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Farsa genealógica en un acto Dedicado a mi prima Salt Lake City, 28 de junio de 2000
Personajes, Federico, hijo de Lucrecia
Escena: Patio en una casa quinta. Sillones o sillas. Mesa o mesita. Sobre la mesa, abanicos; tal vez, un ventilador. Apoyado contra la mesa, un retrato grande, antiguo. Podría ser una foto antigua, en blanco y negro, un dibujo, o una pintura. El hombre del retrato tiene bigotes. Entran Federico e Irma, con un salvavidas de plástico, anteojos de sol, bronceador. Federico lleva solamente una camisa medio desbotonada y un traje de baño. Irma lleva traje de baño y una solera. Llevan sandalias en lugar de zapatos. Federico, llamando: ¡Mamá, Petrona! (Estira los brazos, respira, y exhala profundamente) ¡Ah! ¡No hay nada como el aire de la quinta! Irma, abanicándose: Especialmente con el calor que hace en la ciudad. ¿Estará llena la Pelopincho? Federico: Anoche hablé con Petrona y le recordé que veníamos a pasar el fin de semana. Entra Petrona con mate, pava, y un paquete de yerba marca Nobleza Gaucha en la bandeja: Buen día, Federico, buen día, Irma. ¡La Pelopincho está hasta el borde, y con el agua bien fresquita! Federico: Gracias, Petrona. ¡Venimos muertos de calor! Irma: ¿No hay noticias de papá? Petrona: Ayer habló por teléfono con la Señora Lucrecia. Llega de regreso esta misma noche. Federico: ¿Y mamá ya se ha levantado? Petrona: ¡Ni me la nombre, Federico, ni me la nombre! Federico, Irma: Siéntense. Tenemos que hablar muy seriamente de la Patrona. (Todos se sientan). Federico: ¿Qué ha ocurrido con mamá? Petrona: Esta madrugada escuché una de gritos y revuelos que venían del desván. ¡Era la Señora Lucrecia, que estaba revolviendo baúles y riéndose a carcajadas en el medio del polvo! Irma: Bueno, siempre hemos sabido que mamá es un poco excéntrica… Petrona: Cuando me asomé a preguntarle qué pasaba, me dijo que no era "nada que afectase a la servidumbre." Federico: ¡Qué vergüenza, Petrona! ¿Veinte años que usted nos cocina en la quinta, y Mamá todavía la llama "servidumbre"? Petrona: Es la primera vez. Pero eso no sería nada: Entonces la Señora Lucrecia agarró el teléfono y se puso a hablar con algún abogado o algún escribano… no estoy segura. Irma: ¿Y de qué hablaban? Petrona, nerviosa: Eso es lo que no entiendo. Decían que Federico… Federico: ¿Decían que yo…? Petrona, muy nerviosa: ¡¡Ay, que no me animo a decírselo!! Federico: Vamos, Petrona, que con guardar el secreto no se arregla nada. Petrona: Decían que usted… ¡Decían que usted es una tonina! Federico e Irma se miran extrañados. Al unísono: ¿¿UNA TONINA?? Federico: ¿No habrá escuchado mal, Petrona? Petrona: Se lo juro por la Virgen de Alta Gracia. Decían que usted es una tonina, y decían que había que investigar más el Código Napoleónico. Irma: ¡Qué cosa más extraña! Petrona: Después de eso, la Patrona se encerró en el estudio del Patrón con una pila de discos en francés. Y hablaba en francés, y repetía una y otra vez la misma frase. Federico: ¡Ah! Debe haber encontrado los discos de la Colección Linguafón. Yo no creo que sea nada muy alarmante. Petrona, preocupada: ¡Y para colmo de males, el Patrón está de viaje! Irma: No se preocupe, Petrona. Papá regresa esta noche. Y mientras tanto estamos nosotros, que la conocemos como si fuera…. ¡como si fuera nuestra madre! Entra Lucrecia. Lleva un vestido muy largo y muy excéntrico, preferentemente escotado y con tul, lentejuelas y raso. También llevará un abanico y un elegante sombrero. Lucrecia: ¡Ah! ¡Pero si son mis dos vástagos, que vienen a pasar un bucólico fin de semana en la quinta de la familia! Federico: ¡Santo Cielo, Mamá! ¿Todavía no llegó febrero, y ya estás disfrazada para el carnaval? Lucrecia: Nada de carnavales, Federico. Hoy me vestí a la altura de nuestro prestigio. ¿Y ustedes no podrían haber venido con un poco más de formalité? Irma: Pero Mamá, ¡con el calor que hace! Lucrecia: El calor no es excusa, ma chérie [ma sherí]. Tú eres la princesa de la familia, y deberías vestirte con elegancia. Federico: Mamá, ¿nos podrías explicar qué diablos te ocurrió esta madrugada? Lucrecia, mordaz: Ajá, ya veo que los chismes corren. Petrona, mordaz: Los chismes corren y vuelan, sobre todo cuando es de madrugada y la Patrona hace semejante batifondo. (Empieza a preparara el mate) Lucrecia: Bueno, pensaba esperar la llegada mi legítimo esposo para darles la noticia, pero tal vez ya sea hora de revelar el gran secreto. Irma, curiosa: ¿Qué noticia? Federico, intrigado: ¿Qué secreto? Lucrecia, señalando o tomando el retrato con las manos: Irma. Federico. ¿Ven este retrato? Irma: Sí claro, es el retrato del abuelo Gastón. Lucrecia: ¿Saben cuántos rumores han corrido en torno a su origen? Federico: Que hablaba francés, que se hacía el misterioso…. Lucrecia: No se hacía el misterioso, Federico. Era misterioso. ¿Y saben por qué? (Agita una lupa) ¡Mirad vosotros mismos! ¡Mirad esa mácula en el cuello de vuestro abuelo! Irma, Federico, y Petrona se acercan a mirar con la lupa. Irma: Yo digo que es una mosca. Federico: Para mí que es una manchita de salsa Lucrecia, enfática: ¿Pero no ven que el abuelo Gastón llevaba una flor de lis bordada en el cuello de la camisa? ¡Una flor de lis! Petrona, fijándose en el paquete de yerba: Disculpe, Señora, pero solamente nos queda Nobleza Gaucha. Lucrecia, enfática: ¡El signo de la realeza! ¿No entienden lo que esto significa? ¿No entienden por qué el abuelo ocultó su identidad hasta el fin de sus días? ¡El abuelo Gastón era en realidad el nieto de Luis 16 y de María Antonieta! Federico, incrédulo: ¡Ah, no, no, no, no, no! Que el abuelo hablara francés, eso puede ser cierto. Que era muy misterioso, eso no lo duda nadie. Pero… ¿nieto del Rey de Francia? Lucrecia: ¡Y heredero del trono real! ¿No se dan cuenta de que todo encaja perfectamente? Está todo escrito en los cinco tomos de la "Historia de la Revolución Francesa" escrita por el erudito Michelet. Cuando el populacho encarceló a Luis 16 y a María Antonieta, unos nobles rescataron al Príncipe y lo enviaron al exilio. El Heredero al Trono llegó a Buenos Aires en 1838, se casó en 1846, y en 1855 nació el abuelo Gastón, nieto de Luis 16. (Exaltada) ¡Lo que significa que vuestro padre y yo somos los reyes en el exilio! ¡Y que tú, hijo mío, tú eres el Delfín! Petrona, cayendo en cuenta de su error: ¡Ah! ¡Eso! ¡No era tonina! ¡Era Delfín! Lucrecia: ¡Y que tú, hija querida, eres la Delfina! Irma, abanicándose: ¿Cómo, Delfina? ¡Yo soy Irma! Lucrecia: ¡No! ¡La Delfina, ese es tu título de nobleza! Federico, abanicándose: ¡Ay, Mamá! ¿No podrías dejarte de fantasear, con este calor infernal? ¡Lo que Irma y yo queremos es ir a tirarnos a la Pelopincho! Lucrecia: ¡Federico! ¡Irma! ¡Admitid de una vez por todas el llamado de la sangre! ¡Aceptad vuestro destino real! ¿Cómo pueden pensar en la Pelopincho, cuando deberíamos estar pasando los veranos en el Mediterráneo? Irma: Mamá, Federico tiene razón. ¿No podemos hablar de esto después de una zambullida? Lucrecia: Cuando descubrí la flor de lis llamé por teléfono al doctor Provolone, que en este mismo instante está investigando los derechos de herencia según las previsiones del Código Napoleónico. Patricio, interesado: ¿El Doctor Provolone? ¿En serio? Irma: ¡Ese el abogado que descubrió el origen patricio de Filiberto Anchorena! ¿Se acuerdan? Patricio: ¿Cómo no me voy a acordar, si salió en todos los diarios? Un día Filiberto vivía en un ranchito en Los Talas, y al día siguiente era el dueño de media Provincia de Santa Fe. Lucrecia: ¡Un día iba haciendo el reparto en la Siambretta, y al otro día iba manejando un Mercedes Benz último modelo! Irma, abanicándose: ¡Y con aire acondicionado, que es lo que tanto precisamos! Lucrecia: ¿Qué les parece si lo nombramos Conde? Federico: ¿Al Doctor Provolone? Lucrecia: ¡Marqués! ¡Mejor lo nombramos Marqués de…, de…. Irma: …Marqués de Roquefort! Lucrecia, entusiasmadísima: ¡Qué idea más formidable! Y a usted, Petrona, que ha sido nuestra fiel cocinera todos estos años, a usted la nombraremos Duquesa…. Federico: ¡Eso mismo! ¡Duquesa de…. de Chantillí! Petrona se persigna: ¡Ay, Virgen Santa! ¿Y ese título no me caerá mal al hígado? Lucrecia ¡Le caerá redondo, Petrona, le caerá redondo! Y si le cayera mal, le pagamos una suite en el Instituto Pasteur. Petrona: La verdad, con el calor que hace, Señora Lucrecia, lo que a mí me gustaría sería meterme en la Pelopincho con Irma y Federico. Lucrecia, nerviosa: Por favor, Petrona… ¡Sepa mantener la distancia! Usted será nobleza, pero no realeza. Petrona: ¡Jé! ¡Nobleza Gaucha! Lucrecia: Si quiere nadar, hágalo en su piscina del Palacio Chantillí. Petrona: Pero Patrona, yo no sé nadar. ¡La verdad es que prefiero la Pelopincho! Lucrecia: ¡Por favor! ¡Basta de necedades! ¿Cómo pueden seguir pensando en esa maldita pileta de lona? ¿No se dan cuenta del salto que hemos dado? ¡Nos pasaremos los veranos navegando en un lujoso yate! ¡Nos pasaremos los inviernos esquiando y comiendo fondue [fõndü]! ¡Celebraremos banquetes en el Palacio de Versalles! ¿Se dan cuenta ahora por qué los mandé a la Alianza Francesa de chiquitos, para que aprendieran a conjugar el passeé composé? Irma: ¡Ay! ¡Cómo me gustaría bailar el vals en el Salón de los Espejos! Federico, haciendo una gran reverencia: Madmoiselle, voulez-vous danser avec moi? [vulé-vú dãnsé avec muá?] Irma, retribuyendo la reverencia: ¡Oh! Enchantée. [ãnshãnté] Irma se ajusta una gran toalla en la cintura, como si fuera una falda. Lucrecia, fascinada, se pone a tararear "El Danubio Azul." Federico e Irma también tararean, mientras bailan el vals. Suena el teléfono. Petrona sale para atender. Petrona entra con el teléfono e interrumpe el baile: Señora, llamada del Doctor Provolone. Lucrecia, se cubre el tubo contra el pecho y el habla a los hijos con gran entusiasmo: No se agiten, chicos, que eso de transpirar es cosa de plebeyos. ¡Y vayan pensando en qué parte de la quinta vamos a construir la piscina olímpica! Federico e Irma dejan de bailar, recobran el aliento, y empiezan a abanicarse otra vez, mientras siguen con entusiasmo la conversación de Lucrecia. Lucrecia atiende el teléfono, con gran entusiasmo: ¡Marqués de Roquefort, Mon Chéri! [mõ sherí] ¿Y qué me ha averiguado?… ¿Cómo, ya no son monarquía?… Sí, claro, la revolución de 1789. Pero, ¿y la herencia?… ¿Cómo, no dejaron herencia?… (Alarmada) ¿¿Cómo, la guillotina?? ¿Una sentencia perpetua?…. ¿Los nietos también?…. ¿Y los nietos de los nietos también? (Se agarra el cuello con la mano. Traga saliva.) Ajá. Ya veo. No, por favor, no se moleste. Si decidimos contactar la Embajada, ya le avisaremos. Mil gracias, doctor Roquefort-Digo, doctor Provolone. Adiós. Lucrecia cuelga. Se hace un gran silencio y todos se ponen muy tristes. Irma y Federico se sientan. Lucrecia, recuperando el entusiasmo: ¿¿Y?? ¿Qué hacen ahí tirados, con este calor infernal? Vamos, Petrona, usted también, póngase traje de baño. ¡Esta tarde, nos tiramos todos en la Pelopincho! Telón |