Historia de la Iglesia Mormona en La Plata - Máximo Corte
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MÁXIMO CORTE Y LOS LÍMITES DE LA POESÍA1
POR HUGO OLAIZ

[Fotos de la Familia Corte]

Máximo Corte ...esto no es un libro,
quien toca esto, toca a un hombre.
Walt Whitman

Dulces son las melodías que se oyen,
pero las que no se oyen,
más dulces todavía.
John Keats

No conocí personalmente a mi abuelo Máximo Corte. Lo conozco por relatos de familiares y amigos, por anécdotas que todavía sobreviven, y sobre todo lo conozco por su obra literaria y su poesía. Durante muchos años la obra literaria de Máximo permaneció más o menos oculta o dispersa en tomos del Mensajero Deseret, en cuadernos manuscritos y en papeles sueltos. Buena parte de su obra parecía estar extraviada. Pero en el invierno de 1996, por una serie de coincidencias, llegaron a mis manos varias de sus obras dispersas, incluyendo algunas que yo creía irremediablemente perdidas. De ese hallazgo surgió la idea de escribir este artículo. La obra literaria de Máximo Corte es su mejor autobiografía, y constituye un documento único para entender la historia de la Iglesia en la Plata. Lo que sigue es un análisis de su obra literaria.


La Asociación Cultural y Biblioteca Belisario Roldán

A fines de la década de 1930 un grupo de jóvenes, miembros y amigos de la Iglesia, fundaron en La Plata un club que llamaron La Asociación Cultural y Biblioteca Belisario Roldán. Era un grupo de jóvenes activos y animosos, en su mayoría de la clase trabajadora, sin gran preparación intelectual ni títulos universitarios, pero con ansias de canalizar sus inquietudes intelectuales, artísticas y sociales. Tras la disolución de la Asociación, un buen número de esos jóvenes continuaron aglutinados en la Mutual de la Iglesia Mormona.

Mi abuelo Máximo Corte, que había sido motor intelectual y creativo del grupo original, se integró a la Iglesia en una perfecta relación de simbiosis. Máximo encontró en la Iglesia no sólo un sistema filosófico cautivante sino también un ámbito donde encausar su creatividad. La Iglesia encontró en Máximo no sólo un genio de las relaciones públicas sino además un poeta de verdad, capaz celebrar con su pluma el mensaje del evangelio restaurado. Aunque tardara años en bautizarse, Máximo fue el hallazgo más feliz de los misioneros, porque de su círculo de familiares y amigos provienen muchos de los primeros miembros y líderes de la Iglesia en La Plata.


Formación de Máximo Corte

Máximo Corte fue un autodidacta, pues nunca recibió una educación formal que pasara de la escuela primaria. Obviamente es difícil evaluar hoy la variedad las lecturas que pudo haber realizado durante su breve vida, pero Máximo tenía lo que yo llamaría curiosidad intelectual: leía cuanto caía en sus manos y era un conversador culto y animoso.

Máximo Corte conocía los principios básicos de la versificación, especialmente el uso de romances, octetos octosílabos, sonetos endecasílabos y acrósticos. Algunos de sus poemas despliegan mucha ingeniosidad, especialmente algunos acrósticos cuyos comienzos son verdaderos meta-poemas, es decir, poemas cuyo referente es el mismo poema, al mejor estilo de Lope de Vega (“Un soneto me manda hacer Violante”)2.


Mitología, historia, mormonismo

La obra literaria de Máximo Corte delata tres área de conocimiento: (1) mitología, (2) historia argentina, y (3) historia y doctrina del mormonismo. El uso que Máximo hace de la mitología es enteramente convencional. En sus poemas aparecen Febo, las musas, ninfas, Venus, Pegaso, Neptuno, el éter del universo y las flautas de Pan.

Los poemas de corte patriótico delatan un buen conocimiento de historia argentina, de personas, de batallas y de lugares. Cuando habla de Belgrano, por ejemplo, (“A mi bandera”, 106-108) no se limita a mencionar a Rosario, sino que también incluye a Salta, Ayohuma y Yatasto. De hecho, Máximo hace en ese poema una larga enumeración de caudillos políticos y militares: San Martín, Güemes, Lavalle, Urquiza, Sarmiento, Las Heras, Paz, Dorrego, Pedernera, Conesa, Aráoz, Puyrredón, Montes de Oca, Mitre, Brown y Bouchard. De esta lista, hay dos cosas que llaman la atención: primero, la preeminencia de lo que Mitre llamaría “los héroes de la organización nacional”: Urquiza, Sarmiento, y el mismo Mitre. Segundo, la coexistencia de figuras que irónicamente, en vida, hallaron la convivencia política muy difícil (especialmente en el caso Dorrego, Puyrredón y Lavalle). En el “Romance del 25 de mayo” (137-142) también aparece una larga lista de patriotas y chisperos.

Finalmente, el conocimiento de la historia de la Iglesia. Es notable que Máximo supiera tanto acerca del mormonismo, especialmente en una época en que la Iglesia no publicaba casi nada en español. La explicación es que Máximo devoraba el Mensajero Deseret, el órgano oficial de la Misión Argentina. Allí aprendía historias y relatos que, a menudo, procedía a versificar. Fue así como Máximo celebró a José Smith (“José Smith”, 144, “De Moisés a José Smith, 73-76), Brigham Young (acróstico “Éxodo: Illinois - febrero de 1846”, 123), la gesta de los pioneros (“Los peregrinos”, 39-42, “El poder de la fe”, 168-170) y la restauración de la Iglesia en Sudamérica (“Mañana de Navidad”).


El teatro

Una buena parte de la obra dramática de Máximo Corte se ha extraviado para siempre. Tal vez debido a la naturaleza misma de las obras, ya que Máximo escribía a menudo lo que podría llamarse “teatro de ocasión”. Sus obras de teatro se entienden mejor en el contexto de un universo de recitaciones, diálogos en prosa o en verso, y “sketches” que él mismo dirigía y que representaba junto con los miembros y amigos de la Iglesia. Ejemplos de poemas dialogados son “¿Quién soy?” (p. 35-37), “El hombre que supo dar” (76-83), “Romance para mi perro”, y “Romance del 25 de mayo” (137-142).

Algunos de los poemas de Máximo fueron concebidos con el propósito de ser representados. Un buen ejemplo es una especie de poema dialogado que se titula “La dama y la niña” (13-15) y que le dedicó a Rosa Pecollo, directora general de la Primaria de la Misión Argentina. El carácter dramático (es decir, de acción y de diálogo) hace que ese poema sea apropiado no sólo para recitar en alguna reunión de la Iglesia sino también como diálogo para ser memorizado y representado. Y el tono juguetón e inocente del poema encaja muy bien con la forma poética elegida: el octosílabo, que es una forma rápida, ideal para un juego dramático o narrativo.

Dama:
¿A dónde vas, niña bella,
tan alegre y tan de prisa?
Llevas en tus labios risas
y en tus ojos dos estrellas.

Cabellos ensortijados,
suaves como hilos de seda;
en ellos el sol enreda
sus fuertes rayos dorados.

Toda tu gentil figura
destella suave belleza;
blanca nube de pureza
asemejas con tu albura.

Niña:
¡Yo voy a un lugar, señora,
donde reina la bondad!
Donde a todos se nos da
lo que la vida atesora.

Allí a jugar aprendemos
sin enojos ni rencores,
donde solamente flores
para arrojarnos tenemos.

Todo vamos aseados
pues la suciedad afea;
la pulcritud hermosea,
eso ya está comprobado.

Allí a respetar enseñan
a nuestros padres y ancianos.
Se dictan consejos sanos,
todos en el bien se empeñan.

Al caído se presta ayuda,
se ofrece agua al sediento,
se corrige al avariento
y al dormilón se apresura.

Allí se escucha una voz
llena de suave dulzura,
que enseña la verdad pura
en las verdades de Dios.

De prisa voy, con razón,
a la Primaria Mormona,
donde la alegría entona
un himno de bendición.

¡Señora, mandad conmigo
a los niños que tengáis!
Que allí, para todos hay
buen amor y buen amigo.

Allí es más clara la luz,
hasta en el aire hay amor;
allí se olvida el dolor
porque reina el buen Jesús.

Dama:
Ahora veo, niña bella,
porqué marchas tan de prisa,
y en tus labios hay sonrisas
y en tus ojos, dos estrellas.

Muchas de las obritas de ocasión o “sketches” escritos por Máximo Corte fueron intrínsecamente efímeros: los concibió para ser representados en una reunión de la mutual u otro programa de la Iglesia. Algunas eran simplemente situaciones dramáticas algo improvisadas, que tal vez nunca hayan sido plasmadas en el papel. Pero Máximo también fue el autor de obras más elaboradas que tuvieron un éxito rotundo y que fueron representadas muchas veces. En esta parte del ensayo me voy a concentrar en tres de sus obras más celebradas: Paturuzú en busca del cielo, La opereta de Tiburcio y Caterine, y Día de visita.


Paturuzú en busca del cielo

Lamentablemente, el texto de esta obra se ha extraviado. Sin embargo la obra tuvo un importancia singular, porque fue una de las primeras obras de Máximo Corte y la primera obra que la Rama de La Plata llevó a un concurso de variedades en Liniers. Eso ocurría en 1938. La obra tuvo un éxito rotundo, el jurado quedó encantado, y La Plata ganó la copa del concurso. Un artículo en El Mensajero Deseret describió el acontecimiento en estos términos:

Paturuzú ha muerto y Upa, su hermanito menor, murió de tristeza y San Pedro les dijo que si no habían dado algo (sic) de los mormones y su evangelio, en los cielos no hay lugar. ¡Un momento! Esto no es noticia sino el tema que ganó la copa donada por el Presidente Williams al primer concurso de variedades de la Asociación de Mejoramiento Mutuo de los Jóvenes y ahora encontramos granado sobre la superficie de la copa: “Ganado por la Rama de La Plata” (Noviembre de 1938: 19).
Tato Lencina todavía hoy recuerda vagamente haber participado de la obra. En una ocasión que lo entrevisté me mostró una foto tal vez tomada en esa ocasión. Tato no podía recordar el argumento, que yo creí irremediablemente perdido. Pero por gentileza de Jorge Párraga, llegó recientemente a mis manos una copia de una entrevista que Jorge había realizado con su padre, Juan Carlos Párraga, en mayo de 19893. La entrevista es muy reveladora, porque no sólo describe el argumento de la obra, sino la manera también la manera amable e improvisada en que Máximo dirigía las obras. También incluye una descripción de lo que ocurrió cuando representaron la obra en Liniers. Cabe señalar que en esos días Máximo no era todavía miembro de la iglesia, pero sus contribuciones literarias ya eran muy apreciadas:

Juancito Ureta me mencionó que estaban preparando una obra o algo así. Y le dije: “Bueno, vamos a visitarlos, vamos a ver cómo es eso”. Efectivamente, estaban preparando una obra para presentar en un torneo de variedades en Buenos Aires [en la capilla de Liniers]. En ese tiempo se reunían en la calle 67 y 22, en una pequeña casa de familia. Yo llegué ahí con Juancito y nos encontramos con cuatro o cinco muchachos que estaban ensayando. Entre ellos, una persona muy simpática que se llamaba Mito, Máximo Corte. Mito nos preguntó si queríamos participar, y nosotros le dijimos que no, porque no sabíamos de qué se trataba. Mito nos explicó: “Estamos haciendo una obrita cómica para este fin”, etc.

--Pero no hay papeles para nosotros, ¿cómo nos vamos a meter?
--Sí, sí los hay. Si ustedes quieren entrar, yo les hago un papel.

Mito nos dio un papel en la obra, parece que la obra la había creado él. Se trataba de personajes cómicos, famosos, conocidos, de las revistas de historietas. La obra se llamaba Paturuzú en busca del cielo y estaban representados Paturuzú, Don Fermín Fierro, Clarisa (la esposa de Don Fermín), y otros personajes que no recuerdo, pero también estaba representado el Diablo4. También estaba Upa, que lo hacía una persona que en ese tiempo era una amigo de esta gente: Mangano. Estaban los Salvioli también en el asunto. Pero yo en ese momento no sabía quién era quién, [porque] los conocí recién en ese momento.

Nos invitaron a participar. Y para mí se creó un papel que se llamaba Vigilante del Cielo. Entonces me dieron una flor de chapa de cartón plateada y la gorra de guarda, porque en ese tiempo yo trabajaba en la Línea 5 como guarda. […] Entonces hicimos nuestros papeles. Yo tenía que controlar la entrada al cielo. Y había un chiste, todo era una historieta donde se presentaban las posibilidades de entrar al cielo. Entonces viene Paturuzú, representado por Tato Lencina, que quería entrar al cielo. A Tato yo ya lo conocía, porque él también era amigo de los Ureta. El que estaba cuidando la entrada (no me acuerdo quién era en ese momento) le pregunta si conocía y practicaba lo que hacían los mormones en la tierra. Si no, no podía entrar al cielo. Entonces Paturuzú le dice: “No, ché, no conozco. No sé quiénes son esa gente”. Para entrar se necesitaban ciertas cosas. Toto Ureta, el hermano de Juancito, hacía el papel de San Pedro. Y yo, como vigilante, tenía que cuidar el camino del cielo. Se produce un encontronazo entre el Demonio, que quería evitar que la gente fuera al cielo, San Pedro, que estaba cuidando [la entrada], y entre todos se armó un batahola que se cayó el telón y todo. Fue bastante risible. La gente pensó que todo estaba preparado para reírse así, y ganamos la copa de variedades.


La opereta de Tiburcio y Caterine

La opereta de Tiburcio y Caterine es una de las obras más elaboradas de Máximo, no por la originalidad del argumento, sino por la creatividad en la musicalización. Todo el texto es cantado con melodías famosas de los años cuarenta, desde La verbena de la paloma hasta Panzoncito. Pero las nuevas letras que acompañan las melodías son muy ingeniosas porque constituyen una especie de remedo, caricaturización o parodia de la letra original.

La Opereta de Tiburcio y Caterine se representó exitosamente por décadas. En 1958 apareció en el Manual de Actividades de la AMM para todas las ramas de la Misión Argentina. Cuando yo era chico, también la vi representada un par de veces. En la ocasión que mejor recuerdo, Robert Olaiz hacía el papel del padre, Dora Lencina el de la madre, Amelia C. de Olaiz el de Caterine, Mariluz Dolder el de la criada, y Polo de Ángelis el del Conde Charabón. Pero obviamente el reparto experimentó muchos cambios a través de los años.

El argumento es extremadamente simple, y por cierto nada original: Los padres de una familia acomodada intentan casar a su hija Caterine con un anciano adinerado (el Conde Charabón), pero la bella Caterine está enamorada de un joven (Tiburcio). En el cuadro final de esta brevísima obrita, Caterine huye con Tiburcio; los padres, el Conde y el criado (o la criada) lloran desconsoladamente la huida de Caterine.

A través de los años hubo quienes introdujeron pequeños cambios en la letra y en la música, que aparecen actualizados según el gusto popular de la época. La versión publicada en 1958 sugiere un final en el que la madre canta, con la música de Ave María, “se ha fugado la nena” y todos cierran a coro con un “Amén”. Pero en la versión que yo recuerdo haber visto, todos los personajes cantan “se ha fugado la nena” con la música de la marcha fúnebre de Chopin, mientras marchan en el escenario en una solemne procesión. En otra innovación también reciente, la entrada del conde se enriqueció con el siguiente acierto:

Conde: La olas y el viento (sucun-dún, sucun-dún)
y el frío del mar (shá-la-lá-la-lá-la)
aquí me trajeron… (sucun-dún, sucun-dún)
Caterine: (Con la misma música) ….¡para jorobar!

Dora Lencina y Polo de Ángelis hicieron, por años, los papeles de la madre de Caterine y del Conde Charabón. Dora Lencina recuerda que, ante la fuga de Caterine, Polo de Ángelis solía caer desmayado tan cómicamente en el escenario, que le provocaba a Dora un incontrolable ataque de risa. En una ocasión tan incontrolable fue el ataque, que terminó en un episodio de incontinencia. Cuando Dora se lo contó a Polo el ataque de risa fue mutuo y, en esa ocasión, Dora no pudo salir a saludar al final de la obra.

Detrás de la aparente liviandad del argumento, yo veo en la opereta una intención de crítica social. El argumento encaja en una añejísima tradición que tiene, entre otros exponentes, a Shakespeare (Anne y Fenton en Las alegres comadres de Windsor, 1602), Molière (El burgués gentilhombre, 1670) y Leandro Fernández Moratín (El sí de las niñas, 1806). El amor de la pareja es más poderoso que las convenciones sociales de la época o los intereses económicos de los personajes. En mi opinión los nombres Tiburcio y Caterine, que son largos y anticuados, evocan los nombres de los protagonistas de La tragicomedia de Calixto y Melibea (La celestina), que Máximo Corte tal vez conociera, y que también termina con un lamento trágico. Pero no hay aquí un lamento serio sino una parodia de lamento serio. Como Shakespeare en Sueño de una noche de verano, Máximo se burla de los finales trágicos y melodramáticos, que datan desde los contemporáneos de Shakespeare hasta las radionovelas y telenovelas del siglo 20. Aquí el desenlace es feliz porque la intención es humorística y los amantes logran huir.


Día de visita

De todas las obras teatrales de Máximo, Día de Visita en indudablemente la más destacada. Yo creía que el manuscrito se había perdido para siempre. Las hermanas Gaite recordaban el argumento vagamente, bajo el título de “Las chismosas”. Amelia C. de Olaiz me había descrito una vez, vagamente, el argumento. Pero en junio de 1996, Julia Cortés de Peluso tuvo la gentileza de entregarle a mi madre una versión a máquina firmada por el mismo Máximo. Esta versión está fechada, en el reverso de una de las hojas, en diciembre de 1940. En los mismos días que Julia le entregaba a mamá la versión a máquina, Dora Lencina me proporcionaba dos copias manuscritas, una en tinta, completa, y otra en lápiz, incompleta. La versión completa está en letra de Raquel Lencina y fechada el 14 de noviembre de 1938.

De manera que la obra no estaba perdida, sino simplemente olvidada. En el concurso de teatro de la Conferencia de la Juventud de la Estaca de La Plata (CONJU), el invierno de 1996, los jóvenes de Ensenada eligieron Día de visita para su representación, resucitando así la obra después de medio siglo de olvido.

En la década del 40 Día de visita se representó varias veces, dentro y fuera de la Iglesia, siempre con un rotundo éxito. Casi todos los personajes de la obra tienen nombres largos y muy pintorescos:

Dora Corvalán Piñeyro de Gran Amarreti
Micaela
Robustiana Pedernera del Campillo Chico, V[iu]da de Contreras
Isabel Malaespina de Fachatosta, Condesa de la Malatía
Noemí Escalona Fontuela del Rey, Marquesa del Filón
María Teresa Ancho, Vizcondesa de la Mojarra

La fuente más obvia de Día de visita se halla en los artículos de José S. Álvarez (Fray Mocho) 5. Fray Mocho (1858-1903) había sido un agudo escritor costumbrista, periodista, y fundador de Caras y caretas, una revista que Máximo coleccionaba y leía con afición. Al igual que los personajes de Día de visita, Fray Mocho utiliza a veces nombres largos y pintorescos (“Ruperto Cortarrabia”, “doña Rosaura Gutiérrez de Colombini,” etc.), nombres casi ridículos que suelen estar cargados de doble significado. Pero sobre todo, Fray Mocho describe humorísticamente los esfuerzos de una clase social empobrecida, y cómo las mujeres se enfrentan y se desprecian en frívolas disputas de clase. Con tal de figurar y aparentar opulencia, son capaces de perseguir a los cronistas de las noticias sociales del periódico (“Las etcéteras”) o hacer correr el rumor de que están veraneando en Mar de Plata, aunque en realidad lo estén haciendo en la azotea de su casa.

En “Después del recibo,” Fray Mocho comenta precisamente un día de visita. Una criolla se queja de que sus anfitrionas, que son nouveux riches, ya no la reciben como antes; después de irse de vacaciones a Europa, se han vuelto despreciativas: “Dios me livr’ y guarde de volver a semejante visita… Se fueron baulés, ché, y han vuelto petacas…. No sabiendo qué decirles después de los saludos, me acordé de las gringuitas de Don Pepín, que aura andan tan alcotanas y que yo había conocido roñosas, comiendo los desprecios del mercao… ¡y no me contestaron palabra, ché! Aquello no era una vista sino un baño helao, y me salí ligerito, no fuera que me agarran a escobazos.”

En Día de visita, la primera impresión es que se trata simplemente de una comedia llena de situaciones cómicas; no es sino más tarde que nos damos cuenta de que Máximo está haciendo, por el humor, una crítica agudísima de las costumbres de la época. El argumento gira en torno a Dora, una mujer con aires de gran señora que un miércoles recibe a cuatro amigas a tomar el té. El miércoles es su “día de visita”, o “día de recibo”, en que las señoras se juntan tomar té y a charlar.

Dora, la anfitriona, tiene solamente tres tazas de té, préstamo de una amiga o vecina (“la de Finyini”). Sin embargo, Dora se esfuerza denodadamente por aparentar opulencia y elegancia. Dora detesta a Robustiana, una de sus invitadas, pero por mantener las apariencias, la recibe con grandes halagos. Además Dora está furiosa porque “la de Finyini” no le prestó más que tres tazas. El fragmento que sigue es doblemente revelador: Por un lado, muestra con qué desprecio trata Dora a quien se supone que es su “amiga”; por el otro, delata que, no obstante su miseria, Dora tiene aires de gran señora:

Dora: ¡Y todo por culpa de esa sinvergüenza de la de Finyini! ¿ Para qué le habrá prestado las tazas a las de Picolargo? Ojalá que ésa se las rompa. Y las tiene que pagar…. Como si no supiera que todos los miércoles yo las necesito. Pero no se las vuelvo a pedir más, así aprenderá, así no tendrá ocasión de venir a mi casa a rozarse con la crema de la aristocracia.

Dora y Micaela (la criada) idean un plan para solucionar el problema de las tazas:

Dora: ...Cuando yo te mande servir el té, tú te demoras un buen rato, y luego apareces como alarmada, diciéndome, delante de las visitas: “Señora, se me ha caído la bandeja, con el juego de té, y se me han hecho añicos todas las tazas”.

Micaela acepta y completa el plan:

Micaela: Escuche, señora, cuando yo diga que se rompieron las tazas, Vd. le dirá a las visitas: “¡Pero miren qué desgracia, chicas! Tan luego hoy sucede esto, y lo tengo merecido, esto me sucede por prestar las cosas, la docena y media de tazas que tengo nunca están en casa, ayer las presté a la de Trompeta una docena y vean lo que ocurre hoy”. Y entonces ellas se apresurarán a decir que aunque no les sirvan el té, no importa.

Las cuatro visitas son unas chismosas incorregibles que se detestan y permanentemente se “apuñalan” por la espalda. Las situaciones cómicas se suceden una tras otra mientras vemos a este grupo de mujeres llegar a los extremos más ridículos con tal de fingir. La vecina que toca el timbre, es siempre precisamente la vecina que están criticando. Todas las presentes se alteran cuando Micaela anuncia la visita, pero Dora les pide paciencia. Les dice “¡Chicas, disimulemos!” y todas reciben a la vecina con si estuvieran exaltadas de alegría. La vecinas no son las únicas que critican: Micaela también hace cómicas intervenciones, hablando directamente al público (en “apartes”) y criticando los defectos y la falsedad de todas las presentes. La situación humorística final ocurre cuando Dora y las visitas escuchan el ruido de lozas rotas. Todo parece estar saliendo según el plan. Micaela entra alarmadísima:

Dora: ¿Qué ha sucedido, mujer? Micaela: ¡Qué va a suceder, señora! ¡Que al bajar la azucarera de cristal se descolgó una plancha de la pared, golpeando sobre el estante, donde estaban los platos, estos se cayeron sobre el tarro de veneno para matar las hormiga, el veneno cayó sobre las tostadas, y yo por retirar la panera le di un golpe a la bandeja de servir el té, la bandeja cayó al suelo y se rompieron las tres tazas que le prestó la de Finyini!

Así es cómo, en un instante, Micaela descubre el secreto que tan celosamente estaban tratando de guardar. Dora tiene un desmayo, en su delirio revela el plan de poner sal inglesa en el té de Robustiana, y todas las vecinas se marchan ofendidísimas. Al final, Dora y Micaela intentan culparse de lo ocurrido:

Dora: La culpa la tienes tú. Micaela: La culpa la tiene usted. Dora: Tú con tu maldito plan. Micaela: Vd. Por querer ser lo que no es.

Ahí está la tesis de la obra: el gran defecto de la anfitriona es el de tratar de ser lo que no es. Máximo está haciendo, por el humor, una crítica muy aguda de las costumbres, atacando los dos grandes defecto que él mismo veía en la Iglesia y que tanto detestaba: la hipocresía y el chisme. Ora vez, el vínculo con Molière se hace evidente. Al igual que Molière en el siglo 17, Máximo decide atacar los vicios de la sociedad por el lado del humor: Castigat ridendo mores6. Yo dudo que Máximo hubiese leído Las preciosas ridículas de Molière (1659), pero la anfitriona Dora es, precisamente, una preciosa ridícula. Funciona igual que Magdelon y Cathos, las dos provincianas despreciativas y fanfarronas de Molière. Y, al igual que Magdelon y Cathos, Dora hace el ridículo delante de todo el mundo “por querer ser lo que no es”.

Pero todavía más revolucionario es el procedimiento por el cual Máximo concluye la obra, con estas líneas:

Dora: Pero la culpa es tuya. Micaela: La culpa no es mía, ni suya. La culpa es del autor de la obra, que escribió semejante batifondo. Todos los personajes: PUES QUE SE LLEVEN PRESO AL AUTOR.

(Telón)

El final es rápido, inesperado, lleno de humor. La escena tal vez fuera similar al final de Paturuzú en busca del cielo. Nos recuerda por cierto el final de un ensayo humorístico de 1943, “Composición. Tema: La vaca”, que termina con un repentino juego de palabras: “De sus cuernos o astas [la vaca] hace distinto adornos, veladores, pájaros y mates, llamados mates de asta, y… hasta luego, me marcho antes que rompan el mate” (5). Pero en el juego de culpas de Día de visita, el autor mismo aparece en la obra para asumir responsabilidad por lo ocurrido, para culparse y dis-culparse (como lo hacían los dramaturgos del renacimiento inglés o del siglo de oro español). Ese procedimiento de incluir al autor dentro de la obra, es un acierto genial.


La poesía

Muchos de los poemas de Máximo también se han extraviado para siempre, por el simple motivo de que fueron concebidos como “poemas de ocasión”, especialmente con motivos de despedidas de misioneros u otras funciones de la Iglesia. Algunos de los “poemas de ocasión”, sin embargo, han sobrevivido. Por ejemplo, “Feliz viaje” (34) fue dedicado a W. Ernest Young poco antes de que volviera a Estados Unidos en septiembre de 1938; “Saludo” (69-70) es un estilo que el élder Fenn cantó el 12 de junio de 1939 en Liniers; “Orar cantando” (108-109) fue dedicado a Jerome Bonny y el Coro General de la Misión el 17 y el 18 de noviembre de 1945. El 6 de diciembre de 1946 escribió “Para la hermana Eleonora, en el día de su casamiento” (162). “José Smith” (144), “La caridad nunca falla” (166) y “Romance del 25 de mayo” (137-142) fueron compuestos en los aniversarios de los acontecimientos que celebran (27 de junio de 1946, 17 de marzo de 1947, y mayo de 1946, respectivamente).

Máximo Corte trabajaba como guarda o inspector en la línea de tranvías “La Inglesa”. De acuerdo con Tato Lencina, Máximo a menudo subía al tranvía, tomaba la planilla, y comenzaba a escribir. La gente se sorprendía de que pasara largo rato “escribiendo en la planilla,” pero al final el misterio se develaba. Máximo extendía un pedazo de papel y se lo entregaba a algún pasajero o pasajera: le había dedicado un poema. Esta pequeña anécdota ilustra porqué digo que mucha de su poesía era efímera. Hacia el final de su vida, sin embargo, Máximo comenzó a copiar y compilar sus poemas en cuadernos, y así es como se conservó buena parte de su obra.

No es posible analizar un poema sin romper el hechizo poético. Esta vez voy a correr el riesgo de hacerlo porque la importancia de la obra reside, para mí, tanto en su valor poético como en su valor autobiográfico. La poesía de Máximo Corte es importante porque nos dice quién era Máximo. Toda la literatura es, en ese sentido, autobiográfica, porque refleja las percepciones, la imaginación y las obsesiones del autor.


Elementos autobiográficos

Así como Heinrich Schliemann pudo localizar a la Troya histórica basándose en la poesía de Homero, también sería posible ubicar a Máximo a partir de su poesía e intentar describir al hombre detrás del poeta. Máximo era poeta por necesidad; la poesía era su forma de expresión y de evasión. El poeta

Se cree dueño absoluto de todo el universo.
Su vida es fantasía; su mente es una hoguera.
Ve mas allá del mundo; por eso es que sus versos
no son cosas reales; son sueños, son quimeras (“El poeta”, 18).

La poesía de Máximo en general y sus poemas románticos en particular, revelan a un hombre muy emocional y muy apasionado. Ejemplos son “Para ti” (42-43), “Ofrenda” (47-48), y “Para ella” (177-178). De los poemas de amor dedicados a mi abuela Amelia L. de Corte, se destaca especialmente “El ánfora inmortal” (175), un acróstico que data del 31 de mayo de 1947:

Ánfora que un artífice de algún moruno reino
Modeló con finura en espuma de mar,
Esmaltándola luego con el fulgor eterno
Luminoso de Venus, Diosa del bien amar.
Incólume ha quedado a través de los tiempos,
Admirada de todos por ser obra perfecta;
La imantaron los rayos, la pulieron los vientos,
Dijo de ella en alados renglones el poeta.
En esta ánfora un alma ha quedado cautiva;
Cautiva, sí, lo mismo que se quedó la mía,
Obediente al encanto de tu gracia ideal.
Refundiré mi dicha, mi afán, mi alegría,
Todo cuanto sea bello, que contenga armonía,
En ánfora gemela de existencia inmortal.

Muchos de los poemas de Máximo revelan a un hombre contemplativo y reflexivo. Máximo se levanta en la madrugada, observa el silencio de un amanecer, y plasma el instante en un poema:

Madrugo mucho, veo cuando asoma la aurora
en el lejano Oriente; al despertar el sol
con distintos matices las colinas decora,
decorado que es obra de un divino pintor (“Aurora” 160-161).

Varios de los poemas de Máximo son reflexiones más bien oscuras, en la que expresa su angustia frente a la guerra. Por ejemplo, en “Única fuente de bondad”, escrito durante la segunda guerra mundial (febrero de 1941), declara que

¡Hoy el mundo es un caos! El ser humano
destruye todo lo que él mismo hizo
como destroza el viento y el granizo
del dorado trigal, el fértil grano (22).

La misma ironía describe en “Escuchad mi oración” (84-93), que fue escrito en febrero de 1939, es decir, ente el final de la guerra civil española y el comienzo de la segunda guerra mundial. “Más cerca de Dios” (149), escrito en agosto de 1946, también es una oscura descripción de los horrores de la guerra. Pero todos estos poemas, por más pesimistas que sean, siempre terminan en una plegaria, en una nota religiosa:

Que en el jardín que todos tenemos en el alma
florezca y fructifique el fraternal amor;
para que el mundo pueda recuperar la calma,
¡Para que el hombre pueda estar cerca de Dios! (149)

Máximo sufrió mucho cuando murió su madre, y varios de sus poemas reflejan esta insistencia con el tema de la madre, que es uno de sus favoritos: “Madre” (20-21), “A las madres” (135), “Una palabra, un mundo” (167), y “La imagen de la madre” (171). Y quizás de todos los poemas de Máximo, ninguno contenga tantos datos autobiográficos como “Profecía” (146), escrito el 29 de julio de 1946:

Hoy trabajé la tierra. Quiero formar un huerto,
un jardín pequeñito; ver las plantas que brotan;
sentir esa alegría que sienten los que han puesto
en cáliz de amargura de néctar una gota.

Con mi esposa y mis hijas tres retoños plantamos;
un plátano y dos sauces. No dudo, ¡brotarán!
Con amor y esperanza a diario los regamos,
así en la fértil tierra sus raíces echarán...

¡Crecerán! Y a la sombra de sus espesas copas,
han de jugar mis hijas, descansará mi esposa,
y entre el follaje un ave, alegre, arrullará.
Yo soñaré despierto en ¡quién sabe qué cosas!
La perfumada brisa pulsará un arpa ignota,
y una canción de vida del alma surgirá.


Romance para mi perro

Máximo tenía un talento natural para componer romances. De hecho, mis dos poemas favoritos de Máximo son precisamente romances: “Romance para mi perro” y “Romance del 25 de mayo” (137-142). El primer poema que me propongo analizar es “Romance para mi perro”, que data del 18 de mayo de 1949. Obviamente el poema tiene varios elementos autobiográficos, pues los Corte tenían, efectivamente un perro (llamado Terri Sterling Corte) que Máximo estimaba mucho y entrenaba.

Terri era una abreviatura de “Terrible” y Sterling era en honor al élder Sterling Yeaman, que hacía la misión en La Plata por aquellos días. El poema es además autobiográfico porque Máximo menciona a sus esposa, a sus dos hijas, y su vocación de poeta:

Amigo de todo tiempo,
invariable, noble, bueno,
que sin poder hablar dices
tus alegrías y recelos.
Amigo fiel, en el cual
yo confío, pues su celo
guarda todos mis tesoros,
cuida todo lo que tengo:
no son perlas, ni amatistas,
ni rubíes, mis riquezas.
Son mi esposa y mis dos hijas,
tres joyas de gran belleza;
ellas son paz y bondad,
tranquilidad y pureza,
ellas son la plenitud
de amor puro y sin bajeza,
ellas son mi inspiración
y mi afán de ser poeta.
Mis riquezas ellas son.
¿No están mis arcas repletas?

Guardián de todas las horas,
guardián de todos los tiempos,
que dices con tus ladridos:
--¡Dormid! Que yo estoy despierto.
Confiad en mi lealtad,
confiad en mi recio cuerpo,
en mis agudos colmillos;
¡dormid! Que yo velo atento,
descansad de las fatigas,
adormid el ardimiento,
soñad sueños de ilusión,
que están mis ojos abiertos
taladrando las tinieblas,
que en tinieblas advierto
si asomara algún peligro:
yo contra él lucharé recio.
¡Dormid y soñad! Que yo
velo vuestro pensamiento.
Nadie vendrá a perturbaros,
nadie a robaros el sueño.

Con mis ladridos, yo digo,
mi deber estoy cumpliendo
que mi amo me encomendó
con un cariñoso acento:
“Velad mi hogar y familia
mientras yo me encuentro lejos”.
Él paga luego mi afán
con unos sabrosos huesos,
unas palabras amables.
Yo, entonces, todo contento,
moviendo gozoso el rabo,
a mi amo lo miro atento,
cual se miran los amigos
leales de todos los tiempos.

El poema es, en toda su ingenuidad, uno de mis poemas favoritos de Máximo. Encaja muy bien una línea de la poesía de Máximo que se dedica a celebrar, de un modo simple y humilde, las pequeñas bellezas de la vida. El tono es reposado e íntimo, lleno de sencillez y candor. La primera mitad del poema (primera estrofa) es más convencional y asume la voz del poeta hablándole al perro. Pero la segunda mitad (segunda y tercera estrofas) es mucho más ingeniosa, pues en ella el poeta se mete en la psique canina y asume la voz del perro. El poema es muy sencillo pero muy efectivo, y el homenaje al perro parece genuino y sincero. Otro ejemplo de homenaje lo constituye el poema “A mi amigo el herrero” (97-99), que data del 26 de agosto de 1945.


A mi amigo el herrero

El vivo fuego de la fragua
alumbra el torso sudoroso.
Parece un hombre hecho de bronce
aquel herrero musculoso.

Una sonrisa hay en sus labios,
una pujanza hay en sus brazos.
Canta el martillo sobre el yunque
el himno alegre del trabajo.

El fuelle sopla. De las brasas
se elevan chispas luminosas,
como si fueran estrellitas
que en el espacio se deshojan.

Trabaja alegre, buen herrero,
tus manos duras y callosas
forja[n] la base inconmovible
de las naciones poderosas.

Herrero, haz pausa en tu faena,
mira en los campos los maizales;
mira a lo lejos cómo brillan
al sol radiante los trigales.

Deja el mandil por su instante,
deja el martillo, yunque y fuego,
que pasará frente a tu puerta,
hacia los campos, el labriego.

¡Que se detenga! Y le preguntas
si está contento de su arado.
¡Que entre a tu casa! Y allí vea
dónde su reja se ha forjado.

Veréis entonces qué felices
os hallaréis los dos. Hermanos.
Tú con tu yunque y tu martillo.
Él, con su azada y con su grano.

Construye horquillas y azadones
sobre ese yunque do trabaja,
forjándolos con ilusiones,
templándolos con esperanzas.

Que sea fanal, en esta tierra,
el vivo fuego de tu fragua.
Que sean tus chispas como estrellas
en este cielo de mi patria.

De todas las imágenes y los símbolos poéticos que utiliza Máximo, ninguno es más importante que la imagen del herrero. Era una de sus obsesiones. La imagen no sólo es el tema de “A mi amigo el herrero” (97-99) sino que vuelve a aparecer en “Tierra de paz” (132), “El poeta” (20), “Versos dedicados a la Sociedad de Socorro” (71) y “Romance del 25 de mayo” (137-142). Máximo veía algo muy noble en la tarea del herrero, que funciona como metáfora de su propia obsesión por forjar poesía. De la misma manera que el herrero crea sables y azadas golpe tras golpe, el poeta también forja el producto de su actividad poética, o la vida misma, como en “El poeta” (20):

El poeta es una fragua de poderosa llama
donde forja la vida a su gusto o idea.
Es como un alquimista; es un mago que allana
el sendero do marcha. Es un artista, y crea.

¿Por qué la insistencia en la imagen del herrero? Tal vez Máximo tuviera un amigo personal que fuese herrero. Pero sobre todo, es símbolo omnipresente de la actividad creadora. Ser herrero es “bello trabajo honroso” (71). La actividad el herrero es violenta, pero creativa. El herrero es símbolo de trabajo y de progreso, porque crea horquillas y azadas, es decir, los elementos básicos de la agricultura.

En tres de sus poemas, las imágenes del herrero y de la siembra aparecen juntas. En los “Versos dedicados a las damas de la Sociedad de Socorro”, dos estrofas contiguas declaran:

Bendito sea el herrero sudoroso
que aviva con anhelo los carbones
do calienta los hierros, que azadones
luego serán. Bello trabajo honroso.

Bendito el labrador voluntarioso,
que labra, siembra y cosecha con afán,
alegre, porque sabe que habrá pan;
así será, también, dulce el reposo (71).

Yo no creo que Máximo esté simplemente insinuando una imagen de inspiración comunista, es decir, el matrimonio entre el martillo (símbolo de la industria) y la hoz (símbolo de la agricultura). Pero sí es obvio que Máximo propone una imagen poética llena de idealismo y utopía. Para Máximo, todas las formas del trabajo físico e intelectual son el motor del progreso y de la prosperidad. Éstas incluyen no sólo la metalurgia y la agricultura, sino también el estudio y las ciencias médicas (“Escuchad mi oración”, 89-90) y todas las profesiones y oficios enumerados en el “Romance del 25 de mayo”:

Contemplad los matarifes,
al carretero, al poeta,
al comerciante, al doctor,
gentes nobles y plebeyas.
Rebozos, ponchos y capas,
mantas, chambergos, galeras (138-139).


El herrero y la siembra

La siembra y la cosecha es otra de las imágenes favoritas de Máximo, y también funciona como símbolo de progreso, de paz y prosperidad. En “Evocación” (148) celebra la rueda del molino, que muele el maíz y el trigo y así produce el pan. En “Profecía” (146) habla de manera autobiográfica acerca de la satisfacción que siente al hacer su propio huerto, casi como Fray Luis de León en “Vida retirada”, y también profetiza que los árboles plantados crecerán. En “Los peregrinos” (39-42) y en “El poder de la fe” (168-170), celebra la primera siembra que los pioneros mormones realizaron en Utah, casi como Isaías profetizando del desierto que florecerá como la rosa (Isaías 35:1). Y en cuatro instancias (“Versos dedicados a las damas de la Sociedad de Socorro”, 71-72, “A mi amigo el herrero”, 97-99, “Romance del 25 de mayo,” 137-141, y “El poder de la fe”, 168-170) la imagen del herrero y la imagen de las siembra van juntas. En “El poder de la fe”, por ejemplo,

Ardió la fragua, se forjó el arado,
se abrieron surcos con su reja hiriente.
¡El desierto en jardín queda trocado,
el milagro de la Fe quedó patente! (170)

En los cuatro poemas que acabo de enumerar las imágenes se suceden en el mismo orden: herrero -> azadones -> siembra -> pan.


El herrero y la guerra

Máximo ya había contrastado los dos productos de herrero (armas de guerra versus herramientas de agricultura) en “Escuchad mi oración” (84-93), un poema muy patético sobre el tema de la guerra. Máximo escribió ese poema en 1939, es decir, el año en que termina la guerra civil española y comienza la segunda guerra mundial. La primera parte del poema es muy desgarradora, pues nos presenta una lista de miserias de la humanidad. Entre ellas:

Unos cavan las negras entrañas de la madre tierra
para sacar de ella los grandes y ricos filones
que servirán luego contra ellos mismos
porque el hombre, del hierro, fabrica cañones (86: vii).

En la segunda parte del poema, las miserias de la guerra y de la opresión de “unos” entran en contraste con la imagen de paz y progreso de “otros”:

A la tierra también sacan ellos carbones y hierros,
pero no hacen con ellos cañones que vomitan muerte;
fundirán herramientas y arados que sirvan
para abrir en los campos los surcos donde echar con afán la simiente (89: xiv).
. . .
No hallaréis allí campos desiertos quemados del fuego,
mas veréis los dorados trigales que brindan riquezas;
son la gloria, el afán de los pueblos tranquilos,
porque de ellos saldrá el blanco pan que tendrá nuestra mesa (90: xiv).

En “Tierra de paz” (131) también se analiza la gran ironía del herrero, que fabrica a la vez instrumentos de progreso y de destrucción:

El herrero que forja, sobre el yunque, una reja
de arado, está forjando paz y nobleza.
Más te agradece el mundo una hoces curvadas
que la pulida hoja de toledana espada.

Pero en el “Romance del 25 de mayo”, las dos actividades del herrero son nobles, porque las guerras de la independencia son una causa justa. El herrero es así una figura doblemente heroica, porque crea no sólo los sables de la guerra (para pelear por una causa noble), sino también los azadones, símbolo de la paz y la prosperidad:

Allí está el hercúleo herrero
que sobre el yunque golpea
el hierro, de donde salen
sables para la pelea.
Mas también forja la paz
en azadones y rejas
de arados, con que el labriego
labrará la buena tierra,
donde sembrar rubio trigo
para que el mundo pan tenga (138).


La poesía patriótica

Máximo Corte es el autor de muchos poemas que celebran temas cristianos en general (como el nacimiento y los milagros de Cristo) y mormones en particular (José Smith, los pioneros, etc.). “Al hombre ateo” (147) parece inspirado en Alma 30:44. El poema “Verdad” claramente evoca la sección 88 de Doctrina y Convenios. “Haz que brille tu lámpara” (158) es una recreación de la parábola de las diez vírgenes (Mateo 25:1-13). En “Esencia de vida” (150-152) reflexiona sobre las realidades espirituales que la ciencia no alcanza a descubrir. Máximo también dedicó mucho tiempo y esfuerzo a una versión en verso de Primer y Segundo Nefi.

También hay muchos poemas que Máximo escribió para ocasiones especiales en la Iglesia: la despedida de algún misionero, la celebración del día de la madre, Navidad, etc. Su poesía religiosa y reflexiva crea un ambiente íntimo y sincero, un ambiente de meditación filosófica y de búsqueda metafísica. Pero en mi opinión los mejores poemas de Máximo no son los poemas de tema filosófico o religioso, sino los de inspiración patriótica. Allí es donde residía su genio poético, allí es donde su pluma corría con mayor elevación. Sus poemas en honor de Brigham Young o los pioneros tal vez pasen al olvido, pero sus poemas patrióticos son inmortales.

En su cuaderno de poemas aparecen varios poemas de tema patriótico: “Al Santo de la Espada” (95-96), “La lanza” (103-105), “A mi bandera” (106-108), “Romance del 25 de Mayo” (137-142) y un acróstico, “Manuel Belgrano” (180). La historia argentina era uno de los intereses de Máximo. Estaba bien informado sobre el tema, y tenía una lista de “héroes y villanos” de la historia argentina. De acuerdo con Amelia C. de Olaiz,

Papi siempre estaba leyendo y me hablaba y me contaba a mí de personajes, de historias de la Argentina, etc. Él estaba enterado de todo y escribía también de todo. Y estaba enamorado de ciertos patriotas, y tenía sus ideas de quién era un delincuente y de quién era una gran persona. Para su época, en eso, él era un adelantado. Porque antes en la escuela nos decían que todos eran grandes personas.

Ahora bien, en sus poemas patrióticos Máximo evita la polémica y se dedica a celebrara a sus héroes: San Martín, Belgrano, Vieytes y los nueve miembros de la Primera Junta de gobierno.


La lanza

“La lanza” describe el un proceso de crecimiento, de maduración política y de fogueo militar, por el que la caña poco a poco se va transformando, pasando de picana a lanza. La lanza es presentada primero como una caña y una picana, es decir, instrumento de paz. Al igual que el producto del herrero (azadones y sables), a veces los instrumentos de paz deben alterarse y ser usados para la guerra. Pero lo que Máximo destaca sobre todo, el es hecho de que la lanza es el arma popular por excelencia, es el instrumento de guerra del pueblo. Una guerra no la gana un acto heroico de un sable corvo (i.e., San Martín), sino que es el producto de la unión de todo el pueblo.

Arruinada en un rincón
hoy te encuentro, vieja caña;
luego que tantas hazañas
hiciste por tu nación.
Te miro con emoción
y me duele que el olvido
se haya ensañado contigo;
por eso, que esta versada
va para ti dedicada
como un homenaje amigo.

Primero fuiste picana
que con un clavo en la punta,
sirvió para aguzar yuntas
de las carretas pampeanas.
Pero al sonar de las dianas
de los clarines guerreros,
hizo de ti, el carretero,
junto con media tijera,
un arma que triunfos diera
a la Tierra Americana.

Sólo en manos de los guapos
anduvistes en la tierra.
Para hacer contigo guerra
es necesario buen brazo.
Tu dueño, en cada lanzazo
derribaba un enemigo;
porque luchó convencido
que a cada bote que daba,
a su bandera llevaba
por un glorioso camino.

Tras cada lanza un paisano
son bravura de león,
un formidable campeón
son empuje sobrehumano.
Medio indio, medio cristiano;
mal vestido; sin sombrero,
entran en el entrevero
dado alaridos que espantan;
mientras que a golpes de lanza
marcan nuevos derroteros.

No fue el corvo legendario
ni el fuego de los cañones
que a todas estas naciones
libró de sus adversarios.
Fue el empuje del centauro
que libertó al continente;
al golpe recio y valiente
de la caña y la tijera.
Fue la lanza la primera
en decir: “¡Estoy presente!”


Al Santo de la Espada

En 1945 Máximo compone “Al Santo de la Espada” (95-96). Se trata de un soneto endecasílabo:

José de San Martín, genio guerrero,
allí do fuiste tú fue la victoria.
Grabaste muchas páginas de gloria
con la hoja corva de tu fuerte acero.

Padre fuiste de bravos granaderos
fundidos en crisoles de nobleza,
que ganaron blasones de guapeza
en el fragor de rudos entreveros.

Templaste tu valor en Tierra Ibera,
mas por tu patria, fiel, armaste el brazo,
traspusiste las grandes cordilleras.

El cóndor rey, absorto, vio tu paso
y se unió el cielo en fraternal abrazo
con el propio color de tu bandera.

Nótese cómo el verso endecasílabo, que tiene una larga tradición en la poesía española, funciona bien en este poema, porque acompaña el tono reposado y solemne. La imagen de la pluma y la lanza se combinan en la primera cuarteta: el historiador escribe la historia nacional con una pluma y San Martín hace la historia con su espada (compárese con “El poeta”, 20) . En la última terceta la imagen del cóndor en vuelo es muy efectiva, porque nos dirige visualmente hacia arriba, hacia el cielo. Y es precisamente en el cielo que se presenta la imagen que cierra el poema, una imagen visual pero también intelectual, símbolo de unión: la simetría del cóndor (imaginemos un cóndor con las alas extendidas) corresponde a la simetría del cielo o del cielo y la tierra, y esta simetría corresponde a su vez a la bandera argentina, que tiene forma simétrica y los mismos colores que el cielo. El cóndor representa la fusión del cielo y de la tierra, la fusión del cielo y de la bandera, y es el símbolo de San Martín que, como el cóndor, también es una especie de ángel o de santo, un instrumento de unión entre los pueblos.


Romance del 25 de mayo

A continuación voy a comentar el “Romance del 25 de Mayo” (137-142), posiblemente el más leído y recordado de todos los poemas de Máximo Corte. Está fechado el 8 de mayo de 1946, pero aparentemente el día antes había escrito un soneto patriótico (“La mágica campana”, 136) que funciona como un anteproyecto del romance. Mi opinión es que este poema constituye la composición más genial de Máximo. Se trata de un romance, es decir, una serie indefinida de versos octosílabos con rima en los versos pares. En castellano el romance es una de las formas más antiguas de hacer poesía (data del medioevo) y el octosílabo es una de las formas métricas que más naturalmente encajan con la estructura de la lengua española. Además el romance es casi siempre de carácter narrativo, porque tiene un argumento que narra un cuento o una historia, como en este caso:

Está lloviendo. Los niños
no pueden jugar afuera;
en la espaciosa cocina
la abuelita cabecea
sentada frente a la lumbre,
Los pequeños la rodean
y luego de acariciarle
la plateada cabellera,
le dice el más pequeñito:
“¿Nos cuentas un cuento, abuela?”

“Escuchad, que esto no es cuento,
sino historia verdadera:
Hoy, veinticinco de mayo;
día lluvioso por cierto.
¿Pero qué pasa que todos
a la plaza van corriendo?
Los jóvenes, los ancianos,
mujeres, niños. ¿Qué es eso?”
“¿No lo sabes? Es el pueblo,
que pide cabildo abierto.
Ceñudo y medroso mira
el virrey estos aprestos.”

Allí está el hercúleo herrero
que sobre el yunque golpea
el hierro, de donde salen
sables para la pelea.
Mas también forja la paz
en azadones y rejas
de arados, con que el labriego
labrará la buena tierra,
donde sembrar rubio trigo
para que el mundo pan tenga.

Mirad cerrando los ojos,
--los ojos del alma sean-
que contemplen estas cosas
de una tan gloriosa época.
Contemplad los matarifes,
al carretero, al poeta,
al comerciante, al doctor,
gentes nobles y plebeyas.
Rebozos, ponchos y capas,
mantas, chambergos, galeras.

Cornelio Saavedra apoya
con su fuerza el movimiento;
“Que es el Cuerpo de Patricios
un puntal hecho de hierro”.
Va Moreno pregonando
su republicano credo;
Manuel Belgrano, la fe,
Passo su constante verbo,
allí está Hipólito Vieytes
con su patriotismo y celo.

La lluvia cae incesante;
a ratos con fuerza arrecia,
pero ninguno en la plaza
por tan poca cosa tiembla.
Nadie tembló el año siete
frente a agudas bayonetas
empuñadas por las tropas
de Whitelocke. La gesta
de la defensa ha dejado
el fruto de la experiencia.

¿Quiénes son esos dos hombres
que saludan y conversan
entre todos los corrillos
que la grande plaza llenan?
¿Sabéis? Son French y Berutti,
que tienen las mandos llenas
de cintas celestes, blancas,
para hacer escarapelas.
Trocitos de cielo límpido
en medio de nubes negras.

Dicen que ya fue Rodríguez
junto con Castelli a verlo
al Virrey. “Y que renuncie
a privilegios y fueros.”
Ellos son la voz tronante
de artesanos y chisperos,
de mujeres, de soldados,
de hombres blancos o morenos.
Todos piden que renuncie
don Hidalgo de Cisneros.

Ha renunciado el Virrey;
una junta es el gobierno.
Saavedra de presidente;
de secretario, Moreno;
Passo a su lado estará,
Belgrano, el noble y sereno,
Castelli, Azucena, Alberti,
Matee, Lardea; tan buenos
que nada se desmerecen
en patriotismo y empeño...

Vosotros, niños, tal vez,
no comprendáis esta gesta,
ni apreciéis en lo que vale
la libertad de esta tierra.
Pero ya comprenderéis
lo que la libertad cuesta.
Si alguna vez, en la lucha,
vuestro coraje flaquea,
acordaos de los preclaros
patriotas de esta epopeya.

Cuando terminó de hablar
la anciana, sus ojos seca.
Que a ella misma arranca lágrimas
la historia patria que cuenta.
Flota en el aire un misterio;
callaron nietos y abuela;
refleja sombras extrañas
el fuego en la chimenea,
como si fueran espíritus
que del más allá volvieran.

Gloria y paz, tierra Argentina.
Gloria y paz, tierras de América.

La historia del 25 de mayo aparece enmarcada en un relato mayor: una abuelita contándole un “cuento” a sus nietos. La lluvia es un hilo conductor, porque provoca la evocación de la fecha patria y más adelante estimula el relato. El poema es un collage de acción dramática y una joya de perfecta sencillez. Pero el verdadero genio del poema radica en la modulación del tono y de las emociones: el poema comienza con un tono doméstico y reposado, que poco a poco se vuelve más reflexivo. Hacia el final del poema se produce el hechizo de la emoción, substanciado en el llanto de la abuelita. Y finalmente, en los dos últimos versos, el poema alcanza un tono casi exaltado.

El poema es menos ingenuo de lo que parece, porque la empatía entre abuelita-nietos sugiere la empatía entre la voz poética y el lector del poema. El poema funciona como un rito, como una ceremonia religiosa en la que ocurre algo mágico. Así visto, el poema es casi una sesión de espiritismo (“Flota en el aire un misterio”) o de psicoanálisis (“Mirad cerrando los ojos, los ojos del alma sean”). Los espíritus convocados (los nietos, los patriotas, todos los argentinos) asisten a la “ceremonia” y así confirman que “esto no es un cuento, sino historia verdadera.” Si en una cocina, junto a un fuego, una abuela es capaz de convocar “sombras extrañas” o “espíritus del más allá”, el poeta, que también es un alquimista, un médium o un herrero7, será capaz de crear el mismo hechizo al relatar la misma historia. En este esquema de cosas los espíritus de los patriotas invocados, los espíritus de la Abuelita y de los nietos, y los espíritus del poeta y del lector, vibran todos empáticamente.

El poema es un relato, pero un relato dialogado, porque la Abuelita dialoga con los nietos y, al contar la historia de mayo, dialoga consigo misma y cita las palabras de otros, ya sean interlocutores imaginarios, testigos presenciales de los hechos, o los protagonistas del relato. Esta técnica del diálogo le da al poema una gran vivacidad, y anima la acción dramática con imágenes y episodios que se suceden como un collage: la muchedumbre en la plaza, los representantes de todas las clases sociales y laborales, los patriotas (intelectuales y militares) de la independencia, las invasiones inglesas, French y Berutti, la renuncia del virrey Cisneros y la organización de la Primera Junta. El poema nunca aburre porque la “cámara” nunca está quieta, las imágenes se suceden animosa e incesantemente. La primera lista de patriotas usa un lenguaje religioso, y los presenta casi en la categoría de profetas que predican la fe en un futuro dichoso. Máximo indica que French y Berutti también predican un futuro glorioso, mediante el simbolismo de las escarapelas.

Según las palabras de la abuelita, la gesta de mayo es una historia épica que tiene un valor arquetípico. Los héroes de mayo adquieren la categoría de ejemplos y modelos que debemos recordar “en la lucha”. En los dos últimos versos, el poema alcanza su punto culminante y se convierte en una plegaria. No solamente en una plegaria por Argentina, sino en una plegaria que incluye a todas las naciones americanas que lucharon por la independencia.


Máximo Corte y los límites de la poesía

Como todo gran poeta, Máximo reflexionó sobre el significado de la actividad poética y llegó a comprender sus límites. Comprendió que la poesía no es la verdad, sino solamente el portavoz de la verdad. La última entrada en el libro “oficial” de poesía incluye un soneto que data de junio de 1949, un año y cinco meses antes de morir. Es un poema titulado “Verdad” (186) en el que Máximo iguala la verdad al “motor primero” del pensamiento aristotélico, y sobre todo a “la luz de la verdad” de la sección 88 de Doctrina y Convenios:

Es la verdad que hace mover la tierra,
a los planetas que en el mundo giran,
es la verdad el germen de la vida
la muerte de hombre en la materia.

En la segunda cuarteta, Máximo usa una imagen que evoca a Génesis cuando Jacob compara a la casa de José con una rama fructífera junto a la fuente (Génesis 49:22). La verdad triunfará sobre el error, porque el amor es más poderoso que la maldad:

Es la verdad cual trepadora hiedra
que ha de cubrir los muros de falsía,
taladrando, tenaz, la entraña fría
de la maldad en corazón de piedra.

Es la verdad la luminosa huella
que rauda va dejando alguna estrella
en su extenso mar del infinito.

Pero es el último terceto el que esconde el mensaje más importante:

Y la Aurora es verdad luciente y bella.
Quiero gritar mi admiración por ella,
pero hay algo, y no sé, que ahoga mi grito.

En la puja entre la poesía y la verdad, es la verdad la que sale triunfante. La poesía es solamente la mensajera de la verdad. La anuncia, pero reconoce que no puede igualarla, y a veces, ni siquiera puede describirla debidamente. Por eso es que Máximo, como todo gran poeta, siente un gran respeto por el silencio, que es más solemne y más elevado que la poesía. El poeta llega al límite de la experiencia religiosa y se confronta con lo inefable. Entonces debe callarse, porque no hay palabras que describan la experiencia correctamente. “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Corintios 2:9). Por eso es que la verdad “ahoga [su] grito” (186).

El silencio, último límite de la poesía, prepara a Máximo Corte para la experiencia mística. Es el silencio que Máximo siente a la mañana temprano (“Aurora”, 160) y por la tarde, cuando dice que “el silencio es meditación, es eternidad” (“El silencio”, 172-173):

Se deshace la tarde en gotas de silencio,
un rayo de sol tibio se posó en mi balcón;
una neblina tenue como un encaje de incienso
se elevó lentamente. Horas de paz y unción.

… El silencio las horas dilata gota a gota,
el tibio sol de invierno ya dejó mi balcón,
y me siento tan solo que el silencio que flota
es cual quietud eterna sobre mi corazón.

Es el silencio que Máximo siente a la hora del ángelus (“Ángelus”, 165):

Se alza en la altura de un viejo monasterio,
el sol lo baña con su postrera luz;
suena el ronco esquilón. Voz de ángelus
que es voz de paz, de amor y de misterio.

Es el silencio que Máximo siente en los momentos de transición, y que dramatizan el contraste entre luz y oscuridad (“Amanecer”, 134):

¡Oh momento indefinido
entre la noche y el día!
Entre la muerte y la vida,
lo futuro y lo vivido.
¡Qué sensación he sentido
al contemplar esa hora
en que combate la aurora
contra la noche tenaz!
Que la luz es la verdad
a quien la luz atesora.

Hubo un momento, en la conciencia poética de Máximo, en el que se dio cuenta de que no es la poesía la que salva, sino más bien el silencio. El silencio está más cerca de la experiencia religiosa que la palabra. Por eso en “Elogio del silencio” 8 (174) Máximo dice:

Calla la voz; el mágico silencio
al ser lo llena de sosiego y calma.
Todo el dulzor de un celestial concierto
alza un altar de amor dentro del alma.

Ya no es la voz del poeta la que habla, sino un coro celestial el que canta. Como Fray Luis de León (“Vida retirada”, “A Francisco Salinas”), Máximo entendió que la música es más elevada que la poesía, pero como muchos poetas contemporáneos también comprendió que el silencio es más elevado que la música:

¡Escucha! Que el silencio también guarda
Tonos y escalas de oro y de cristal.
¡Oh! Si oyes el silencio, ya eres salva;
No es el silencio muerte. Es inmortal (174).

Por eso es que, al final del “Romance del 25 de mayo” todos guardan un solemne silencio. Lo que están experimentado es más poderoso que lo que las palabras pueden expresar:

Flota en el aire un misterio;
callaron nietos y abuela;
refleja sombras extrañas
el fuego en la chimenea,
como si fueran espíritus
que del más allá volvieran (142).


Conclusión

Máximo Corte vivió y murió bajo el hechizo de la poesía. Un par de días antes de morir, Máximo pidió a la familia que le llevaran al hospital su cuaderno de poesía. Pasó sus últimos días rodeado de familiares, amigos y médicos, leyendo y escuchando una vez más sus poemas. El Mensajero Deseret de enero de 1951 de dedicó la siguiente nota:

En la ciudad de La Plata, cerró el día 6 de noviembre [de 1950] sus ojos al mundo el poeta Máximo Corte. No importa que Máximo Corte fuera un obrero tranviario de la ciudad platense, esa era su profesión material, porque en la verdadera vocación, en su médula espiritual era un poeta; pero, más todavía: un poeta comprendiendo la gloriosa filosofía de la restauración en estos días decisivos y amargos.

Fue el más veterano y prolífico de los poetas que colaboraron en el Mensajero Deseret, y durante largos años adaptó y creó, dejándonos las primeras rimas argentinas de temas mormones. Sus trabajos acusan gran nobleza y su vocabulario es franco y profundo a la vez.

Esta revista, que siempre brindó sus páginas a Corte, tiene un último pensamiento de consuelo para sus familiares que pudiera haberlo escrito él mismo: "A Máximo Corte la muerte no puede borrarlo".

La nota concluye con un poema que Máximo había escrito en 1948, “cuando una grave enfermedad lo hizo pensar en la muerte” 9, y que muy apropiadamente se titula “¿Dónde de está, oh muerte, tu aguijón?” Así es como la poesía lo siguió hechizando, aún después de su propia muerte.

Las contribuciones literarias de Máximo Corte a la Iglesia son de un valor incalculable. Constituyeron una especie de Edad de Oro en la Rama de la Plata, una época de creatividad e imaginación, de poesía y de teatro, que ejerció su influencia en el Mensajero Deseret y en toda la Misión Argentina. Era una época de pocos recursos económicos, en la que no existía la televisión ni los manuales de la Iglesia; era un época en la que había que ser creativo.

Obviamente Máximo sirvió de inspiración para amigos y otros miembros de la Rama que también incursionaron en la literatura, especialmente algunos de los Lencina: Raquel Lencina se dedicó a escribir poesía, especialmente de corte regionalista, indigenista y gauchesco. En la década del ‘60 Horacio Lencina escribió El Danny, un periódico lleno de humor y caricaturas. En las décadas del ‘70 y del ‘80 Gloria Corte de Casco editó un proyecto similar al El Danny, titulado El Chisme. Tato Lencina, que fue íntimo amigo de Máximo, también escribió algún poema, y sobre todo compuso ilustraciones basándose en ideas de Máximo. Máximo Corte fue el elemento catalizador de ese “caldo de cultivo” en la Rama de La Plata, época fecunda y creativa de las artes y las letras.



Apéndice: Poemas y escritos aparecidos en el Mensajero Deseret

“Mi testimonio” Marzo de 1944, pp. 12, 29

“Fe, esperanza y caridad” Mayo de 1944, p. 39

“Para vosotras” Marzo de 1945, p. 16

“Yo doy la vida” Noviembre de 1945, p. 20

“La dama y la niña” Noviembre de 1944, pp. 18-19

“A las madres” Mayo de 1946, p. 154

“Eternidad” Junio de 1946, p. 218

“La Fe” Septiembre de 1946, p. 342

“La inteligencia” Septiembre de 1946, p. 342

“Hermanos Misioneros” Diciembre de 1947, p. 444

“El agua viva” Diciembre de 1947, p. 467

“Mantén viva tu lámpara” Octubre de 1948, p. 399

“En nombre de Jesús” Octubre de 1948, p. 399

“Romance de nochebuena” Diciembre de 1948, p. 158

“Brigham Young” Julio de 1946, p. 156

“Al hombre ateo” Agosto de 1946, p. 298

“Un milagro de fe” Julio de 1947, p. 280

“De Moisés a José Smith” Abril de 1946, p. 114

“A la juventud” Noviembre de 1947, p. 402

“La caridad nunca falla” Marzo de 1948, p. 82

“Sociedad de Socorro” Marzo de 1947, p. 82

“Tierra de paz” Abril de 1947, p. 122

“Jesús en Getsemaní” Diciembre de 1948, p. 464

“¿Donde está, oh muerte, tu aguijón?” Enero de 1951, pp. 24-25

“Haciendo números” Marzo de 1947, pp. 92, 105

“La verdad frente a la tradición” Septiembre de 1948, pp. 346-347

“José Smith” Junio de 1947, p. 202

“Setiembre 1823” Noviembre de 1948, p. 402

“El Libro de Mormón - Capítulo 1” Noviembre de 1947, p. 418

“El Libro de Mormón- Capítulo 2” Diciembre de 1947, p. 458

“El Libro de Mormón - Capítulo 3°” Enero de 1948, p. 18

“El Libro de Mormón - Capítulo 4°” Febrero de 1948, p. 56

“El Libro de Mormón - Capítulos 5 & 6” Abril de 1948, p. 136

“El Libro de Mormón - Capítulo 7” Junio de 1948, p. 216

“El Libro de Mormón - Capítulo 8” Julio de 1948, p. 256

“El Libro de Mormón - Capítulos 9 y 10” Agosto de 1948, p. 299



1. Estoy profundamente agradecido a las siguientes personas que me ayudaron a componer este ensayo: Dora Lencina, Bocha Corte de Olaiz, Jorge Párraga, Tato Lencina, y Gloria Corte de Casco. (Volver)

2. Un acróstico es una forma poética en la que las iniciales de cada verso forman una palabra o frase (a menudo, un nombre) que puede leerse de forma vertical. (Volver)

3. Jorge Párraga ha tenido la gentileza de facilitarme una copia de esta parte de la entrevista y de un borrador de transcripción realizada por él. Yo aquí condenso mi propia transcripción, aunque a veces he utilizado la de Jorge como punto de referencia. Me he tomado la libertad de reordenar frases, agregar e interpretar palabras, etc. (Volver)

4. Tato Lencina tiene registrado el acontecimiento en su álbum, con una foto tomada el día que ganaron la copa. El papel de Diablo probablemente era representado por Rodolfo Saltalamacchia. Saltalamacchia dice que ganaron una copa y menciona a Blanca de Falchi, que es una de las personas que aparecen en la foto de Tato Lencina. (Volver)

5. Estos datos sobre Fray Mocho como la posible fuente de Día de visita se lo debo a Gloria Casco. (Volver)

6. Divisa de la comedia que se podría tarducir como “Riendo, enmienda las costumbres.” (Volver)

7. “En tu gran ilusión, poeta alquimista,/ mezcla perseverancia, paz y ruego” (p. 171). “El poeta es una fragua de poderosa llama/ donde forja la vida a su gusto ó idea./ Es como un alquimista; es un amigo que allana/ el sendero do marcha. Es un artista, y crea” (p. 20). (Volver)

8. Me pregunto si el título de este poema no estará inspirado por el poema del Federico García Lorca “Elegía del silencio” escrito en julio de 1920. (Volver)

9. Véase Mensajero Deseret, enero de 1951, páginas 24-25. (Volver)