarra, me mata. Alcancé a subirme a la manga y me salvé. Cuando defienden el hijo, las chanchas son muy agresivas. Yo le agarré el lechón para acariciarlo. Una vez Ramón llevaba un caballo. Había una tormenta horrible, y para que el caballo no se escapara, lo agarró del cabresto, la soga que va al bozal. Lo llevaba del cabresto apurado, tironeaba para atarlo a una planta. Y allí cayó el rayo. Al caballo lo dejó seco, lo mató al instante, y a Ramón lo tiró al suelo.
Uno va al campo, se reúne con los paisanos, y se empiezan a contar cuentos de aparecidos. Había un tío mío a quien siempre se le aparecía un peludo que se paraba en el anca del caballo. Y el tío dice que sacaba el cuchillo para tirarlo al suelo, pero nunca podía alcanzarlo. Otro contaba que iba al galope y de repente se encuentra con un alambrado que no estaba allí. Entonces clavaba el caballo, pero no había nada. Y otro contaba que cuando se trillaba el maíz y hacían pilas de marlos, sobre esos montones de marlo se paraba una calavera. Los gringos salían con las escopetas a tirarle a la calavera, pero no era nada. Eran imaginaciones. Yo no creía en eso. Un día me mandó el austríaco a que vaya a la casa de los suegros, la esposa estaba por tener familia. Había que cruzar una legua y media, y cruzar un cañadón. Yo tenía nueve años. Y los cañadones eran el lugar donde ocurrían las apariciones. Había que abrir una tranquera para cruzar el cañadón. Yo iba temblando, con un miedo bárbaro. Cruzaba unos trigales muy alto, los trigales en Santa Fe tenían más de un metro de altura. Cuando crucé los trigales fui directo a la tranquera. Entonces veo una luz frente al cañadón, que se me venía cada vez más encima. Yo era chiquito y subir al caballo me costaba mucho. Arrimaba el caballo a un alambrado, y así me subía. ¡Pero ese día no usé un alambrado y casi me pasé del otro lado! ¡Qué fuerza que se toma con el miedo! Dejé abierta la tranquera. Le di lonja y lonja al caballo. Llegué a la casa y le dije lo que me había pasado. Me dijo: “No, no tengas miedo. Mirá, la gente que sabe dice que son osamentas de animales que se mueren y al tiempo largan una sustancia que produce luz. Y uno cree que es una luz mala, y como tiene miedo cree que esa luz se le viene encima, pero no es así”.
Ahora bien, la magia negra sí existe. Una vez Raquel me mandó decir de un problema muy grave que tenían en la estancia donde vivían la familia de Abigaíl, cuando vivían en Jéppener. Raquel me dijo: “¿Por qué no van, Panchito? Yo les dije que vos le podés dar una bendición a la casa”. Cuando fui a la estancia, vi cosas muy extrañas. Una tijera en cruz allá arriba. A la entrada, un montón de sal con un hacha clavada al medio. Las chicas habían puesto pieles de víbora bajo los pies de la cama. Les pregunté: “¿Por qué tienen todo esto?” Abigaíl me dijo: “Porque acá de noche no se puede dormir. A las chicas les tiran las cobijas de los pies. Al baño (que es una letrina afuera de la casa) no pueden ir. Les tiran cascotes. Uno está ordeñando, a las cuatro de la mañana, y te golpean la espalda; uno se da vuelta y no hay nadie. Una vez yo venía llegando a casa al galope, del boliche, eran como las diez de la noche, y la veo a Cora que estaba conversando con un comisario, un tipo con una pinta bárbara. Llegué y le pregunté: “¿quién es ese que está conversando con vos?' --Nadie. --¿Cómo no? ¿No es un comisario? --¿Sos loco, vos? Acá no hay nadie. --Pero cómo no, si recién yo lo vi. --Acá no vino nadie. “Otra vez venía llegando a casa al galope, y de pronto veo un alambrado. Clavo el caballo. Después fui a pasar y no había nada”. La piel de víbora y las otras cosas que tenían eran por el consejo de los brujos que les decían que lo tenían que hacer. Se movían las cosas arriba de la mesa, las luces se movían. Me contaron cosas que eran increíbles, que les pasaban a ellos. Y las chicas vivían locas, llegaba la noche y temblaban. Y para colmo ellos iban al tambo, que no es lo mismo que estar adentro de la casa. Abigaíl, Cora y los muchachos ordeñaban, y ellas se quedaban solas. Temblaban, tenían pánico. Yo les dije: “Saquen esa tijera, que se está oxidando, tiren la piel de víbora, guarden el hacha. Esta noche la magia va a desaparecer”. Yo me tenía mucha seguridad, mucha confianza. Sabía que el Señor me había dado todo el conocimiento. Les dije que no tuvieran más miedo. Había una mesa larga, nos sentamos alrededor y empezamos a conversar. --¿Ustedes tienen fe en el Señor Jesucristo? --Sí. --¿Hay alguien que acá que les tiene rabia o los persigue? --El oficial del pueblo anda detrás de las chicas, pero nosotros no le llevamos el apunte. No puede conquistar las chicas, y cuando van al pueblo, en el sulky, el oficial las molesta. Además hay un sargento que estudia la magia, y que trabaja con él. Y el sargento quiere que nos vayamos de esta casa, quiere usarla para hacer una timba. --El problema debe venir de la comisaría esa. Si ustedes creen, esta noche vamos a arrodillarnos todos alrededor de esta mesa y vamos a decir una oración. Y mañana olvídense de todo. No se acuerden de nada, porque si ustedes piensan, van a tener miedo. Como al mes, le pregunté a Raquel: “¿Y? ¿Cómo te fue?” --Bien. --¿Qué te dijeron? --Están contentísimos porque no les apareció más. Y como a los dos o tres mese fui otra vez: --¿Y? ¿Cómo anda, Abigaíl? --¡Bien! ¡No apareció más! --¿Y qué es de la vida de los policías? --Mirá, al sargento le dieron de baja. Y al oficial lo trasladaron. De acá, lo mandaron a La Pampa. No quería, pero le dijeron” “O te vas, o te damos de baja”. Se tuvo que ir a La Pampa. Él vivía en La Plata. De hecho la madre de ese oficial, era la madrina de Horacio. Vivían aquí en la Plata. Y ese oficial era el que estaba haciendo daño con el sargento, y el sargento era el que estudiaba la magia negra. Desapareció todo eso. ¿Cómo no voy a tener fe en Señor? Yo sé que eso desapareció por lo que hicimos.
Abuelo Mateo tenía 80 años y todavía enlazaba. Yo era un chico de seis años, y siempre me acuerdo que él a mí me decía “Pancho Francisco”. --¿Cómo le va, Pancho Francisco? Qué bueno que era mi abuelo. Y era igualito a papá, gordo. Tenía un caballo hermoso, gordo, siempre andaba con ese caballo. Tenía 80 años y enlazaba a caballo. Enlazaba y pialaba, el viejo. Pero no tomaba.
Eran dos hermanos: el hermano del finado Mateo era un borracho perdido, ahora no me acuerdo el nombre. Y los hijos le salieron todos borrachos. Y uno era tan malo que hasta mató a un comisario en un corso, acá en La Plata, allá por el año 1931 ó 1932. Se hacían los corsos, y todos se disfrazaban. Y él, disfrazado con un antifaz, mató tiros a un comisario. Y como estaba disfrazado, hasta el día de hoy todavía nadie sabe que lo mató un Lencina. Era primo de Papá. El Abuelo Mateo no tomaba nada. Y estaba el finado Nene, creo que se llamaba Gabriel. Murió de asma, era asmático. Y estaba el tío Dimas, que le pusieron el nombre a Tato por el finado tío Dimas. Qué hombre bueno. Era el domador del pueblo, un hombre buenísimo. Mi abuela Manuela era una mujer muy religiosa. Si estábamos en la casa de ellos, no podía fallar: de noche teníamos que arrodillarnos al lado de una virgen, ella encendía un vela. Y teníamos que decir el Salve: “Dios te salve, María, llena de gracia”, etc. Todo completo. --Hasta mañana la de Dios. La bendición, Abuelita. --Hasta mañana, m'hijo. Que Dios lo haga un santito. --Hasta mañana la de Dios. La bendición, Abuelito. --Hasta mañana, m'hijo. Que Dios lo haga un santito. Al sobre. Al otro día, otra vez la misma historia: --Buenos días la de Dios. La bendición, Abuelito. --Buenos días. Que Dios lo haga un santito, m'hijo. Es mesita de luz era sagrada. Había que ir al lado de ese santo. Yo, cuando iba allá tenía que hacerlo. Y Tato, que vivía con ellos, tenía que hacerlo siempre. Pero eran gente educada, de buenas costumbres. Siempre las religiones aportan algo bueno, aunque se sigan por equivocación o por tradición. ¡Las siguen más por tradición que por equivocación! Uno va a una casa y dicen: “No, ¿sabe lo que pasa? Mi abuelo es católico, mi madre es católica, y yo ¿cómo voy a llevarle la contra a ellos?” Una vez fui a visitar a varios japoneses: ---Nosotros somos budistas. --¿Pero usted va a la iglesia? --No, pero mis abuelos, mis padres, son budistas.
Del lado de la familia de Sixta, me acuerdo del finado Ramón. Me acuerdo de la esposa del tío Ramón. Qué buena mujer, era una mujer amorosa. Las hijas todavía viven, son de mi edad. Una es nacida el mismo día y el mismo año que yo. Nacimos el mismo día. Después está la Negra, que tiene dos años menos. Tiene varios vivos, todavía.
Papá tenía un primo que mataba las hormigas de palabra. Ese tío venía a casa, se quedaba a comer a veces. Muy trabajador. No me acuerdo el nombre, vivió en Buenos Aires. Cuando teníamos hormigueros, le decíamos. Yo no sé qué hacía, pero al día siguiente no teníamos más hormigas. Cuando yo tenía unos 16 años, conocí a un viejo muy bueno. Mi amigo el finado Mestralé tenía un caballo en ese entonces, un caballo muy bueno, yo se lo había domado. Yo era medio jinete en ese tiempo, me gustaba andar a caballo. Por ahí tengo la foto con el caballo. Se le enfermó el caballo, se le había agusanado. ¡Qué tragedia! ¡Al caballo le caían los gusanos de adentro! --¿Y cómo lo curamos? --Mirá, al lado del Seminario San José (avda. 66 y calle 24), pasando la plaza, hay un viejito que cura de palabra. Por si acaso vamos al llevarle el pelito del caballo. Agarramos un montón de pelo del caballo y lo llevamos. --¡Buenos días, Don! --¿Qué andan haciendo, muchachos? ¡Pasen a tomarse unos amargos! Los criollos antes eran así, te invitaban aunque no te conocieran. Nos presentamos. --¿Qué le anda pasando, amigo? --Vivo en la calle 61 y 23, tengo el caballo atado al alambrado allá en mi casa, y se me ha llenado de gusanos. --Pero, no te hagás problema por eso. Vení a tomarte un amargo. ¿Trajiste pelo del caballo? --Sí. Traje pelo. --Entonces no te hagás problema. ¿Cómo es tu caballo? Se lo describimos. --Está bien. Vamos a tomar unos amargos. Charlamos por un rato. --Vayan tranquilos. Cuando ustedes llegan allá, el caballo no tiene ni un gusano. Van a encontrar los gusanos en el suelo, pero esos no viven más. Se cumplió la pie de la letra. Fuimos al corral. Era un pantano de gusanos en el suelo, pero el caballo estaba limpito, sin un gusano. Notable. No sé qué misterio hay para eso.
Cuando vivíamos en 133 y 43, había un vecino de nosotros que hacía el reparto con camiones. Iba por el camino a Mar de Plata y juntaba tarros de leche para los lecheros. Y se había hecho amigo de un tambero que estudiaba la magia blanca. La magia blanca no es dañina, es para divertirse, nada más. Yo creo que los magos usan un poco de magia blanca. A uno le hacen ver cosas que sólo las ve uno. Y si uno no cree, o dice que es mentira, es todavía peor. No hacen daño, es para divertirse. Mi vecino veía al amigo hacer esa magia y me contaba: --Mirá, hay uno que suele andar conmigo en el reparto, y no lo he podido agarrar. Un día lo voy a llevar, porque no quiere creer en eso. --¿Así que no quiere creer? ¿Y a qué hora lo vas buscar? --Como a las dos de la tarde. Las dos de la tarde es la mejor hora para la magia blanca. De día es mejor, porque es magia blanca. No se precisa de noche. --Avisále al tambero que vas a llevar a un amigo. Se pusieron de acuerdo, y mi vecino llevó al amigo que no quería creer. Se lo presentó al tambero. Empezaron a cargar los tarros y a conversar. --¿Así que usted no cree en la magia? --No, no creo. No había nada, sólo el alambrado, el camión y los tarros. De pronto apareció un potro impresionante, relinchando y levantando las manos. ¡Se le tiraba encima! --¡Fuera, loco, fuera! ¿Y de dónde salió éste? --¿De dónde salió qué? --¡Este caballo, que se me tira encima! Dice que se han divertido a lo loco, de verlo cómo saltaba. El tipo veía un caballo, un potro grande que se le tiraba encima. Y no era nada, era una ilusión. Y ese era el que no creía en la magia. Bueno, el amigo de mi vecino quedó convencido: --¡Qué no va a existir! ¡Me consta a mí! ¡El papelón que me hizo hacer! ¡Qué vergüenza! ¿No creen que lo vi, al caballo? Yo no creo en el mal de la magia. Creo que se puede curar con una oración al Señor, tal vez un ayuno.
Cuando nos trasladamos de 22 y 67 a calle 18 entre 63 y 64, en ese tiempo, los misioneros jugaban mucho de mano con los muchachos. Nos hacíamos bromas. Recién habían cambiado de presidente de misión, acababa de llegar el Pte. Barker. Era un hombre muy serio. Nos habían advertido: --Tengan cuidado de jugar de manos, porque va a venir el Pte. Barker de visita. Va a llegar en cualquier momento. --Sí, sí, sí, Estaba el finado Oscar Lavista, que había terminado la misión, estaba yo, estaban los misioneros. Siempre estábamos tirándonos con algo. Hacíamos bollos con las medias y cuando pasaba uno, o cuando entraba a la pieza en la oscuridad, le tirábamos las medias. O le ponían un hilo, y cuando uno iba a pasar, el hilo le agarraban el pescuezo. Oscar Lavista se preparó porque sintió que alguien venía. Sintió la conversación de alguien que se acercaba. Se abre al puerta, Oscar Lavista lanza el proyectil, y le pega precisamente al Pte. Barker. Fue una coincidencia increíble. Pero el Pte. Barker no lo tomó a mal, ni se enojó. Saludó atentamente a todos y nos dijo: “Bueno, este juego que ustedes han hecho, ya a partir de ahora, no se va a hacer más. Si quieren hacerlo, lo hacen en la casa, pero en la Iglesia, no. Y tampoco van a vivir más los misioneros en la capilla”. En esa época cada rama tenía una pieza para los misioneros. Y ahí era donde se armaban las jugarretas. Se tomaba mate y se comía un churrasco en la capilla, y también se tomaba mate y se comía un churrasco en la pieza de los misioneros. Pero con todo respeto. A Lavista lo metieron en la pileta, abajo del agua, etc. Lavista era el más liero de todos. Un día Lavista inventó un juego para los misioneros: jugaron a ver quién se acostaba primero en la cama. Había que pararse al lado de las camas, contar hasta tres, y entonces tenían que abrir las cobijas y zambullirse adentro de las camas. Lavista contó: “¡uno, dos... TRES! Un misionero intentó zambullirse, pero no pudo entrar. Otro se zambulló, pero se escuchó el ruido de la sábana que se rasgaba de punta a punta. ¡Lavista les había hecho “la cama turca” a todos! Después los misioneros lo querían matar. Pero el que rasgó la sábana estaba contento, porque había ganado. Esas eran las bromas que se hacían en la capilla ésa.
De ahí pasamos a la calle 63 entre 18 y 19, a la vuelta de donde estábamos antes. Era la casa de la familia Pássaro, se les alquiló a ellos. Ahí se hacían fiestas. En una oportunidad hicieron un cumpleaños al fondo. Era el cumpleaños de la hija, Susana Pássaro. Al fondo de la casa le hicieron la fiesta a Susana. Yo me fui con Enrique de la Cruz que no era miembro, sino un amigo de la Iglesia. En esa época lo amigos eran tan buenos o mejores que los miembros. La olla de chocolate estaba en el fuego, lista para servirse. Nosotros sabíamos que estaban por llamar para el chocolate, estaban todos preparados para la olla del chocolate. Le dije a Enrique: --Ché, vamos a hacerles una broma. Vamos a afanarnos la olla de chocolate. No la íbamos a robar, sino que les íbamos a hacer una broma. Entramos a la cocina con Enrique, sacamos la olla y la escondimos. Después preguntamos: “¿Cuándo está el chocolate?” La madre de Susana dijo: “Bueno, vamos a tomar el chocolate”. Mandaron a alguien a la cocina a buscar la olla: --¡La olla no está! --¿Quién la llevó? ¿No la trajeron? --¡No! --¿Y cómo? Y el chocolate, ¿dónde está? Fue una confusión y un griterío tremendos. Entonces Enrique y yo aparecimos con la olla. Enrique tiene o tenía una mueblería grande en la calle 18, no sé si se murió. En ese tiempo ellos estaban aprendiendo de muebleros. Aparecimos y dijimos: “¡Miren, encontramos la olla!” --¿Quién habrá sido el que la escondió? Empezaron a mirarme con sospechas: --¡Habrás sido vos! ¡Para mí que fuiste vos! Yo me hice el inocente: --¡No, yo no fui!
Los padres de la Hna. Pássaro eran los viejitos Sosa, Don Agustín y Doña Enriqueta Sosa. Otro día había una fiesta al fondo, y para hacer una broma y asustarnos a nosotros, el viejo Sosa se metió en la casa de la hija, al fondo, y salió corriendo. Alguien gritó: --¡Mirá! ¡Están robando! Yo vi a un tipo que salía con un paquete. Agarré un ladrillo y salí para la calle. No le quería pegar en la cabeza, sino que quería pegarle un ladrillazo en los pies, para voltearlo: --¡Déjenmelo a mí, que en cuanto salga a la vuelta, lo agarro! ¡Y resultó ser el viejo Sosa!
Además en la calle 63 practicábamos boxeo. Y en el fondo de la iglesia hicimos un ring. En la iglesia siempre se hacían fiestas de todas clases, y esa vez era una fiesta con una exhibición de boxeo. Nosotros estábamos poniéndonos lo guantes, preparándonos para la exhibición. Y cuando llegamos al ring, estaban peleando el viejo Sosa con la señora. ¡Era tan cómico! Estaba toda la gente amontonada, viéndolos boxear en el ring. Eran muy alegres. Murió primero Doña Enriqueta. Mandaron hacer la obra del templo a Lago Salado. Don Agustín estaba seguro de que después de morir se iba encontrar con ella otra vez, de modo que después que ella falleció él se quedó tranquilo, como si nada hubiera pasado. Al poco tiempo murió él. ¡Qué gente buena era esa!
Teníamos algunos que iban a la iglesia pero no eran miembros. Eran amigos buenos de la Iglesia. Veían el ambiente que se formaba en la Iglesia. En esa época había un poco más de moralidad, la gente más quería las cosas buenas. El otro día, en la conferencia de estaca, Eva y yo nos encontramos con dos viejos miembros: las hermanas Felisa y Matilde Gaite. Eva: Las Gaite eran siete hermanas, y dos varones, una familia grande. El más chico era José. Ellos conocieron la Iglesia como yo. Vivíamos a media cuadra de donde se inauguró el local. Enfrente vivían los Salvioli, yo era cliente de Doña María y Don Rafael, porque vivíamos a media cuadra de ellos. Así que a Hugo y a Pichón, nosotros los conocemos de chicos. Pancho: Ahí íbamos a bailar, a hacer las fiestas. Eva: Yo era chica, me llevabas diez años. Pancho: Allí íbamos a bailar, nos divertíamos sanamente con ese amor. Qué lindo que era todo eso. Eva: Hugo Salvioli, la Ñata Pache, la Negrita [Pache], etc., íbamos todos a la Primaria. Los Pache también vivían a media cuadra. Yo hacia 67, otros por 22. Y en la esquina doña María y don Rafael tenían el almacén. Hugo y Pichón eran chicos. Y la Iglesia, quedaba ahí enfrente. Esa fue la primera rama que yo conocí. Bocha también era chica. Íbamos todos a la Primaria. En ese entonces había dos misioneros norteamericanos, íbamos todos los chicos del barrio, pero éramos rebeldes. Más que nada nosotros íbamos a jugar, a ver las fotos, y todas los cosas que ellos tenían y nos mostraban. Nos hacían decir la oración, querían hacernos cerrar los ojos, pero ninguno quería. Allí todavía nadie sabía nada de la Iglesia. Y de allí fueron a 18, y de 18 a lo de los Pássaro, y después de lo de Pássaro a 53. Pancho: Y después de 53, en préstamo estuvimos en calle 15. Eva: Hasta que se terminó la capilla en calle 53. Y cuando la iglesia estaba en lo de los Pássaro ya iba mucha gente que ya murió. Roberto Napp era un muchacho en aquella época, pero se hizo desertor del ejército y se fue al Uruguay. Los abuelos de Roy Mazzuchi eran ingleses, yo los conocí: los viejitos Taylor. Las de Gaite, la Negrita Pache, etc., todas íbamos a ensayar el coro en la casa de Roy Mazzuchi, porque la madre tenía piano y el coro lo hacíamos allá. Picholo era el sobrino de Elena Manchini, y el marido de Gaite, falleció hace poco. Nosotros conocemos a Tota [de Tundidor] de antes de casarse, y a casi todas las familias de aquella época, por muchos años. Ya van quedando pocos de los hermanos de aquella época. La Hna. Benuzzi también ya falleció. Pensar que tantos de nuestro hijos han sido alumnos de ella en la Primaria. Mi hermana Haydée Villarruel y yo éramos maestras visitantes de la madre de Darias, que no llegó a ser miembro de la iglesia. Pero los quería a los mormones, los adoraba. Era uruguaya. Cuando íbamos allá ella no entendía que íbamos a hacer la visita: ¡nos daba mate y pan con manteca!
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