Historia de la Iglesia Mormona en La Plata - Juan Américo Casco
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JUAN AMÉRICO CASCO

[Fotos de la Familia Casco]

Juan Casco Entrevista realizada por Hugo Olaiz en La Plata el 19 de agosto de 1996.


Mi familia

Mi familia es de Tandil, tanto de parte de papá (Américo Casco) como de mamá (Hermelinda Salgado). Papá ya vivía en La Plata de soltero, con su familia. Mamá vino a vivir La Plata de Tandil cuando se casó con papá. Después de casarse se quedaron en La Plata, pero fueron y vinieron varias veces de Tandil, por la situación de la enfermedad [asma] de mamá. Papá trabajaba en Rentas, en el Ministerio de Hacienda, y cada vez que mamá estaba mal, Papá pedía el traslado a Tandil. Dos o tres veces pidió el traslado. En ese tiempo los médicos aconsejaban ir a Tandil, pero después que se construyó el dique, el clima de la zona cambió totalmente, se puso mucho más húmedo. Mamá sufrió de asma por casi 30 años.

Tengo entendido que Papá y Mamá se conocieron en una fiesta. Algunos familiares ya se conocían porque las hermanas de mamá salían a los bailes, etc. No recuerdo los detalles de cuándo se conocieron. Cuando andaban de novios Chita, la hermana de papá, estaba en Cerro Leones. Cerro Leones era por muchos años una cantera, hasta que la actividad minera desvastó la sierra completamente. En ese tiempo había al pie de la sierra un pueblito. Ahí vivían los Salgado y todas las familias del pueblo. Cuando Papá andaba de novio con Mamá, una de las hermanas de Mamá se casó con Tobío, que era algo así como el comisario de Cerro Leones. Y ahí tuvieron anécdotas muy interesantes, de “rompe y raja”, porque Cerro Leones era una zona de picapedreros y hacían bailes para todo el pueblo. Han quedado hoy en día muy pocas familias de las antiguas.

Mi tío Tobío era un tipo guapo, en ese pueblo había que tener guapeza para enfrentarse a sablazo limpio con los de la cantera. Papá siempre cuenta que cuando iba de visita, hacían correr el rumor de que él también era policía, para que le tuvieran más respeto. Y llevaba una recortada (una escopeta). Así Tobío y papá tuvieron varias anécdotas. Alguna vez Tobío desarmaba a alguno que había tomado demasiado . Y papá le cuidaba las espaldas al concuñado con la escopeta. Eran tiempos de armas tomar. Papá usaba cuchillo hasta hace no mucho. Yo recuerdo que Papá se sacaba el saco y llevaba el cuchillo envuelto en una vaina. Iba con el cuchillo a todos lados. Y hasta hoy me asusto de pensar, porque Papá dormía con el revólver al lado, o con la escopeta al lado, y las balas o el cartucho listos para abrir fuego. Fue una época muy difícil, el tiempo de las canteras, y se crió en ese ambiente. Mamá había nacido en Cerro Leones, eran once hermanos. Había anécdotas muy especiales. La abuela (la mamá de Hermelinda) era brava. Una vez a mamá le tocaba tomar aceite castor, y por no tomarlo corrió alrededor de toda la sierra. ¡El hermano mayor de mamá la corrió por más de una hora!

Mi infancia

Mi infancia transcurrió en Tandil y en La Plata, pero yo me acuerdo más de La Plata. Yo nací en Ringuelet, a tres cuadras del Camino Centenario. Allí papá se había hecho una casa. Después con la enfermedad de mamá volvimos a Tandil y Papá se hizo una casa en la loma, en Villa Italia. Mis recuerdos de infancia en Tandil son muy vagos, me acuerdo que andaba en triciclo y que estaba el Club Unión y Progreso.

Cuando volvimos a La Plata papá ya había vendido la casa de Ringuelet y vinimos a José Hernández, donde vivimos con mi tía María, que después se bautizó (hoy fallecida). Cuando volví a La Plata tenía aproximadamente ocho años. Entonces empezamos a construir en 11 y 530, en Tolosa, que fue donde pasé lo que más me acuerdo de mi infancia. Pero volvimos otra vez a Tandil, por un año. En Hernández yo hice primero inferior y primero superior, y los repetí los dos. Era un gran sacrificio, porque tenía que caminar desde la estación Hernández hasta La Granja. Eran más de veinte cuadras, de ida y de vuelta, porque en Hernández no había escuela. Tardábamos más de una hora en ir, y otra hora en volver. Éramos un grupito de los chicos de Hernández que íbamos a ese colegio, pero yo recuerdo que tal vez haya ido la mitad de los días de clase. A veces llovía, y a menudo por uno u otro motivo no podíamos ir a la escuela.

Entre los 14 y 15 años mis padres conocen la Iglesia. Vivíamos en Ringuelet, mi hermana Marta vivía con nosotros. Ella trabajaba y estudiaba, se puso a trabajar y tampoco pudo terminar la secundaria. En esa época yo estaba terminando, atrasado, la escuela primaria. Cambié de escuela muchísimas veces. Fui a la Escuela N° 11 de Hernández, a escuelas en Tandil, a la N° 102. Volví a repetir tercer grado. Finalmente quinto y sexto grados los rendí libre y terminé la primaria rindiendo libre, a los 14 años. Una señora me preparó en cuatro meses y rendí libre, en el Normal N° 2, los dos últimos años de la primaria. Ahí me doy cuenta de que no era por falta de inteligencia que progresaba tan lentamente en la escuela, sino por la situación de la familia.

Nuestra conversión

En ese entonces yo ya trabajaba. Empecé a los 13 años, trabajando en una bobinería donde después quedé permanente. Cuando yo tenía 14 ó 15 años conocimos los misioneros. Vinieron a casa, yo no estaba. Volvieron, y ahí conocí al Élder Doman, que nos daba las charlas. Él no enseñó todo, pero no llegó a bautizarnos. El Elder Rasten fue el que me puso los límites. Papá los escuchaba. La primera vez que entré a una charla, yo llegaba a casa con un amigo. Los misioneros dejaban las bicicletas en la esquina de casa, atadas a un poste. Y mi amigo y yo pasábamos y les desinflábamos las ruedas. Con los muchachos del barrio nosotros nos divertíamos así.

Entramos a la charla. Cuando nos inclinamos a dar al oración, mi amigo y yo tuvimos una ataque de risa y nos empezamos a reír sin poder parar. Rasten se levantó con una cara que no me voy a olvidar jamás. Nos dijo, muy serio: “¿Ustedes saben con quién estamos hablando?” “No”. “Si ustedes supieran con quién estamos hablando, jamás se reirían de esa manera.” Nos bajó la caña a mí y a mi amigo con todo. Después de eso nos quedamos serios, queríamos salir, rajar de allí. Y a partir de ese momento yo les tomé respeto, pero mi amigo, Mirto, no quiso saber nada. Lo retaron, era de familia italiana, y los padres no querían saber nada con los misioneros. Los misioneros venían a hacer panqueques a casa, tiraban los panqueques al aire, etc., y nos enseñaban las charlas. Leíamos el libro de Mormón, pero cuando mi hermana llegó a la parte en que Nefi mata a Labán, no quiso saber más nada de la Iglesia. Dijo: “Si Dios es Dios, no puede mandar a un hombre a derramar sangre”. Allí se quedó, y jamás superó ese punto. Además Marta tiene un carácter y una forma de pensar muy especial.

Una vez me tocaba dar la oración. Me dijeron: “preparáte porque la próxima semana te toca a vos [dar la oración]”. Hacía mucho frío, era pleno invierno, pero yo me instalé en el galpón, y me quedé allí leyendo historietas de los bucaneros y del Pato Donald. Allí me pasé más de una hora, mientras los misioneros les daban la charla. Papá me cubrió, dijo: “hoy Juan no está.” Yo no los quería ni ver, porque tenía que dar la oración. Así que desde ese tiempo yo ya tenía miedo de hablar y expresarme. Siempre tuve terror de tener que intervenir y decir algo en público. Tardamos un año en bautizarnos. Nos bautizamos en Quilmes. A papá le encantaba la filosofía de la Iglesia, pero le costaba mucho aceptar el principio del diezmo.

Casa de calle 53
Casa de calle 53 entre 10 y 11
La primera vez que fui a la capilla

La Iglesia funcionaba en esa época en calle 53, entre 10 y 11. Había sido un conservatorio de música, era una casa vieja con varias escaleras y un salón adelante. Recuerdo la primera vez que fui a la capilla. Yo siempre digo que la culpa la tuvo Horacio Lencina, porque ya desde ese tiempo él me quería “ubicar”. Me senté en el borde del salón, con papá y mamá. Todo me parecía muy raro, durante el himno la familia Rodríguez ayudaba con la música. Creo que la mamá o la hija tocaban el piano, y el papá dirigía. Me acuerdo que los Rodríguez estaban todos vestidos de punta en blanco, y eso me llamó la atención, porque me pareció que el blanco era una vestimenta peculiar de los mormones. Entonces me vino a saludar alguien muy amistoso, como si me conociera de toda de la vida: “¿Qué hacés, cómo te va?”, etc. Era Horacio Lencina.

Horacio me invitó para los Boy Scouts de la Mutual, y allí fue donde me “engancharon.” Porque los conversos, todos tenemos un “enganche”. En mi caso, el “enganche” se produjo porque yo tenía un libro de Baben Powell. Me gustaba el campamento, había leído revistas, y me gustaba el escultismo de alma, aunque nunca había podido tener un contacto con los Boy Scouts. Así que cuando dijeron “escultismo”, me engancharon. No se hizo nada de escultismo, se dieron unas pocas clases y eso fue todo. ¡Después de eso, creo que yo estaba mucho más interesado de continuar con el escultismo que todos los demás!. Pero me hicieron entrar. Había un libro en ese tiempo que había sido traducido. Muy lindo libro de escultismo, escrito por un hermano americano. Nunca más volví a ver ese libro, pero era muy, muy completo.

Los miembros de aquella época

El martes vine, y así siguió todo. En ese tiempo el presidente de rama, que me entrevistó para bautizarme, era Juan Carlos Párraga. La maestra de los jóvenes era Helena Mancini. Una vez estaba dando la clase, pero de pronto paró y dijo: “…y ya no me acuerdo más.” Nosotros estábamos todos riéndonos y ella dijo “acá no vienen a calentar el asiento”. Desde esa vez ya no la miré muy bien a Helena, hasta que después de grande me di cuenta de que era una buena maestra. En ese tiempo estaban Hugo Salvioli y familia. Papá tenía un Ford T y en ese tiempo Hugo vivía en Tolosa. Tenía los chicos chiquitos. Como nosotros vivíamos para ese lado, cuando terminaban las reuniones los llevábamos en el Ford T. En la cajita del Ford T venía Hugo, Mónica y los tres chicos. Mónica siempre lo cargaba a papá, lo tenía loco. Mónica le decía que “té” no se podía decir, y en vez de Ford-T le decía Ford-Mate, o algo así. Mónica siempre lo tenía a papá loco con eso.

En esa época no había un grupito de jóvenes de mi edad que yo recuerde. Había algunas chicas, que también influyeron mucho en mi conversión. Me acuerdo de Mona (Norma Lencina), y las chicas de González, que eran recién bautizadas y estaban muy entusiasmadas. Chicos no, prácticamente no había ningún chico de la edad mía. Había más grandes o había más chicos, pero no de mi edad. Después cuando volvimos, sí había más.

Estuvimos aquí más de un año, cuando yo tenía alrededor de 15 años. Nos bautizamos el 6 de febrero de 1960. Estuvimos ese tiempo activos, especialmente nos gustaban las mutuales. Yo no conocía a todos, pero conocía a Alejo Villarruel, que a veces venía con el carro y llevaba a los chicos. Entre los que recuerdo figura Ana Aguirre. Me acuerdo de los pic-nics de Punta Lara iban todos en camión. Pero eran todas familias, yo no me acuerdo de amigos personales. Estaba Mariluz, de unos 17 años, Ana Aguirre, etc. Para mí eran chicas grandes.

El proceso de conversión

Una anécdota que me selló a fuego fue cuando recibí el sacerdocio. No me acuerdo en detalle de la situación, pero sí me acuerdo de lo que me dijo Ana Aguirre, que era una jovencita unos tres años mayor que yo. Salíamos de la capilla, yo acababa de recibir el sacerdocio, y ella me dijo “esto es lo más importante que has recibido en tu vida, de esto no te vas a poder olvidar jamás”. Y me lo dijo con una seguridad que me impresionó profundamente, era algo que yo hasta ese momento no había captado. Era cierto, pero fue ella la que me lo hizo sentir. La verdad es que yo entendía todo a medias, porque nuestra conversión a la Iglesia había sido muy repentina y era todo muy nuevo.

El panorama a mí se me cambió de repente, porque yo tenía amigos fuera de la Iglesia. Tenía una barrita de amigos más bien vagos, vivíamos en un barrio apartado, íbamos a jugar al club, jugábamos al fútbol. Y esa era la edad en que los chicos empezaban a fumar. En una ocasión me quisieron hacer fumar, pero yo ya estaba en la Iglesia, y les dije que no. Yo no quise fumar y tuvimos una discusión. Me peleé con uno, otros me tenían y me pegaron. Nos agarramos a trompadas y me fajaron. Y esa fue una de las cosas que me decidió a dedicarme a la Iglesia. Con esos cuatro amigos del barrio, nunca más me volví a juntar. Ahí me di cuenta de que ellos no me respetaban. Fueron varias cosas que hicieron que yo me metiera con todo en la Iglesia, que entendiera que existe otra cosa. Y también las charlas con los misioneros, no sólo las charlas misionales. Yo empecé a descubrir un mundo que yo no conocía. Me impresionó mucho su vida americana. Me impresionaron los pioneros, porque yo leía las revistas de bucaneros, de convoys y de vaqueros, y estos norteamericanos que tenía frente a mí estaban relacionados, estaban cerca de ese mundo. Era una especie de materialización, de realización de un mundo imaginario. Yo era un joven con inquietudes, con expectativas, y todo lo que veía en esos misioneros estaba cerquita de ese mundo imaginario. Fue un proceso de enganche.

Con Mirto sí me mantuve en contacto, porque había una relación, y nos volvimos a ver cuando yo me casé, cuando él se casó, etc. Fue una relación diferente, después él se fue a vivir a Italia y no nos volvimos a ver.

Después yo me sentía otra persona, y ya no quería juntarme con esos amigos. Entendía los principios básicos, no fumaba ni tomaba. Me llegó mucho la palabra de sabiduría, y evitar las malas palabras. Por eso es que no las usé nunca. En mi casa de decían muchas malas palabras, especialmente los tíos, que era mundanos en todo sentido. Algunos tíos y primos querían hacerme hacer cosas inapropiadas, que no me gustaban. Pero yo veía personas como Ana Aguirre, Mariluz Olaiz, la chica de González, que me presentaban otro mundo.

La filosofía de papá

Mi papá apoyaba la filosofía de la Iglesia. A Papá le gusta progresar, eso es indudable. Tal vez no le gustaba aflojar en sus intereses personales, porque siempre se tomaba su copita de vino. Pero le gustaba investigar y aprender todo lo que viniera de afuera. Eso me ayudó.

La diferencia entre Papá y yo es que Papá tiene visiones grandiosas. Yo soy más práctico, tal vez por haber visto su forma de ser, que nunca pisaba en tierra. Él a veces me ilusionaba con fantasías. Una vez preparamos el Ford T para irnos a los Estados Unidos. Preparamos el auto, le hicimos hasta valijas especiales. Teníamos compartimientos para llevar el agua, para llevar comida, etc. Conseguimos una copia con el mapa de la ruta, que ya algunos la habían hecho. Teníamos marcado almacén por almacén y estación de servicio por estación de servicio. Sabíamos que había 200 kilómetros en Centroamérica que deberíamos cruzar por balsa, porque todavía no se había abierto el camino. Teníamos un plan perfectamente estudiado, las distancias, los costos, el viaje en balsa. Tenía la ilusión de hacerlo, porque en esa época era todo un apogeo hacerlo. Dos o tres años antes otros ya lo habían hecho.

Más adelante, mi ilusión era tal que le mandé una carta a Marion G. Romney1, que era presidente de la General Motors en Estados Unidos. En la carta le pedía un jeep porque quería hacer ese viaje a Estados Unidos Y lo más lindo del caso es que me contestó, diciéndome que ya no era presidente de la General Motors, y que no había nada que pudiera hacer al respecto. Era una respuesta muy respetuosa que me escribió. Claro, en ese momento no me gustó mucho, ¡pero con el tiempo me di cuenta de que se tomó el trabajo de contestar la carta! La carta debe estar por ahí, y espero algún día ponerla junto con todos mis papeles personales.

Estudios y mudanza a Tandil

M bauticé en 1960, y a los meses me fui a Tandil. En Tandil papá progresó muy bien en la Iglesia los primeros meses, fue consejero de Rama. Después tuvo algunos problemas por diferencias con otros miembros y se inactivó. En Tandil eran poquitos, pero ya había otros jóvenes. Era mucha menos gente que acá, pero yo me hice amigo de Francisco Manera y de Saúl Sosa, que era otro chico que se había bautizado. Entonces éramos un grupito de tres. Yo tenía 16 para 17. El presidente de la rama era el Hno. Manera. En La Plata yo trabajaba ocho horas por día en una bobinería de motores, una fábrica pequeña que todavía existe. Está ubicada en 530 y 13, frente a una estación de servicio. Trabajé desde los 13 años, por más de dos años. Eran todos italianos recién venidos de Italia, y yo hacía ese trabajo de bobinaje de motores.

El trabajo me complicó mucho las posibilidades de hacer la secundaria, porque era un trabajo muy duro. Con los italianos se trabaja muy duro. Quise hacer la secundaria, empecé primer año en el Colegio Industrial “Albert Thomas,” y fui por uno o dos meses, pero no pude ir más. Otro año traté de ir a un nocturno en Avda. 1 y 38, pero tampoco pude continuar. Tenía que irme en bicicleta dese Ringuelet, era muy difícil. Lo que sí hice fue un curso nocturno de soldadura eléctrica en el colegio “Albert Thomas”. Era un curso de aproximadamente cinco meses. Tengo el diploma. Eso fue afirmando un poco mi personalidad en esa época de cambio.

La Iglesia en Tandil

Pero lo que obviamente más me cambió a mí fue la misión, esa fue la experiencia más crucial de mi vida. Cuando el Hno. Manera me entrevistó, él ya había hablado con Papá. Papá estaba de acuerdo, Manera era muy piola, un hombre recién converso. Era una especie de caudillo, tenía unas características personales muy singulares. Tenía una honestidad personal impecable, y así también salió el hijo, que tiene una honestidad ilimitada. Jamás los vi en una mentira, ni para engañarse a sí mismos ni para engañar a otros. El Hno. Manera quería mandar a la misión al hijo. Francisco estaba en tercer años de la secundaria, era un chico muy capaz, pero el Hno. Manera quería que fuera a una misión., teníamos 16 años. Entonces me hablaron también a mí.

Yo, por un aviso en el diario, había conseguido que me tomaran para trabajar en una ferretería industrial que vendía máquinas, etc. Trabajaba casi 10 horas por día y en la noche, con un profesor particular, estudiaba dibujo técnico, porque la idea era ingresar a trabajar a metalúrgica. O sea que toda mi preparación y mis estudios estuvieron siempre directamente enfocados hacia el trabajo.

A los 16 años Francisco y yo nos fuimos de misioneros. En esos meses los principios de la Iglesia se habían arraigado en mi conducta de una manera muy fuerte. Era maestro en la Primaria, tenía tres o cuatro chiquitos de alumnos. El “aula” era la cocina de la capilla, y me acuerdo que en invierno usábamos el horno de la cocina, abierto, para calentar el cuarto. Y allí creo que empecé a entender el evangelio porque estudiaba, leía, entendía, y todo lo que aprendía lo ponía en práctica de una manera muy estricta. Así me pude defender, porque yo tenía amigos afuera de la Iglesia y eso lo hacía muy difícil. El viejo Manera me ayudaba mucho, él tenía características muy particulares.

El Hermano Manera

Yo siempre pienso que un hombre tiene entre 3 y 4 personas claves durante la adolescencia. Son los que marcan un poco la personalidad de cada uno, porque uno los quiere imitar, le gusta la forma de ser, y los hace parte de su personalidad como una meta. Bueno, para mí, el Viejo Manera fue una de esas personas.

Los domingos, a las ocho y media de la mañana, teníamos reunión del sacerdocio. Yo me tenía que tomar el primer colectivo que venía a Villa Italia, porque a esa hora casi no había colectivos. De manera que todos los domingos tomaba el mismo colectivo. Y cuando pasábamos cerca de la casa de Manera, a dos cuadras, el colectivo paraba. Si había pasajeros, ellos a veces preguntaban qué pasaba. El colectivero explicaba: “estoy esperando a un a pasajero”. Y allí venía el viejo Manera. Y a veces, desde una cuadra y pico, el viejo lo silbaba, y el colectivo paraba. ¡Y lo más lindo del caso es que el viejo no pagaba boleto!

El Viejo Manera era una espacie de caudillo, el hombre más popular y mejor conectado de todo Tandil. Era un tipo de hacer favores, todo en la ciudad de Tandil le debían un favor, porque era gestor. Era un adelantado en asuntos de papeles que nadie entendía. Era muy honesto, viajaba a La Plata, viajaba a Buenos Aires., etc. Y era tan abnegado y desinteresado. Cuando alguien no podía pagarle, el viejo le decía: “no te preocupes por la guita, hermano, me lo pagás cuando puedas”. Era un tipo de campo, de pueblo, que todavía creía en el valor de la palabra dada. Cómo sería que tres veces lo vinieron a buscar para que se presentara como candidato a intendente de Tandil, y tres veces rechazó la oferta. Les dijo: “lo siento mucho, pero si acepto me convierto el miembro de una banda de sinvergüenzas y de vagos”. Además era muy chistoso y muy cargador, le encantaba tomar el pelo.

El Hno. Manera conoció a los misioneros en la calle. Habló un poco con ellos y les tomó el pelo, porque era un cargador incurable. Hizo una cita con los misioneros Cuando los misioneros fueron a la cita, se enteraron de que él estaba en el bar. Le gustaba ir a un bar a jugar a las cartas, a jugar al truco. Los misioneros no tenían miedo de nada, y lo fueron a buscar al bar. Y ese misionero que lo fue a buscar al bar fue el que luego lo bautizó. Ese coraje de ir a buscarlo hizo que Manera cambiara radicalmente. Largó todo y nunca más volvió a parecer en el bar.

Salíamos de la Mutual e íbamos al “Cine Americano”. El viejo Manera nos llevaba, éramos cuatro o cinco chicos. El Viejo Manera decía: “los chicos pasan”, y entrábamos gratis. Así vimos muchas películas. Así que todos los martes yo llegaba a casa como a las 11:30 de la noche, porque iba la Mutual y después de la Mutual iba al cine.

En las convenciones venían de las panaderías y traían tortas, facturas y masas, todo gratis. Las máquinas de la Municipalidad también estaban a su disposición. Lo que pasa es que el viejo por años y años hizo trámites, el que podía le pagaba y el que no, no. Cuando el viejo quiso comprarse el primer auto, fue y le pidió dinero a una lista de amigos. “Vos me das tanto, vos me das tanto, vos me das tanto.” Y entre todos le compararon el auto inmediatamente.

Esa es la personalidad que a mí me atrajo. En esos meses el evangelio se arraigó mucho en mí, yo lo tomé muy en serio y era muy estricto, muy duro, para poder sobrevivir. En ese tiempo la cuestión de castidad fue muy difícil. Teníamos los bailes del Club, iba toda mi familia, todos los del barrio, los carnavales, etc. Pero en la Iglesia encontré algo que me ayudó enormemente.

Salida a la Misión

Salí a la misión el 14 de agosto de 1962, Francisco Manera y yo, los dos solitos. Yo vine con las valijas a la casa de Manera, y Manera después nos llevaría al colectivo. Tenía 16 años, y nos íbamos por dos. Íbamos de misioneros de construcción, o sea que íbamos a construir capillas, pero eso era algo que no sabíamos hacer. Y pensábamos que el físico no nos iba a dar. Veíamos a los albañiles tan musculosos y desarrollados. ¡Después nos dimos cuenta de que eso no valía nada!

Y tuvimos una anécdota que yo siempre recuerdo. Llegué a la casa de los Manera. Yo estaba nervioso, ansioso, faltaba media hora para que saliera el colectivo. Francisco estaba tirado en la cama. Y yo estaba nervioso, ansioso, apurado. Entonces Francisco me habló y me dijo: “¿Para qué te apurás, si en dos años estamos de vuelta?”

Nos fueron a buscar en una camioneta a la terminal de ómnibus de Buenos Aires. Nos llevaron a la casa en Virrey del Pino, donde ahora están la autoridades. Era una casa grande, vieja, de tres pisos. Allí vivía el Presidente de Misión, y estaban la Oficinas de la Iglesia. Y allí estaba el Hno. Richardson, nosotros le decíamos “Élder Richardson”. Había sido llamado como supervisor, como misionero para construir la capilla de Villa Sarmiento (Ramos Mejía). Entonces nos llevaron en una camioneta Ford F-100, modelo 61 ó 62.

Los Richardsons

Los Richardsons vivían frente la estación de Haedo,. Y fuimos a vivir con ellos, fuimos los primeros misioneros que fueron a vivir con los Richardsons. Nosotros no teníamos nada que ver con el Presidente de Misión, nosotros dependíamos directamente del Hno. Richardson. Fuimos entre los primeros misioneros de construcción. Hemos calculado que en Argentina éramos los número 3 y 4. Y en Sudamérica éramos los 5° y 6°. Porque en ese momento se estaba construyendo en Brasil, y se empezaban a construir las primeras capillas en Uruguay y en Argentina.

El programa de construcción

La primera capilla se hizo en Porto Alegre, comenzó en 2 de julio de 1961. Quilmes comenzó el 3 de junio de 1961, Santa Ana y Ponta Grossa poco después, y Villa Sarmiento el 12 de octubre de 1961. En realidad nosotros vinimos en agosto de 1961. Era un terreno baldío. O sea que nosotros empezamos desde cero, limpiando el terreno baldío. Y terminamos la misión sin llegar a ver la capilla terminada. Un tiempo después volvimos, cuando había sido inaugurada. Pero construimos un 80% de la capilla. Y vivimos cinco o seis mese en la casa de los Richardsons. Después llegaron otros misioneros, llegamos a ser hasta seis. Y después nos fuimos a vivir adonde era la capilla, frente al Colegio Ward, allí en Villa Sarmiento. Nos quedamos ahí un tiempo. Y después hicimos unas casillas en el proyecto, y terminamos viviendo en el proyecto.

Nosotros mismos nos hicimos una piecita de madera, forrada en durloc, con ventanas. Después vinieron los demás y la verdad es que nos tenían envidia, porque ellos tuvieron que hacerse una casilla a lo largo, pusieron camas cuchetas, y llegamos a ser 13 ó 14 misioneros. Todos los que trabajaban en la construcción de la capilla eran misioneros, no había nadie de afuera. No sé si en la de Quilmes hubo algún contratista, pero en Villa Sarmiento no entró nadie. Únicamente entró gente para colocar el aire acondicionado2. Karim, una hija del Hno. Richardson, se acuerda que ella, Rosina y la familia ayudaron a pasar los cables.

La construcción de Villa Sarmiento

Así que nosotros hicimos todo. Me acuerdo de los cimientos. El Hno. Richardson se pasaba horas, a la mañana temprano, estudiando los planos, y se los llevaba a la casa. Porque el arquitecto que allí figuraba era un arquitecto de nombre solamente. En esos dos años vino un par de veces, nosotros ni le conocimos la cara. Figuraba, solamente. Pero la capilla fue la obra de Richardson.

Richardson tenía que saber absolutamente todo de cómo hacer una capilla. Richardson y nosotros empezamos el replanteo en el terreno: Se busca la escuadra, se marca dónde van a ir los cimientos, la paredes, etc. Después hay que hacer los cimientos, los hierros de los cimientos, armar las columnas, y llenarlas de hormigón. Eso del hormigón tiene su historia. Cuando hicimos la loza de hormigón, arriba, nunca alquilamos un camión o una máquina para ayudarnos. ¡La hicimos toda a balde, en plataformas! Balde, por balde, uno tras el otro, metros cúbicos y metros cúbicos de hormigón, a tal punto que los brazos ya no nos daban más. Pero Richardson tenía una fuerza y un atletismo notables. Richardson cantaba con alegría y nos trasmitía un entusiasmo contagioso. Richardson cantaba muy bien, había cantado en el Coro del Tabernáculo3. Además cantaba canciones tradicionales, y canciones como “Granada”. Tenía una voz potentísima. Cuando cantaba “Granada”, los vecinos salían a escucharlo y los autos paraban. Era muy especial.

Y en medio del trabajo, jugábamos al mediodía al vólley y a la noche al fulbito, con unos arcos. Estábamos muertos de cansancio, pero el campeonato de vólleibol lo jugábamos indefectiblemente todos los mediodías. Y a las seis de la mañana nos tirábamos de las camas, porque escuchábamos la camioneta de Richardson. Nos daba una clase a la mañana, era el curso de Sterling [W.] Sill, Leadership, o la habilidad de dirigir. Así que Richardson fue otra de las personas que nos marcó a una vida distinta.

Nos marcó vivir en la casa de los Richardson, aprendimos lo que es una familia tal vez adelantada en su época, una familia mormona como nosotros nunca habíamos visto. A mí me marcó. Verlo venir del trabajo, etc.

La hora de comer

Nunca me voy a olvidar de lo que ocurrió nuestro primer día de trabajo. Esa mañana los Richardsons nos había servido huevos revueltos, pan lactal, manteca, leche y mermelada. Francisco y yo nos miramos y pensamos: “¿Cómo vamos a comer huevos, a esta hora?” ¡No los comimos! Tomamos un poco de leche y comimos pan con dulce. Pero era la una, las dos de la tarde, y nos dimos cuenta de que no almorzábamos. Pasaron las dos, las tres de la tarde, y Francisco y yo nos mirábamos. Y nosotros éramos muy tímidos, no decíamos nada. Éramos solamente nosotros dos, porque a la semana vinieron dos uruguayos. ¡Veíamos que la cosa se estaba poniendo medio brava! Y teníamos solamente 16 años.

Ese día llegamos a la casa cansados, agotados, exhaustos. Habíamos laburado como locos. Habíamos pasado el día limpiando el terreno, plantando las estacas, midiendo el terreno, tirando la cinta métrica, etc. Cuando llegamos a la casa estábamos muertos. Habíamos tomado agua que le pedimos a un vecino, pero eso era todo. Llegamos a la casa y en el hall de entrada, arriba de la mesa, había churrascos amontonados, uno a arriba del otro, ensaladas de todo tipo y jugos de naranja. Para nosotros era un festín, porque estábamos famélicos. Así aprendimos que se comía a las 4:30 ó 5 de la tarde. ¡Y al otro día empezamos a comer el desayuno completo!

Como cenábamos tan temprano, a la noche a veces también nos daba hambre. Entonces Richardson nos explicó que si por casualidad llegábamos a tener hambre a al noche, que podíamos ir a la heladera y sacar la fruta que quisiéramos. Así nos acostumbramos. Estuvimos cinco meses viviendo en lo de los Richardsons.

Después vinieron los uruguayos y Jorge Rodríguez (que después se fue). Así que éramos cinco. Todos dormíamos en el garaje en camas cuchetas. Pero los otros eran más grandes (tenían entre 20 y 22 años), y ya al mediodía le pedían algo de comer. Nosotros éramos más tímidos. Pero habíamos sido los primeros, y así nos habíamos ganado el corazón de la Charlotte, de Robert, y de las chicas. ¡Ellos no pensaban que iban a mandar misioneros tan jovencitos! Éramos igual que los hijos. Y ellos nos tenían como hijos, por eso es que la relación con ellos ha sido tan especial y se ha mantenido. Moyita (Ubaldo Moya) apareció como al año y pico.

El ejemplo de los Richardson

Me marcó la Navidad. Yo nunca había tenido una Navidad, nunca había visto el arbolito y los regalitos como ellos lo hicieron. Me llamó mucho la atención el esfuerzo que se ponía en la preparación de la Navidad. El espíritu, las canciones de Navidad. Una semana antes se empezaba a cantar. Toda la familia cantaba, tocaba el órgano, el piano, etc. Yo tenía 16 años y me quedé maravillado de ver todo eso en esa época. Robert Richardson tenía casi nuestra edad, unos meses menos que nosotros. Tocaba el clarinete, y también tenía un clarín con el que hacía unos líos terribles, porque era muy vago. Ese es el hijo que después fue a Vietnam.

Para Navidad nos hicieron cambiar a todos, y fuimos a cuatro hospitales a cantar. Ellos hablaron también con otras familias americanas de Vicente López y Ramos Mejía, y fuimos todos en la camioneta, con los chicos, cantando. Robert cantaba, tocaba canciones de Navidad. También otro día fuimos a cantar a un asilo de ancianos en Ramos Mejía, y llevamos el órgano. ¡Cómo nos costó subir el órgano a la camioneta! Esa noche nosotros nos preguntábamos, “¿cuándo vamos a comer?” Pero claro, ellos a la noche casi no comían, sino algo que nos daban en el camino. Fuimos a cantar. Volvimos como a las dos o las tres de la mañana. Eso nos marcó de una manera muy poderosa. Íbamos de viaje cantando, llegábamos allí y cantábamos, y volvíamos cantando. Y nos marcó una sensibilidad hacia la Navidad y el orden familiar.

A la noche, Richardson se quedaba dormido en el sofá leyendo las escrituras, cansado, después de haber trabajando todo el día. Y a la noche la oración la hacíamos todos arrodillados, antes de ir a dormir. Eso me marcó mucho, oraba toda la familia junta. Y era la primera que yo me arrodillaba para orar. Esas fueron las cosas que me interesaron mucho.

Yo era muy duro conmigo mismo, porque en esa época era necesario. Si no, no te salvabas, porque no tenías muchos que te podían guiar. Pero de Richardson aprendí también a evitar el fanatismo, aprendí del ejemplo del ellos. Vi que la Iglesia no se basa en el principio del fanatismo.

Allí conocí también a Emilio Vergelli, que en ese entonces era presidente de la Rama, y después sería obispo. Él también fue un ejemplo para nosotros, pero el ejemplo principal fue Richardson. Me acuerdo que una vez fuimos al cine todos los misioneros, y estaban dando Ben Hur. Nosotros éramos muy, muy estrictos con respecto al día de reposo. ¡Hacer algo inapropiado en domingo era terrible, te sentías pecador, culpable, te pegabas la cabeza contra al pared! Ahora, tal vez nos vamos al otro lado. Pero aprendí que el evangelio es un sistema global de valores, y que es muy importante mantener la perspectiva general cuando obedecemos los principios particulares.

En ese cine de Ramos Mejía se cortó la luz, y nos dieron entradas para el domingo. Yo nunca jamás había pensado que en domingo podríamos ir al cine. Nosotros pensábamos que era un pecado mortal, y que por poco nos excomulgarían. Porque para ciertos líderes de la Iglesia (tal vez en Mar del Plata, líderes como Catrón y Burón), había ciertas cosas que eran un pecado terrible. Ellos eran los “duros” de la Iglesia. No tanto el Hno. Manera, que era un converso y era más liberal. Ese domingo Richardson nos alzó a todos en la camioneta y nos fuimos con toda la familia, el domingo a la tarde, a ver Ben Hur. Y nos dijo que era una película que se podía ver en domingo. Eso ocurría en 1962. Y esa pequeñez me marcó mucho. A otro tal vez lo haya marcado o tocado otro punto, y a otro otro, pero a mí me marcó eso. Claro, Ben Hur traía una enseñanza y él quería que viéramos esa película.

Nuevas reglas

El programa de construcción recién empezaba, y por lo tanto todavía no había reglas para los misioneros de construcción. Todo el programa empezó allí en Brasil, como te dije. Durante el primer año nos dejaban ir a todas las actividades, incluso ir a bailar. Con nosotros no era nada, pero cuando vinieron algunos “vagos” (entre ellos, Miguelito Reginato), ahí Richardson tuvo que empezar a poner reglas. Porque a Miguelito Reginato le gustaba coquetear con las chicas. Él llegó justo en el momento del cambio. Esas reglas del programa de construcción las adaptaron del programa de la misión proselitista a la misión de construcción.

Había chicas que venían de todas las unidades a Villa Sarmiento a ayudarnos con mano de obra. ¡Los días feriados y los sábados el lugar estaba lleno de chicas! Eran unos diez misioneros de construcción y algunos jóvenes locales que nos ayudaban: Los Michaleck, Osino, y otros más. Eran jóvenes como nosotros, de nuestra edad, recién conversos, y venían de todos lados.

Obra proselitista

Se pusieron reglas. En ese entonces ya salíamos con los misioneros proselitistas. Es decir, a las seis de la tarde, salíamos como compañeros con los misioneros proselitistas. Yo tuve 7 conversos durante la misión, bauticé a una familia completa que vivía una cuadra y media de la capilla y también a un chico que se llamaba Horacio y que veía a jugar al fútbol con nosotros. Recuerdo que tuve la oportunidad de entrar a al casa, hablarles del evangelio, y después con un misionero le dimos las primeras charlas. Yo me acordaba las primeras charlas. Él después las terminó. Se bautizó el chico, la mamá, la hermana, un primo, y una tía. No había papá en la familia. Y dos otros amigos de la capilla, los bautizamos también. Y salíamos con los misioneros, nos metíamos en unos barrios muy bravos. Eran unos barrios de terror: Villa Gardel, Ciudadela, etc. Él no tenía miedo, y así salíamos.

A mí me tocaba salir con un tal Élder Pratt, pariente de los Parley P. y Orson Pratt. Cuando salí con él, fue la primera vez en mi vida que vi un gárment. Recientemente Pratt volvió a Argentina y vino a verme. Es uno de los abogados principales de la Iglesia Lago Salado. Recientemente volvió a Argentina e hizo un recorrido.

Así que salí con él, y después con el Élder Taylor, y después con uno que era campeón de rock. Una vez hicimos una actividad e hizo una exhibición de rock con otra chica y después lo querían contratar acá en Buenos Aires en un show de rock. Era un flaco, alto. Se sabía la escrituras tan bien. Se presentó a los directivos del Colegio Ward, que era un colegio privado muy exclusivo, y les exponía las escrituras. Era un fuera de serie, era un erudito de las escrituras. Y hablaba el castellano, el lunfardo de una manera increíble. Pratt también, eran compañeros. Tomaban nota en una libretita. Pero hablaba en canyengue (lunfardo de Buenos Aires) mejor que nosotros. Y causaron tan buena impresión en el Colegio Ward que después nos permitieron hacer el campeonato de las Olimpíadas ahí adentro, jugar al fútbol, nos prestaban las instalaciones, etc. Y todo gracias a este misionero. Y vinieron unas cuantas chicas y chicos del Colegio Ward a la capilla, para investigar la Iglesia. No sé si alguno se habrá bautizado en ese tiempo.

El grupo de misioneros constructores

En ese tiempo también se construía la capilla de Quilmes. Algunas veces teníamos que hacer muchos metros de hormigón, muchos metros, que nos llevarían todo el día. Entonces todos los misioneros trabajábamos juntos, íbamos todos a Quilmes o venían todos a Villa Sarmiento. Tuvimos experiencias inolvidables, nos formamos un grupito lindo. Estaba Francisco Manera. Al año ya éramos muchos, y estábamos en plena construcción. Estaba Ubaldo Moya, Miguel Reginato, y después pasaron muchos más. Recuerdo uno de Rosario, uno de San Luis, uno de Mendoza, uno de San Juan. Pero muchos venían, se quedaban un mes, veían el trabajo que había, y se iban. Lo que pasa es que no les gustaba trabajar y ahí había que trabajar, o trabajar. Y si no agarrabas el ritmo, era my difícil seguir. El que batió el récord fue un rosarino: empezó a las ocho de la mañana, y a las once agarró la valija y se fue.

La historia con el rosarino fue así: nos lo asignaron a nosotros (a Francisco y a mí). Y nosotros estábamos trabajando en la excavación de dos pozos de 18 metros de profundidad. Bajábamos con una soga, teníamos un estado físico fuera de serie. Bajabas con la sogas y no veías el fondo. Eran 18 metros, si te caías, te matabas. Lo llevamos con nosotros. El flaco bajó, se quedó con el pico y pala dos horas ahí abajo. Estuvo pensando, dio unas vueltas, fue a hablar con Richardson, etc. Y a las 11 de la mañana agarró al valija y se fue. Pero era un muchacho grande. Y después pasaron muchos más.

El estado físico

Francisco y yo, que éramos los más chicos, nos pusimos en un estado físico tan sobresaliente que llegamos a hacer más que los demás. Tomamos el trabajo como un deporte. Y a los pocos meses de trabajar teníamos un estado físico formidable. Con Richardson preparamos pesas, con dos baldes más grandes y dos más chicos de hormigón hicimos pesas. Y Richardson tenía unos “músculos de camionero” que todos queríamos igualar. Y llegamos a tener unos músculos notables. Yo he llegado a levantar 100 kilos, que te doblaban las piernas. ¡Y hay que levantarlos! Así era levantar dos bolsas de cemento, una en cada hombro.

En ese tiempo también se fueron acercando los Di Stéfano, que vivían en la zona, y agarraron todo el ritmo. Así que eran más de veinte muchachos. Entre miembros de la Iglesia y misioneros era una barra tan grande de gente que venía a trabajar. Había un gran entusiasmo, se creó un micro-clima muy especial. Espiritual, con una línea de conducta bien determinada. ¿Por qué? Porque los primeros que llegamos teníamos una línea de conducta muy linda, muy clara. No fue así en Quilmes. En Quilmes hubo muchos problemas, hubo chicos que hubo que enviarlos a la casa por problemas con la ley de castidad, etc.

“Los Pilares”

Te cuento una cosa que a nadie se la he contado hasta ahora. Cuando nos vemos con Ricardo Michaleck, él me dice una palabra clave y ya nos entendemos. En ese tiempo había muchos jóvenes de la Iglesia en esa zona. Y los Michaleck siempre agarraron el evangelio como nosotros lo teníamos: un línea de conducta. Nosotros podíamos estar solos, pero ya habíamos crecido, ya éramos adultos, en ese sentido ya habíamos madurado en el evangelio: sabíamos qué era lo bueno, lo malo, lo mediocre, etc. Pero había muchachos que no, y había barras fuertes, y estaban influyendo en contra. Una vez me llama uno de los Michaleck y me dice: “Tenemos que hablar con vos, en privado, que no se entere nadie, a tal hora.”. Toda la cosa era muy misteriosa. Todavía vivíamos en lo de Richardson. Me acuerdo que saltamos el portón de la capilla y nos juntamos en la capilla una nochecita. Pero era yo solo, no querían que fuera nadie más. Por ahí lo vi a Saúl Sosa, que ahora vive en Estados Unidos, en Utah. Era de Tandil, ahora tiene una fábrica muy grande. Vive no lejos de donde vive Karim Richardson. Ya vino y fue varias veces, se casó con una de las chicas de Chaparro, etc. Sosa estaba en Tandil, no era misionero, pero los Richardson lo querían tanto que se quedó. Empezó a estudiar, etc., pero no se quedó como misionero.

Entonces me llamaron y me dijeron: “nosotros queremos formar un grupo para ser ejemplo dentro de los jóvenes de la Iglesia” Yo no entendía nada. Éramos todos jóvenes de 17 años. Ellos estaban eligiendo a los jóvenes que se destacaban por tener una línea de conducta dentro de la Iglesia. Ese grupo se llamaba “Los Pilares de la Iglesia”. Entonces había normas y reglas dentro de eso Pilares. Te estoy contando algo de la historia que sabemos solamente los que estuvimos.

De la Enciclopedia Autodidacta los Michaleck sacaron los principios básicos por los cuales se formaba el grupo. Estaba todo relacionado con la Iglesia, ellos traían todo por escrito cómo se iba a formar ese grupo, y si estábamos de acuerdo. Era un organización fuera de la Iglesia. Cuando estábamos en una actividad teníamos que tener una línea de conducta: las malas palabras, el comportamiento, las chicas. Tener límites con las chicas. No ponernos de novio, si nos gustaba una chica no darle mucha bolilla, para que no estropeara lo que nosotros quisiéramos. Todo estaba estudiado al máximo. Se llamaba “Los Pilares”. Los mellizos Michaleck eran muy preparados, muy destacados en todo, estudiaban en el Colegio Ward, se destacaban en dar discursos y en ejercicios físicos. A las seis de la mañana íbamos al proyecto y hacíamos barras, carreras, etc. Nos preparábamos para ser física y espiritualmente los mejores. Nos juntábamos cada tanto y tratábamos un principio. Y ponerlo en práctica. Preguntaban: “¿Quién está flojo?” Alguien decía: “vos ayer, o el otro día, hiciste eso que no deberías haber hecho”. La pregunta era: “¿a quién tenemos que ayudar?” “Bueno, hay que ayudar a Fulano, etc.”.

Después entraron Ubaldo Moya y Miguel Reginato, que fueron de los últimos que ingresaron a Los Pilares. Éramos cinco o seis, nada más, de un montón de jóvenes que había. Pero nuestra línea de conducta era muy firme. Eso le llamó la atención a Emilio Vergelli. Tuvo una entrevista con los Michaleck. Los Michaleck me dijeron: “Emilio Vergelli nos quiere a hablar a todos en la casa”. Emilio Vergelli nos dijo: “Bueno, estoy contento de que ustedes sean los mejores. Están en la Escuela Dominical, están en el Sacerdocio”. Todos teníamos llamamientos, dábamos clases, cumplíamos todas las visitas. Éramos jovencitos de 17 años. Y entonces nos empezó a dar leña: Nos leyó: “en la Iglesia no hay organizaciones secretas.” Nos explicó que en la Iglesia ya está todo organizado. Nos trató como caballeros. “Les agradezco lo que ustedes han hecho y han formado, y es cierto que son un ejemplo, pero piensen que en la Iglesia ya está todo organizado bajo la inspiración de los líderes”. Y nos dio con un súper-caño. Salimos de la casa y nos disolvimos, ahí mismo terminaron Los Pilares.

Y después nosotros con el tiempo recordábamos que en realidad sí era un grupo fuertísimo el que se estaba formando dentro de los jóvenes de la Iglesia. La intención fue excelente, porque el grupo se formó, y de esos Pilares casi ninguno se inactivó. Este grupo estaba dirigido por los Michaleck. Fue una época de la juventud que nos marcó, nos marcó una línea de conducta muy firme.

La educación del trabajo

Nosotros lo admirábamos mucho a Richardson, que es otro de los que influyó profundamente en mi personalidad, que es lo uno después tiene como visión de vida. Eso te marca, y te marca una línea de conducta, y después ya es difícil separarse de esa línea. En la construcción nos hizo bien la educación del trabajo, esa fue nuestra mejor enseñanza. A veces todos los misioneros queríamos ir a alguna una actividad, habíamos hecho todo un cielorraso y la mezcla todavía no había “tirado”. Eran las ocho de la noche, nos bañábamos, nos poníamos traje y corbata, y más de una vez hemos terminado de fratachar con camisa y corbata. Y para que el material “tirara”, se secara, nos juntábamos tres o cuatro para hacerlo rápido. Richardson venía, se fijaba, él también los repasaba, y nos llevaba a la actividad.

No teníamos horarios, depende de lo que estuviéramos haciendo. Bajar tejas. Francisco era muy inteligente por naturaleza, era muy sabio, muy pensante, si le das su tiempo. Él antes nunca había agarrado un plano. Una vez Richardson nos asignó preparar el alero de hormigón. Teníamos que hacer un alero grande que sobresale en forma de “V” en Villa Sarmiento. Richardson estaba ocupado haciendo otras cosas. Nosotros nunca habíamos trabajado en construcción, al principio no sabíamos ni hacer una escuadra ni nada de nada, así que todo nos costaba el doble de trabajo. Con Francisco preparamos el alero en la cancha de básket como una maqueta, para después hacerlo en el edificio, maderita por maderita y tirante por tirante. Richardson no podía hacer todo, nos indicaba algunas cosas. Todo lo hacíamos y lo íbamos corrigiendo en la canchita de fútbol, y después lo sacábamos y lo poníamos donde iba. Richardson no sabía mucho de construcción. Él no sabía que ciertas cosas pueden hacerse medianamente bien, y se esmeraba por hacerlo todo perfecto.

El molde del hormigón (el encofrado) se hacía con pino Brasil lustrado, la mejor madera del país. Las juntas de la madera tenían que estar puestas con tanta precisión que no tenía que verse una luz entre madera y madera. A tal punto fue la perfección que las columnas de Villa Sarmiento, después que sacamos las maderas del encofrado, no se puso jamás revoque. Se las pulió con una piedra y con agua. Así que todas las columnas están pulidas a mano y pintadas, pero no hay revoque. Tienen unos cantos pulidos a manos que no hay edifico en toda Argentina (no sé si en el exterior) que se haya hecho con esas características. Esas columnas están pulidas a mano. Nos costó meses, subiendo, andamio por andamio, y puliendo y puliendo a mano. Ahora hay máquinas que tiene esmeriles grandes que podríamos haber usado para lustrar, pero nosotros lo hicimos todo a mano, con un balde de agua. No se tenía que ver la marca de la madera. Y todavía hasta el día de hoy en Villa Sarmiento se ven las columnas terminadas a mano.

Regreso a Tandil

Yo era uno de los más jovencitos de la construcción. Y yo me quedé “agarrado” de eso, mi ilusión era llegar a ser supervisor de construcción. Esa era mi ilusión, mi “techo”, mi meta. Decidí que me gustaría hacer lo que hacía Richardson. Me gustó el estilo de vida, la relación con los demás, la vida alegre. La construcción linda, es algo realmente hermoso. Pasaron los dos años, y yo me volví a Tandil. Cuando volví a Tandil me costó mucho la adaptación, había aprendido muchas cosas del evangelio, había madurado mucho. Enseguida que llegué fui consejero de la Rama, y encontré gente con ciertas características que no me gustaban. Yo ya había visto algo más, entonces me costaba, teníamos algunos choques. Yo quería ayudar a los jóvenes, despertar en ellos lo que habían despertado en mí, devolver lo que me habían dado. Y eso fue una lucha continua.

Por ejemplo, teníamos en Tandil un padre que no permitía que la hija se afeitara las piernas, porque él decía que tenía que ser “todo natural”. ¡Así que la chica andaba con las piernas todas peludas! El hombre era consejero del Hno. Manera. ¡Un día se puso tan duro que el Viejo Manera, delante de nosotros, lo sacó a patadas de la capilla! Pero aprendimos. Ese hombre está activo, todavía sigue en la Iglesia. Además en esa época conocí a jóvenes buenos, muy fieles, que después quedaron en la Iglesia, como la familia Carol, que estuvieron en Tandil, después en San Nicolás, y ahora están viviendo en los EEUU. El día que se bautizaron vinieron desfallecientes: se habían equivocado y habían hecho 48 horas de ayuno. Lo hicieron 48 horas, imagináte qué clase de miembros fueron después.

Fui consejero de la Rama, casi siempre trabajando solos, mucha lucha. Trabajé en el campo en Tandil, arando tierra. Papá compró un tractor y un arado, y aramos 600 hectáreas. Me acuerdo haber leído Doctrina y Convenios atascado en un pantano en el medio del campo, en una noche de verano, con la luz prendida. El evangelio entró mucho en mí. Lo que no tengo es mucha memoria, pero hay principios que son muy fuertes en mí. Por eso siempre peleo por lo común y por los simple, porque eso es lo que te marca. No hay necesidad de tanto misterio y tanto conocimiento. Lo que quiero decir es que el conocimiento sí es bueno cuando lo sabés aprovechar, cuando lo sabés encaminar. Pero cuando uno sabe una cosa y hace otra, entonces la doctrina no sirve para nada. A veces los miembros se enfocan tanto en las pequeñeces de la teología que pierden la esencia del evangelio. Por ejemplo, se olvidan de ayudar a alguien que está enfermo. El servicio es la esencia misma del evangelio.

Hubo cinco personas que afectaron profundamente mi vida. Por ejemplo un húngaro, Foster, que me enseñó a hacer orientación familiar. Era mi compañero de orientación familiar, y me enseñó cómo tratar con las familias. No íbamos a cumplir una visita, íbamos a comprarles leña o a llevarles querosén, porque no tenían querosén en la casa. El Hno. Foster era un hombre grande, viejito, muy fuerte. Soltero, nunca se había casado. Había escapado de la guerra. Tenía panales de miel en el campo, preparaba miel para las familias que visitábamos y se las entregaba. Yo no sabía porqué les traía miel, pero así fui aprendiendo que el evangelio es algo práctico.

El viejo Manera también me marcó mucho, me enseñó que las acciones valen mucho más que las palabras. Cuando volví de la misión, había una viejita que no tenía dónde vivir: la habían echado de la casa. Manera dijo: “Basta de palabras, basta de reuniones. ¡A trabajar!”. En cuatro días hicimos una pieza y cocina. El viejo Manera era práctico. Francisco y yo habíamos aprendido construcción y éramos muy prolijos, poníamos el cemento con la cuchara y poníamos el hilo en cada hilera de ladrillos. Pero el viejo Manera, que no sabía de construcción, era más práctico. Subido a un andamio, iba poniendo cemento directamente del balde. Detrás venía otro colocando ladrillos. Cada tres filas poníamos el hilo para asegurarnos de que la pared estuviera horizontal. Si las dos filas de abajo estaban un poco torcida, no importaba, porque la tercera iba a quedar bien. Y además, con el revoque quedaría todo cubierto.

Los tres días de la actividad yo no fui al trabajo, o tal vez era un feriado. Trabajó toda la Rama. Francisco, los muchachos, las chicas de la Rama, todo el mundo. La casa nos tomó tres días. Hicimos los cimientos, colocamos los ladrillos de las paredes, instalamos el techo, y le colocamos una luz, para que la viejita pudiera tener luz. Esas cosas no te las olvidás más. Le hicimos una casa en tres días. Toda la doctrina que uno aprende en la Iglesia, la puede olvidar. Pero experiencias como la de construir esa casa, te marcan para toda la vida.

Otra vez en La Plata

Después vine a La Plata. Yo quería seguir estudiando. Mi idea era estudiar, y la verdad es que nunca pude. Íntimamente siento que fracasé en eso, por no haber podido estudiar cuando debí estudiar. Pero también me siento positivo y bien porque aprendí lo básico sin necesidad de estudiar. Me gustaría haber estudiado para tener un conocimiento, y siempre arranqué, pero por distintas causas siempre me quedé en el camino. El deseo siempre lo tuve, pero no tuve el dinero, o me faltó apoyo, o mi situación nunca fue ideal. Pero a pesar de la falta de educación formal, yo en esa época ya me había asentado, ya había madurado mucho. Me acuerdo de llevar los tubos de oxígeno a mamá cuadras y cuadras en el hombro, porque teníamos que ponerle el oxígeno [para hacerse nebulizaciones] y no teníamos plata para el transporte. Esa fue otra experiencia que me marcó mucho.

Me vine a La Plata. A mí siempre me gustó la psicología, la cuestión de las relaciones humanas. Me gusta conversar con la gente, preguntarle cuáles son sus problemas y tratar de aconsejarlos sobre cómo progresar. Mi idea era estudiar para poder ayudar a otras personas a progresar o salir de los problemas que pudieran tener, encaminarlas o aconsejarlas. Y eso me lo dio el evangelio. Y cuando vine a La Plata, me ofrecieron lo que me pareció el trabajo justo: En la Unidad 10 en Melchor Romero, con los enfermos mentales. El trabajo era un trabajo fijo. Yo ya había hecho el servicio militar, y por eso me vine acá.

El servicio militar

Hice el servicio militar en Tandil. Me llamaron al servicio militar cuando volví de la misión. Lo hacíamos a los 20 años en esos días. Y justo me tocó con Francisco Manera. Lo hicimos como soldados en el “Escuadrón y Comando de Servicio de la Primera Brigada de Caballería Blindada” de Tandil. Fue un servicio militar típico de Argentina, nos pasó de todo: El primer “baile”, vivir en compañía, conocer gente muy especial. De ahí conocí a un descendiente de japoneses, que hacía el servicio militar. Y aprendí la personalidad, la honestidad y la capacidad de un oriental. El japonés dormía en la cama al lado de la mía. Recuerdo su conducta, su honestidad, su capacidad de trabajo, su seriedad. A los 20 años, esas cosas me impresionaron profundamente. También conocí a un correntino que era un personaje. Lo primero que hizo el correntino fue meterse en la cocina, así que tenía acceso a la comida. Él era el que me traía el pan a la noche, me traía los pancitos fresquitos. En el primer franco, el correntino volvió a Corrientes y, para no tener que continuar en el ejército, se casó. ¡No volvió nunca más!

Tengo muchas anécdotas del servicio militar. Nos pasaron al Comando y terminé como asistente de un mayor. En ese entonces venían muchos conscriptos de La Plata, que eran casi todos estudiantes: Nos preguntaron: “¿Quiénes son estudiantes de medicina?” Había varios estudiantes, levantaron la mano y allí se fueron. “¿Quiénes estudian ingeniería?” Levantaron la mano, y allí se fueron. “¿Quiénes saben manejar?” Entonces yo levanté la mano, porque ya hacía mucho que manejaba. Todos los estudiantes fueron a parar al cuartel. Y yo, con los que sabían manejar, fuimos al Comando, junto con unos pocos acomodados, gente de mucho dinero o con mucha palanca. Fuimos al centro de Tandil, donde estaba el Comando de la Región 5ta del Ejército.

Fui asistente del Mayor Mújol. Le serví un café a Cáceres Muné, que era uno de los capos máximos del gobierno militar de esa época. También me tocó estar con Onganía en el Comando, yo hacía guardia ese día. Y después en el Comando uno se entera de cosas que demuestran esa idiosincrasia tan peculiar del ejército. Vi la falsedad y la hipocresía de los militares, la crueldad de los sargentos. Había un cabo que sumaba las cifras porque no sabía multiplicar. Un estudiante le contestó. No se burló, pero le dijo: “¿Por qué no multiplica, en vez de sumar las cifras?” Fue muy triste, el muchacho terminó en el piso, recibiendo patadas.

Desfilé, juramos la bandera, etc. Daban la primera baja a los 6 meses. De los 28 soldados que había en el Comando, en la primera baja salían tres. Fue por sorteo y a mí me tocó ser uno de esos tres, así que salí en la primera baja. Y a Francisco Manera, que odiaba, detestaba, aborrecía el ejército,… le tocó salir en la última baja. A Francisco le parecía que el servicio militar era un tremenda pérdida de tiempo A mí el ejército no me gustaba, pero me gustaba la aventura. Quería ver lo que era manejar desde una ametralladora Pan hasta el fusil Fall. Una vez estábamos haciendo maniobras. Subíamos una sierra y “luchábamos” contra los azules, que estaban del otro lado de la sierra. Usábamos balas de fogueo. Había cientos de solados, pero quiso la mala suerte que el Capitán viniera a caballo y me dijera precisamente a mí: “¡Soldado, tire, tire, tire!”. Y cuando quise hacerlo, me di cuenta de que en el camino había perdido el cargador del fusil. Tuve que bajar a buscarlo. El capitán me dijo: “Vuelva abajo y preséntese arrestado”. ¡Me dieron tres días de arresto!

Cómo me gané un mes de franco

Con el Mayor Mújol tuve un anécdota que demuestra la idiosincrasia tan peculiar del ejército. Uno lo ha vivido y por eso tiene una manera de pensar muy particular de todo lo que le ha pasado. Yo iba a la casa del Mayor Mújol, en el barrio de oficiales, le limpiaba el jardín y le hacía los mandados a la esposa. Un día el Mayor me dice: “Casco, mañana vos y otros tres soldados se me van a la Escuela de Comercio de Villa Italia y se presentan para hacer primer año de comercio. Se anotan, están una semana, y después, si no quieren, no van más. Y les doy un mes de franco.”

La cuñada del Mayor era profesora en ese colegio, y si al comenzar el año no tenía la cantidad de alumnos requeridas por el Ministerio, le quitaban las horas de cátedra y se quedaba sin trabajo. Así que los otros tres soldados y yo dijimos “¡Viva la Patria!” y nos presentamos en el Colegio. Nos pasábamos todo el día conversando, porque era una clase ficticia. Yo quería tomarla en serio y empezar a estudiar, ya que se me presentaba la oportunidad. A mí me gustaba, pero a los otros soldados no les interesaba. De todas maneras esa clase se disolvió, porque siempre quedaban uno o dos alumnos. El asunto es que así ella mantenía el puesto de profesora. Todos los años hacía lo mismo. Y el Mayor nos dio un mes de franco. ¡Así que un mes de franco me lo gané “en valiente cumplimiento del deber”!

Un trabajo de locos

Por adentro, el Hospital de Melchor Romero es una ciudad. Además de los pabellones donde se hallan los enfermos mentales “regulares”, se encuentra también en Romero la Unidad 10, que es la de los enfermos mentales que tienen prontuario policial. Es un pabellón todo cerrado, con rejas, que contiene asesinos y otros criminales peligrosos. Así están separados de los otros enfermos.

Mi tía trabaja en el Hospital de Melchor Romero y era muy amiga de un jefe de allí. El amigo de tía me dijo: “te consigo trabajo y el lunes comenzás”. Yo estaba tan feliz. ¡Era un nombramiento de gobierno, un trabajo lindo! Voy y me presento en el pabellón. Me habían dicho que fuera preparado para quedarme una semana de guardia. El trabajo era una semana completa de trabajo y una semana completa de franco. Me recibió un muchacho vestido con un guardapolvo medio amarillento. “¡Por fin!”, me dijo. Y empezó a quejarse: “Hace meses y meses que estoy esperando, y nunca me mandan a nadie.” Me dijo: “Acá tenemos 75 enfermos. Mirá, hace tres meses que yo no tengo franco. Así que yo te enseño el funcionamiento y vos te quedás”.

--Pero… ¿no hay otro para quedarse conmigo?

--No.

Empecé a observar las caras, las expresiones de los enfermos. Cuando llega uno nuevo al pabellón, los enfermos te miran, te siguen, te observan. Estaban sucios. En ese momento estaban en el patio, tomando sol. Los colchones estaban todos al sol. “Pero no te hagas problema”, me dijo el muchacho. “Acá te presento a Alberto”. Alberto era un “loco sano”. Era el que ayudaba al encargado y hacía todo el trabajo. Lo metieron ahí unos familiares y ahí quedó, años y años, porque no tenía adónde ir a vivir. Estaba perfectamente sano, pero vivía ahí. A veces se escapaba y tenía aventuras con algunas enfermas de otro pabellón, pero vivía en el Pabellón 10.

Yo le hice avisar a mi tía que no iba a volver por una semana. Me dieron un guardapolvo y me quedé solo, para atender a 75 locos. Por suerte estaba Alberto, que se encargaba de todo. Mientras me explicaba todo Alberto me contaba chistes, y jugaba. A la mañana temprano, Alberto iba con tres locos a buscar el pan y el mate cocido. Al mediodía el almuerzo, la misma historia. Traían el almuerzo en una ollas enormes. Era todos guisos, comida que se podía preparar

en ollas grandes. Yo me quedaba observando, el “loco sano” organizaba a todos los enfermos. Los consejos que me habían dado eran: “No le aflojes al vista a los locos. Si te miran fuerte, vos tenés que mirarlos más fuerte. Y tenés que mandarlos como si fueran chicos, no tenés que demostrar inseguridad. Y gritáles, porque de otra manera no los dominás.” Yo jamás había hecho algo así y ahí estaba, con 75 locos. Cuando comían, daban vuelta la comida, se tiraban todo encima. El mate cocido, estaba todo por el suelo. Después otros locos venían y limpiaban. Algunos no tenían ningún control sobre sus acciones, y hacían sus necesidades encima. De manera que había un olor terrible. Todos los días venían y lavaban con lavandina.

Entonces yo vi cómo a pesar de que se supone que los hospitales están para ayudar al ser humano y mostrar abnegación, yo veía una desidia total. Le pregunté al muchacho que reemplazaba si había médicos y tratamientos. El muchacho me explicó: “Mirá, acá hay una bandeja con pastillas de 25 colores. Ahí están todos los nombres. Alberto va con la bandeja y les reparte los colores que corresponde a cada uno. Eso es todo el tratamiento”. A la noche, antes de acostarlos, los bañábamos. Caminaban, deambulaban sin rumbo fijo, no controlaban sus esfínteres, Y algunos te miraban con unas caras muy fieras. Casi todos habían tenido reacciones nerviosas muy violentas y por eso estaban allí.

El muchacho me instruyó por una hora y se fue. Yo tenía 21 ó 22 años. Había pasado el servicio militar, pero nunca había visto una cosa así. Un loco me agarró de la camisa y me señalaba algo. Yo me di vuelta, autoritario, y le pregunté qué quería. Me señalaba a otros locos, que estaban peleando o haciendo algo que no debían. Estaba “alcahueteando”. Es decir, algunos locos eran alcahuetes que querían ganarse el favor del jefe. Yo estaba acostumbrado al ambiente de la iglesia: clases, entrevistas, relaciones públicas, pero esto era un mundo que no tenía nada que ver con lo que yo conocía o esperaba.

Los bañábamos con manguera, contra un rincón. Lo desnudábamos todo, Alberto le daba con la esponja, y yo lo manguereaba. O con un cepillo lo limpiábamos. Ni siquiera había toallas. Le dábamos unos trapos blancos que habíamos tendido y lo secábamos. Y le entregábamos una muda limpia, toda descolorida y harapienta, para que durmieran. Y entonces pasaba otro. Yo pensaba: “Estos son seres humanos, seres pensantes, que por ciertas condiciones, por no tener dinero o haber sido abandonados por las familias, están reducidos casi a la condición de animales. Y es un ser humano”. Me di cuenta de que una cosa es el mundo que yo había visto en la Iglesia y en los libros y otro el mundo verdadero, que me tocaba vivir allí.

A la noche, yo me encerraba. Ponía una silla contra la puerta y, aunque estuviera Alberto, yo no podía dormirme. Sentía gritos a la noche. Los enfermos soñaban, se peleaban. Salí dos o tres veces con una linterna grande. Le prendía la luz, etc. Algunos se despertaban solos a la mañana.

El otro encargado había renunciado, así que me quedé sin reemplazo por otra semana. En ese trabajo duré dos semanas, hasta que me vino el nuevo reemplazo. Cuando salí de franco, llamé a la persona que me había conseguido el trabajo. Le dije: “Salí de franco, gracias por conseguirme el trabajo, pero lamentablemente tengo la intención de estudiar, cosa que aquí no puedo hacer, etc., y no voy a poder seguir.” Pero la verdad es que más que estudiar, yo quería huir de ahí.

En esas dos semanas pasaron uno o dos médicos, pero no le prestaban ninguna atención a los enfermos: “¿Como está la cosa? Acá traigo más pastillas, pónganlas acá. A Fulano y a Mengano los va a venir a visitar un familiar, después vamos a venir a verlo”. Estuve dos semanas y no volví más.

Cómo conocí a Gloria

En La Plata estaban construyendo la capilla. Yo vivía en la casa de mi tía María, en Hernández, y fue entonces que ella empezó a conocer la Iglesia. Con el tiempo se bautizó ella, Lili, el esposo, etc.

En La Plata conocí a Gloria. Primero en una actividad de la capilla, en calle 15. En calle 53 estaban construyendo la capilla. Tu abuela Amelia me mandó sacar a Gloria a bailar, porque me dijo que yo “era muy bailarín”. Yo no sé de dónde Amelia sacó que yo era “muy bailarín”. Tu abuela ya me marcó. Me dijo que Gloria no quería salir a bailar, porque era muy “chúcara.” Entonces la saqué a bailar. De repente Gloria desapareció, y reapareció bailando una danza española. Y ahí me conquistó. Ahí me gustó. Yo era más grande, y había conocido chicas de todo tipo. Yo había andado de novio con una chica de la iglesia, de apellido Romano, de Necochea, cuando estaba en el servicio militar. Con el uniforme, hacía dedo y me iba a Necochea a ver a mi novia.

Gloria tenía solamente 16 años. Pero lo que más gustó fue cómo se posesionaba del baile. Todo lo que Gloria hace, así como genealogía, lo hace 100 por cien o no lo hace nada. Y el baile, lo vivía. Y eso es lo que me impactó. Hubo otras cositas que me impactaron mucho de Gloria. Cuando uno se enamora ciertas cosas de la personalidad lo impactan a uno, y cuando uno está enamorado no ve las cosas negativas. Pero si uno busca solamente todo los positivo, está sonado. Hay que calcular que un 40 % uno tiene que ayudar a la pareja y la pareja lo tiene que ayudar a uno. Si no, estás listo.

Así empezó la relación. Yo iba a la construcción de calle 53 y ayudaba. Trabajé un tiempo, contrataban gente. Me busqué trabajo, trabajé como gasista, viví en una pensión con Pepe Vargas y Raúl Chida. Era una época muy difícil. Papá me había dicho que me pasaría algo de dinero los primeros dos meses, pero después me las tuve que arreglar solo. Era una época muy difícil. Cuando tenía trabajo, tenía plata, si no no. A veces vivimos dos o tres días con un paquete de galletitas con manteca, mientras buscábamos trabajo. Pepe Vargas preparaba unas ensaladas muy grandes, me ayudaban y yo comía con ellos, etc.

Así es que con Pepe Vargas tengo una relación tan especial, y con el tiempo Pablo se hizo amigo de Adrián Vargas (el hijo de Pepe). Más de una relación importante empezó en esos días. Estaba Danilo Barreda, etc. Esa es la época en la que conocí a Gloria, y me quedé en La Plata definitivamente. Trabajé en la fábrica Siam Di Tella, y luego de casado entré a trabajar en la Petroquímica. Y allí tuve anécdotas muy especiales que vos desconcés.

Mi experiencia en el sindicalismo

En Siam Di Tella cerraron la sección de electrodomésticos y me quedé sin trabajo por un tiempo. Era una época muy brava para todo el mundo, incluso para tu papá [Robert Olaiz]. Me acuerdo que tu papá estaba trabajando en el Ministerio y se ayudaba trabajando como conserje en calle 15. Y los domingos ayudaba a construir la casa, así que estaba inactivo en la Iglesia. Era un época muy difícil. Hay cosas, como ésa, que me gusta recordarlas porque describen el contexto de lo que ocurría.

Yo nunca había trabajado en una fábrica de esas características. Hay que entrar dentro de una fábrica para entender a los que son obreros, y entender cómo son y por qué son como son. Yo siempre había trabajado independientemente: con Papá trabajaba en el campo, y había trabajado en una ferretería y en una bobinería. Tenía experiencia de trabajo, pero no en una fábrica donde hay más de mil personas. Son turnos rotativos, no hay descanso, uno trabaja encerrado con sus compañeros. Era trabajo de hilatura, se hacía el hilado de poliéster y de nylon.

Los años 1971-1973 eran una época muy especial de la vida política de la Argentina. Viste cómo en la Iglesia estamos acostumbrados a hablar. A mí una vez se me ocurrió decir algo en la fábrica, hablé, aclaré una situación y, sin querer me fui destacando dentro del grupo. En un grupo de esas características, uno que sabe hablar un poquito, que tiene una actitud honesta, se va destacando. Como consecuencia me nombraron delegado de la sección. Me tocaba ir a representar la sección hilatura, era una sección muy grande que tenía cuatro turnos. Más que nada me gustaba el trabajo de delegado porque significaba defender principios justos. Yo era un joven con aspiraciones, quería luchar contra la injusticia y las cosas incorrectas . La Iglesia nos alienta a tener altas aspiraciones e ideales y a luchar contra la injusticia, y yo me metí.

Al principio todo anduvo muy bien, yo iba y venía con mensajes. Pero de repente me eligieron para la Comisión Interna de toda la fábrica. La Comisión Interna es la que dirige y maneja a los delgados de sección. Entonces así es como me encontré en la Comisión Interna. Y había algunos casos muy específicos de la sección mujeres. Había 75 mujeres, son terribles. Es dificilísimo dirigir mujeres, y estas eran mujeres de fábrica. Eran barvísimas, terribles. Tenían camarillas entre ellas, estaban divididas en grupos que no se juntaban jamás. Manejar mujeres es terrible. El hombre es distinto, más práctico. La mujer es más pensante, más ambiciosa y cínica. Se pelean a muerte y no perdonan.

Me encontré como Delegado Paritario. Participé en algunas reuniones del Sindicato. En ese tiempo hubo paros muy grandes. Hasta de uno y dos meses. A la fábrica entró el ERP. Entró el FAR. La izquierda nos daba instrucción en los colectivos. Las chicas subían, nos daban folletos y nos arengaban. Ocurrieron las primeras muertes. Mataron a cinco chicas del FAR. Aparecieron en Berisso, en Los Talas, donde estaban promoviendo su causa. Mataron a dos ingenieros de la fábrica: El Ing. Pérez y el Ing. Jazalick. Desaparecieron cuatro muchachos de izquierda que trabajaban en la fábrica y pertenecían al Partido Socialista de los Trabajadores. Era una época muy brava.

El ERP tomó la fábrica. Le apuntaban con ametralladoras al personal de vigilancia y nos arengaban a no perdonar al “Negrero” Curi, esa era la expresión típica que usaban. Curi era el dueño de la fábrica. Era un turco que había venido a Berisso y construido un imperio de la nada. Tenia cinco o seis petroquímicas en Brasil y en Argentina. Yo aprendí mucho de lo que es la política y lo que son los monopolios.

Como Paritario Nacional

Estuve en la fábrica 5 años. Cuando nació David me nombraron “paritario nacional”. Como paritario nacional, me correspondía representar a la Petroquímica para discutir las paritarias con los patrones y con el Sindicato de Textiles en Buenos Aires. Discutíamos todos los aspectos sindicales: reglamentaciones, normas de la fábrica, derechos de los trabajadores. Desde cuántas horas se trabaja y cuántos turnos, hasta cuántas salidas puede tener una persona, o cuántos días se les da por enfermedad o por maternidad.

Nos llevaban en taxi, nos pagaban la comida, etc. Íbamos a un edifico muy grande en pleno centro de Capital donde Curi tenía su oficina. Había dos sindicalistas de derecha, dos que éramos independientes y dos izquierdistas, del Partido Socialista de los Trabajadores. El otro muchacho y yo estábamos allí por filosofía pero no estábamos comprometidos ni con la izquierda ni con la derecha. Así que estábamos metidos entre la espada y la pared. En eso tiempo ya se mataban como perros, había guerras entre Lorenzo Miguel, Calabró, etc. El gerente general de Petroquímica también fue víctima de una bomba que le hizo volar la casa y el auto. Durante las reuniones, unos llevaban pistolas calibre 45, otros tenían ametralladoras. Curi tenía guardaespaldas.

Curi no quería aflojar un peso. Un doctor químico que trabajaba en la compañía había ido una noche a las oficinas de Curi y había obtenido, clandestinamente, información secreta sobre la empresa. Esa documentación decía cuál era la producción real de Petroquímica. Se había comunicado con gente de Brasil y otras petroquímicas y habían establecido cuáles eran las ganancias reales de la empresa. Así se descubrió que con solamente dos días de producción Curi le pagaban a todo el personal, y con cinco días más mantenían todas las fabricas. Todo lo demás era ganancia.

Nosotros confrontamos a Curi con esa información. Curi se puso muy nervioso: “¿De donde sacaron esa información?” “¿Quién les dijo?” Curi no quería saber nada de nuestros reclamos. Yo me daba cuenta que todas esas conversaciones era una hipocresía. Los de derecha fueron al Sindicato. Después vinieron del Sindicato a hablar con nosotros. Así nomás nos dijeron: “Muchachos, aflojen. Dejen las reglas como están, y les damos un mes pago de vacaciones, estadías en un hotel y fichas para el casino.” Los de izquierda no querían saber nada, y nosotros menos que menos.

Por ser miembro de la Iglesia, mi situación como delegado gremial era muy peculiar. En la Petroquímica me decían “El Padrecito.” Además salí en la revista peronista Las Bases. Pero como miembro de la Iglesia, yo quería tocar la sensibilidad de Curi. Yo hablaba poco en las reuniones, pero cuando lo hacía tocaba aspectos específicos y trataba de llegar por los sentimientos. Una vez le dije: “Sr. Curi, usted no piensa en la familia de los obreros, en los hijos, en la oportunidad de darles una educación, etc.?” Curi me miró con mucho disgusto y me dijo, enojado: “Vos siempre tocás esos sentimientos, siempre me estás tocando la conciencia. Bueno, ahora te voy a decir lo que yo pienso: Yo estoy contento conmigo mismo. Antes de que estuviera la Petroquímica ahí, esta gente cosechaba repollos. Se pasaban desde el amanecer hasta el atardecer cosechando repollos. Ahora tienen seguros, vacaciones, beneficios, ¿y encima ustedes quieren un aumento? ¡Si están mucho mejor de lo que estaban antes!”

“Pero no pueden progresar. Es cierto que como quinteros de repollos estaba en una situación muy precaria. Pero con las ganancias fabulosas de la empresa, usted sí los puede ayudar a progresar.”

Curi tenía una frialdad increíble. Quería dejar a esa gente como esclavos del siglo pasado. Su idea era que ellos nacían y vivían para trabajar así porque no tenían ansias de progreso. ¡Pero él sí que había progresado! Obviamente acá el que gana es el vivo, el piola, que logra pisar al que está al lado, sacarle el jugo y pisar a todos para poder subir, engañando y falsificando.

Renuncia de la fábrica

Fue una época muy brava. Yo renuncié en el momento justo. Los dos de izquierda tuvieron que huir, a uno lo mataron. El otro sobrevivió, lo vieron por el sur. Yo estaba en una situación muy difícil. No podía irme de la fábrica porque si lo hacías te decían traidor. Si te veían por la calle te pasaban por encima. Era una situación terrible, yo no podía volverme atrás. El sindicalismo es terrible, y dentro de la fábrica el ambiente es terrible. Uno no es dueño de sus convicciones. Yo me di cuenta recién después de estar metido, cuando te siguen y te reconocen por un lado y por el otro te quieren reventar. “Casco es el único que estaba representando bien a los paritarios”, decían muchos. Pero cuando uno se convierte en el blanco de ataque de alguno, lo mejor es rajarse.

Renuncié en una asamblea, había 700 u 800 personas. Habían hecho un convenio y querían presentarlo. Yo no estaba de acuerdo con el convenio, y utilicé eso como pretexto para renunciar. Yo pedí la palabra, expliqué las razones por las que estaba en desacuerdo con el convenio, y presenté la renuncia. Me rajé. No volví a la fábrica, ni siquiera fui a buscar el sueldo. Y me rajé a Bariloche a buscar trabajo con Miguel Ángel Reginato. Hace no muchos años me enteré, por medio de Panchito (el vecino de al lado), que me habían venido a buscar en dos Falcons. Le preguntaron a Panchito, me andaban buscando. Pero yo calculé que eso ocurrió cuando yo ya estaba en el sur. Yo la mandé a buscar a Gloria para que se vaya con los chicos a Tandil. Yo vine, pasé por la casa de mis padres y nos quedamos unos días ahí.

Así que conozco bien cómo es la cosa por adentro. Nunca estuve afiliado al Partido Peronista. En un tiempo, si había que tirar para un lado, sí tiré para el lado de la Juventud Peronista. Yo tenía un primo acá en La Plata que era de la Juventud Peronista, la novia desapareció y nunca más apareció. Tiré para el Peronismo por un cuestión de principios, no por lo que el Peronismo era como totalidad. El obrero de una fábrica ve al Peronismo como salvación. Los obreros se hacían peronistas porque veían al Peronismo como la única fuerza capaz de oponerse a lo que son las patronales. La ignorancia del otro extremo es peor que las mismas patronales, pero lamentablemente no hay un término medio. En una época los patrones te mataban trabajando, era como el estanciero con todos sus peones. Entonces el sistema iba de un extremo al otro.

La época de la guerrilla

Yo era un joven con ilusiones, pero pasamos de todo. Pasamos una época muy brava durante la guerrilla, y nos afectó mucho. A Gloria le desaparecieron unos cinco amigos, entre compañeras del colegio y esposos de sus compañeras. Desapareció mucha gente. Y había mucha gente que no se daba cuenta de lo que estaba ocurriendo, incluso tus padres. Tu papá [Robert] recién reaccionó cuando un día vio a la Policía matar a sangre fría a un muchacho que andaba en bicicleta. Pero yo todo eso lo había visto. Yo conocía gente que estaba “desaparecida”. Yo había visto gente que estaba sufriendo los abusos de la Policía, cómo estaban matando a gente que no tenía nada que ver. Cualquiera con una opinión, cualquiera que se oponía al sistema, ya lo tachaban de “subversivo” o de “comunista”. Era un error profundo. En mi caso, yo nunca acepté el comunismo, nunca estuve de acuerdo. Aunque sí tengo que admitir que me llevaba mejor con ellos. Eran jóvenes idealistas, honestos, y creían en lo que hacían. Creían que estaban ayudando a la gente. Eran de un ambiente muy distinto a la corrupción del sindicalismo. No eran tomadores, ni fumadores. No eran sinvergüenzas ni ladrones como los sindicalistas. No eran mujeriegos, borrachos, ni vividores. Eran intelectuales de izquierda. La mejor materia gris de Argentina, la hicieron desaparecer. Se mataron como perros. El novio de la chica de Rodríguez (nuestra vecina), Fromigué, fue guardaespaldas de Lorenzo Miguel y de Calabró. Patricio Kelly contaba acerca de Fromigué sus últimos años, después desapareció.

Aquí al lado, con ametralladoras, rompieron la puerta y entraron en la casa de Titi Rodríguez, y Titi estaba aquí. Fromigué venía con los autos. Los primeros revólveres Mágnum que yo vi los mostraba él. Después lo mataron, se calculaba que tenía cincuenta muertes en su haber. Le decían “El Oso” Fromigué, era famoso. Esa era una época muy difícil.

Gloria: Había una chica con la que habíamos sido compañeras de la escuela primaria. Me acuerdo que de chicas jugábamos juntas a las muñecas. La mamá era una señora dulce y amorosa. Un día fui a visitarla, y me pareció que era otra mujer. Era una mujer amargada y resentida. Y me empezó a contar de las cosas que hacían en los campos de concentración. “El submarino”, y todas esas atrocidades que después se supo perfectamente que eran ciertas. A uno le llegaban los rumores, pero no te entraban en la cabeza. Las hijas de ella una se había salvado, le habían avisado por una llamada telefónica que huyera. La otra había desaparecido. Yo salí espantada de las cosas que ella me había contado. También me hablaba de la situación social que vivía el país, de cómo ya no se podía vivir, de la situación en las villas miserias, de como tenían que vender la heladera si había una enfermedad en la familia, etc.

Juan: Desaparecieron miles de personas.

Gloria: Juan se fue al sur. Un día leyó en el periódico que habían tomado la Petroquímica. Entonces me llamó por teléfono para preguntarme cómo era realmente la situación aquí en La Plata, porque todo estaba a punto de estallar. Nosotros no sabíamos más nada sobre eso. Pero le conté que tenía una entrevista en Buenos Aires para ser supervisor de construcción para la Iglesia.

Juan: Necesitaban un supervisor para Avellaneda. Me hicieron la entrevista a mí y a dos más.

Gloria: Cuando estaba en conflicto, con la fábrica tomada, le mandaban a los obreros telegramas de despido. A veces Juan me avisaba que llegaría un telegrama, y por ahí no. No cobraban. Mirá si serían malvados. Iban a cobrar y les daban un recibo de sueldo que decía: Haberes: Tanto. Descuentos, etc.: Tanto. Total a cobrar: $ 0,00. Pasamos meses sin cobrar un sueldo. David era recién nacido. Apenas teníamos para comer y sobrevivir. La Abuela [Amelia] cobraba la pensión. Del plan de bienestar, que lo poco que teníamos lo hemos tenido y lo usábamos. Y cosas que tus padres nos daban. A veces tus padres iban al almacén a hacer el pedido, y cuando nosotros llegábamos a casa nos encontrábamos alimentos que nos habían dejado sobre de la mesa. Por eso la costumbre que uno lo hace después, cuando pudimos después lo hicimos nosotros. Fue una época en que prácticamente no teníamos dinero ni para comer. Cuando los chicos precisaban cosas, era muy difícil. El médico nos daba muestras gratis de remedios.

Como supervisor de Avellaneda

Juan: Me entrevistaron Frol y Nievas. Yo salí muy desilusionado de la entrevista. Me acuerdo que volvía en el tren y pensaba que difícilmente me darían trabajo, porque era una época muy brava. Pero a la semana me llamaron. Me citaron en Avellaneda y me dieron los planos. Habían comprado un terreno donde había una fábrica incendiada. Pusimos los planos arriba del capó de una Rambler que tenía Nievas. Me dio un manojo de planos: “Bueno, aquí están los planos, esto es lo que se va a hacer. Ahora, arregláte. Te asignamos un fondo de presupuesto, todo el material lo comprás vos. Arregláte como puedas”. Nievas dio una oración y me dejó solo.

Gloria: Juan venía y me contaba. Había cuatro o cinco bolivianos como demoledores. ¡Y venían tomados a demoler las paredes!

Juan: La fábrica incendiada era un papelera. Había muchos metros cuadrados de paredes para demoler. Entonces puse un anuncio en el diario Clarín pidiendo demoledores. Contraté a cuatro o cinco. Era el año 1975-1976, y estaba terminando el programa de construcción, esos fueron los años en que enviaron a los últimos misioneros de Argentina. Me dijeron que me iban a mandar misioneros constructores. Me enviaron dos muchachos de Trelew, que estaban terminando Monte Grande. Uno era Boris Teodorov. Se hicieron una casita de chapa allí en la obra.

La misma papelera tenía tanques de gasoil metidos adentro del hormigón. Perdí más tiempo en deshacerme de esos tanques que en ningún otro aspecto de la preparación para empezar a construir. El arquitecto no aparecía. Apareció cuando yo ya tenía las bases hechas. Me dijo: “Pero,…¿cómo no se hizo un estudio de suelo? ¿Por qué no edificaste encima de este hormigón?” Yo había sacado el hormigón de la papelera, excavado una palada más abajo y me había brotado agua. Es que todo Avellaneda tiene una napa de agua muy alta. ¡Pero el arquitecto me había indicado en el plano que tenía que ir un metro más abajo! Yo no sabía nada si se había hecho un estudio de suelo o no. Yo estaba haciendo lo que el plano indicaba. Entonces después tuvimos que ensancharlo. Fueron unas anécdotas increíbles.

Yo escuadré la capilla, etc., pero siempre con el temor de no haber hecho antes ninguna otra capilla. La verdad es que me pasó como a Richardson, que nunca había hecho una capilla, y la hice. Pero ya tenía experiencia y me animaba. En ese ínterin había a otros supervisores como yo: Andrés Martín construyendo San Fernando y Maciel, un uruguayo, en Monte Grande. Después había otros por el Interior que no conocí. Me asignaron dos misioneros constructores, fue interesante. Y un misionero por cuatro meses que era de la zona de Florencia Varela. Yo tuve casi los últimos misioneros constructores, junto con otros supervisores. Yo tuve estos muchachos casi hasta terminar la construcción. Ya las capillas no se hacían solamente con misioneros, sino que teníamos un buen número de personal contratado. Además estábamos batiendo récords. Yo hice Avellaneda en 8 meses, y después bajaron a cinco. Ahora tardan entre 4 y 5 meses.

La construcción con bloques

Desde el punta de vista técnico, hay grandes diferencias entre la manera en que se construía cuando hicimos Villa Sarmiento y las técnicas que se usaban en la época de Avellaneda. En la época de Villa Sarmiento usábamos un sistema americano: con bloques. Habían venido algunos viejitos americanos a enseñarnos a hacer bloques. Por eso mi generación fue de especialistas en bloques. Es otra técnica. Ahora se usa ladrillo hueco y revoque. Avellaneda fue una de las últimas capillas que se hicieron con bloques.

El problema con el bloque es que necesita buenos colocadores. Las empresas y los albañiles locales no le agarraban la mano, y la mano de obra se encarecía. El bloque tiene que ir con las dos caras a la vista. Y el típico albañil argentino se basa en una sola cara, porque cuando se construye con “ladrillo a la vista”, sólo de exhibe una cara. La otra cara se revoca, por la “cerezita” y la humedad, etc. Al fin y al cabo, casi siempre se revocan las dos caras. Había pocos colocadores de bloques, y en esa época el bloque no prendió en el país como técnica de construcción. Recién ahora se están haciendo una barrios muy grandes, en Rosario y en otros lugares, con la técnica del bloque americano, por el tema de los costos. Pero en ese momento no prendió. Cada vez que se empezaba una capilla con bloques, se necesitaba alguien que enseñara la técnica a lo albañiles. A mí me venía bien porque yo era bloquero. Y además fui y me contraté un bloquero: Luis Di Stéfano. Había terminado la misión de construcción y empezaba a hacer trabajos por contrato. Hicimos los bloques entre todos.

Otra diferencia era que los miembros locales mantenían a los misioneros constructores y pagaban así un 20 por ciento del costo total de la capilla. Esa era la filosofía y la idea de la iglesia: que los miembros locales cubrieran un 20 por ciento del costo del edificio. Pero con el tiempo se fue perdiendo el sistema de construcción y se empezó a contratar más gente. Por un lado, había muy pocos misioneros constructores. Por otro lado, había tantos edificios por construir. Con un misionero constructor se llegaba a tardar el doble o el triple que con una empresa. Y el número de construcciones se multiplicó muchísimo. En el año 85-86 se llegó a construir más de 80 edificios por año. Era un récord tremendo, incluso en época de costos muy altos. Cuando los materiales se encarecieron, los centros de estaca llegaron a costar hasta un millón de dólares. Ahora las construcciones de la capillas tipo “H”, o las más chicas, con 7 aulas y un saloncito sacramental, cuesta unos 250.000 dólares.

Antes se revocaba, se ponía “Igan”, que es una especie de salpicré, un material que se salpica. Y ahora lo están haciendo con ladrillo a la vista de ambas caras, como si fueran bloques. Es un ladrillo especial de máquina. Esa es la última técnica que están utilizando. Pero todavía cuesta un poco que le agarren la mano. Por ejemplo, dónde poner los caños, para no tener que romper el bloque. Cuando se usa bloque, a medida que se va construyendo es necesario ir agregando los caños de luz, los caños de gas, etc., de manera que no sea necesario después romper el bloque. Así no se nota la marca en el bloque. Es una técnica que se está probando ahora.

Para hacer los bloques se usaba una máquina muy conocida acá, que hace dos bloques a la vez. Se coloca el material en el molde, la máquina le da un golpe y al mismo tiempo que da el golpe hace la presión necesaria para darle al bloque las medidas justas. Ahora hay fábricas de bloques, pero en ese tiempo teníamos que hacerlos nosotros mismos. Para secarlos, los poníamos en unas estanterías, con las mesitas en que los sacábamos de las bloqueras, y les aplicábamos vapor. Toda una noche de vapor equivalía a una semana secándose a la intemperie. Entonces, con la humedad y calor del vapor, se secaban y quedaban durísimos. En vez de tener que esperar quince días o un mes, en poco más de una semana ya podíamos colocar ese bloque. Lo hacíamos todo nosotros mismos. Cerrábamos ese casillero de madera con un plástico. Llenábamos con agua, hasta la mitad, un tambor de 200 litros, con un caño que iba al interior del plástico. Poníamos leña abajo del tambor, la encendíamos, el agua se calentaba y teníamos todo el vapor que necesitábamos. Era un sistema muy rústico y muy simple, a leña, pero muy eficiente.

Los arquitectos

En base a las capillas que hemos hecho nosotros, nunca nos pudimos guiar técnicamente de la fase de arquitectura. Por eso, no respetamos a los arquitectos. Mi generación, y aún la generación que está actualmente a cargo de la construcción, no respetamos a los arquitectos. Sí a los ingenieros. A los arquitectos no los respetamos, han cometido los errores más crasos, por su filosofía de querer hacer su edificio, y según donde estudió o según sus ideas personales. La Iglesia nunca se entendió con arquitectos de ese tipo, que son la mayoría, porque los arquitectos buscan su sistema y quieren dejar su marca, con nombre y apellido, en cada edifico que hacen. La Iglesia lo que busca es algo práctico, sencillo, y que ya está inventado. No hay nada que se pueda inventar. Se puede modificar técnicamente el largo de una puerta, según los materiales que existan en la zona, según los costos de los mismo, según si existen materiales estándar o no, etc., pero el sistema o la estructura es la misma.

Los mayores errores se han cometido cuando han venido hermanos a dirigir el programa de construcción que no han sabido y se han dejado convencer por los arquitectos. Así han hecho horrores de construcción. Yo he intervenido en más de ochenta edificios construidos, más infinidad de reparaciones. Hay anécdotas de capillas que se han construido al revés: el plano venía mal hecho. Los errores se cometen en la fase de arquitectura, porque los que construyen un edificio lo hacen basándose en el plano. Para empezar a hacer un edifico, se necesita un plano. Si el plano está mal hecho, uno hace mal el edificio.

Si uno tiene experiencia en la construcción, entonces se da cuenta de los errores y puede corregirlos. Pero había supervisores que recién se iniciaban y no tenían experiencia anterior, y así se han cometido grandes errores. Los supervisores trabajaban sin ninguna supervisión. En Avellanada, yo estuve totalmente solo. El arquitecto cobraba y representaba la firma, pero nunca se fijó en nada ni apareció en el proyecto. Le tuve que pedir por favor que viniera cuando tuve el problema con los cimientos, pero después no apareció hasta el final, cuando la capilla estaba terminada. Los planos se hacían con mucho descuido, o los hacían en otro lado, y ni siquiera hacían el estudio de suelo.

Hay capillas hechas con cimientos muy débiles sobre suelos blandos. Y otras en las que han excavado dos metros cuando la tierra buena estaba a 50 centímetros. Y hay errores de haber hecho columnas innecesarias, porque mandaban todas las etapas juntas en un plano. Eso es algo que me pasó a mí cuando estaba en Bahía Blanca. En vez de construir una etapa, construíamos dos o tres etapas de un edifico. Y aquí en Buenos Aires teníamos un gerente de arquitectura que, en vez de mandarme el plano que correspondía a la construcción de las tres etapas en una, no se le ocurrió mejor idea que mandarme la primera etapa, la segunda etapa y la tercera etapa, o sea, tres proyectos separados.

Pero no es lo mismo construir un capilla por etapas que construirla toda de una vez. Cuando se construye “por etapas”, al iniciar la segunda etapa se agrega una viga o una columna junto a la ya existente. Pero cuando se hace todo junto, va una sola columna. ¡Y este arquitecto, por ignorante y por incapaz, me mandó los planos de las diferentes etapas! Nosotros no lo llegamos a hacer, porque yo tenía experiencia y nos dimos cuenta de que era un error. Pero en otros lados, las capillas están hechas así. Esos proyectos dejaron su marca, porque ahora vamos a una capilla así, la miramos y ya nos damos cuenta: ¡Tienen dos columnas idénticas, una al lado de la otra, y se había hecho todo el edifico de un solo saque! Hay capillas con vigas que te pegaban en la cabeza en la entrada. Hay horrores de arquitectura. Supuestamente revisaban los planos antes de enviarlos, pero la verdad es que los revisaban muy superficialmente, y a veces ni siquiera los revisaban.

Recuerdo un error que yo cometí: No hacer un corte para las juntas de dilatación. En una obra, se me escapó. De hecho es un error que ya habíamos cometido antes, y los hermanos de Lago Salado lo habían captado. Nosotros lo hicimos porque no sabíamos. Cuando se construye un edificio, entre la nave y el pasillo, y entre el pasillo y la otra nave, las vigas deben tener juntas de dilatación. Porque el hormigón en una nave se dilata a un nivel diferente del hormigón del pasillo, y del hormigón de la otra nave. El arquitecto me había indicado una sola viga, o sea que fue el arquitecto el que cometió el error. Y con esa diferencia en el juego de dilatación, el hormigón se rajaba. Yo lo había hecho como me indicó le arquitecto, y ni me había dado cuenta. Todavía no había sacado el encofrado, cuando vino una inspección de Lago Salado. Hablaban en inglés, yo no entendía nada. Pero el arquitecto mismo nos debería haber indicado cómo hacerlo. Como consecuencia de todas esas experiencias, tenemos una guerra con los arquitectos. Yo no quiero ver ni un arquitecto. Con la experiencia que tengo, los odio, los detesto, los aborrezco. Hay algunos buenos. Aquí en La Plata, De Vito y Luchini, por ejemplo, pero son una minoría.

La capilla de La Plata 1

Otro ejemplo de errores garrafales fue el edifico de La Plata 1. Se gastó una cantidad escandalosa de dinero. Yo no supervisé el proyecto, pero estaba en el programa de construcción en esa época. El arquitecto era Fichmann. Ahora es un director de cine muy conocido. Es un judío. Además de arquitecto es director de cine, hizo la película “Mama Mía.” Bueno, Fichmann hizo el proyecto de la capilla de Barrio 1. Curiosamente, el socio de Fichmann me proyectó esta casa. Yo estaba en una obra con el socio de Fichmann, y un día le conté que tenía que hacer el proyecto de mi casa, etc. Entonces me preguntó “¿Cuál es la medida del terreno?”, etc., y me hizo el proyecto de esta casa. Bueno, yo no los conocía, y no tenía motivos para desconfiar.

Fichmann tuvo la funesta idea de hacer el desagüe de las canaletas de Barrio 1 por adentro de las columnas. Él se preocupaba por la estética del edificio: que las canaletas no se vean. En vez de sobresalir en los bordes del techo, las canaletas iban por el lado de adentro. A un ingeniero nunca le habría preocupado la estética, sino hacer algo práctico. Al ingeniero no le preocupa cómo sale el agua, sino que salga. Pero Fichmann, no. A él le preocupaba la estética del proyecto. Y así es como en Barrio 1 se hicieron canaletas internas. El agua corría por el techo y se metía en los desagües que corrían por adentro de las columnas.

Lo primero que ocurrió con semejante idea, es que se le quitó a las columnas mucha resistencia. Y lo segundo que ocurrió, es que como calculó mal el caudal de agua que las canaletas debían desagotar, se produjeron unos problemas tremendos. Cuando uno proyecta un edificio, tiene que determinar el metraje cúbico de lluvia que cae en el lugar. Pero las salidas que Fichmann calculó no daban a basto para desagotar el agua que circulaba por las columnas. ¿Y cómo podíamos solucionar este problema? ¡No podíamos acceder al desagüe, porque eso habría significado romper las columnas, que eran todas de hormigón! Se perdió muchísimo tiempo. Así que cuando surgió ese problema gravísimo, tuvimos que rehacer todo el techo con las canaletas del lado de afuera, como en cualquier otro edificio. Y así se solucionó el problema.

El “bunker” de Moreno Centro

Otro caso famoso es el de la capilla de Moreno Centro, también conocida como el “bunker” de Moreno o “Los Jardines Colgantes de Babilonia”. La proyectó un arquitecto famoso, que venía precedido por todos sus títulos y toda su fama. Y este arquitecto tuvo la maldita idea de hacer, encima de la capilla, unos maceteros de hormigón enormes. Eran tan grandes que chorreaban agua por todos lados y eran imposibles de mantener. La loza del techo estaba mal hecha. Tuvimos que corregir el techo de esa capilla. Claro, del punto de vista estético, era una estructura impresionante. Allí arriba de las capilla, se veían unos maceteros y unos jardines formidables. Pero insumieron el doble de hormigón, el doble de trabajo, el doble de dinero. Y eran tan imprácticos que jamás pudimos usarlos. Intentamos arreglarlos infinidad de veces, y nunca le pudimos dar una solución.

Otro arquitecto que trabajó para la Igelsia fue uno de apellido Velázquez. Había estudido en Europa, etc. Hizo la estructura de una capilla, y hubo que tirar abajo la loza completa, por la poca resistencia del hierro y del hormigón. Estaba mal calculada, mal hecha. Así que yo a los profesionales los respeto mientras me demuestren que se merecen mi respeto. Mi filosofía se resumiría diciendo: “En el campo se ven los pingos”. Primero quiero ver un arquitecto en el campo, y después voy a respetarlo.

Falta de práctica de los arquitectos

Hay algunos arquitectos muy buenos, excelentes, con mucha experiencia. Generalmente los que tienen mucha experiencia son los que han ejercido la profesión desde muy jóvenes. Los que han sido maestros mayor de obra, que se han metido en obras, que han practicado la profesión. Y los más humildes, que van al lado del pintor más viejo y aprenden de él. Van y le preguntan: “¿Por qué lo hace de esa manera?” “¿Por qué le pone esta pintura, este adhesivo?”, etc. Esa gente, la humilde, es la que se convierte en buenos arquitectos. Pero los que tienen esas ideas de dejar su orgullo y su nombre en el edificio, suelen ser los peores.

En el Círculo de Arquitectos, nosotros hicimos un curso de hormigón armado. En los últimos veinte años hice muchos cursos: Cómo manejar personal, cómo manejar el hierro en obra, hormigón armado, cómo administrar el tiempo del proyecto. El plan de trabajo, que está constituido de la cantidad de horas de revoque, de pintura, de mampostería húmeda, de plomería, de electricidad, etc. El cronograma de trabajo. A qué día de la obra entran las diferentes partes: cuándo entra electricidad, cuándo pintura, etc.

Un grupo de supervisores hemos hecho cursos especiales. Contratación, ajuste alzado, mano de obra sola, mano de obra contratada, etc. Hemos aprendido mucho. De hormigón armado, nadie nos puede enseñar lo que hemos aprendido en obra. Desde cómo medir el hormigón cuando llega a obra hasta el curado del hormigón. Nosotros generalmente tenemos que enseñarle a todos los profesionales.

Porque lamentablemente un arquitecto que recién se recibe de la universidad sale verde, verde, verde. No tiene experiencia en obra, es todo teórico. El ingeniero civil es más calculista, es más práctico y tiene otro sistema. El problema con el arquitecto es que tiene un porcentaje muy pequeño de ingeniería en toda su carrera. En cambio el ingeniero tiene un porcentaje bajo de arquitectura en toda su carrera. Así es que, en lo básico de la construcción, el ingeniero es mucho más práctico. Tal vez el ingeniero le erre un poco en la estética, etc. El arquitecto tal vez sea más creativo. Dibujantes, son todos unos excelentes dibujantes, capaces de dibujarte cualquier cosa.

Yo tengo la prueba acá con lo que le pasó a un arquitecto que hubo que enseñarle desde el principio. Él te sabía escribir, te pone en un obra todo lo teórico, era rápido para describir, o llevar el libro diario de proyecto. Pero en obra, pobrecito, no sabía nada. Hubo que enseñarle desde cómo usar un nivel hasta cómo calcular si la tierra está o no está bien compactada, y si están tirando bien el hormigón adentro. Y él aprendió, porque uno hace tres o cuatro obras y aprende. Pero en construcción hay diferencias muy sutiles que no les enseñan en la universidad. Por ejemplo, hay diferencia entre el hormigón elaborado por camiones y el hormigón hecho en obra, el asentamiento con plasticol y el asentamiento con cal y arena, etc. Una cosa es la teoría y otra cosa es la práctica. Si es un día húmedo y la arena está mojada, entonces las condiciones cambian y ya no se puede utilizar la misma “receta” que te decía el librito.

La teoría y la práctica deben combinarse para que un arquitecto pueda alcanzar un buen nivel de profesionalismo. Uno de los problemas es que no hay tantas obras como para que todos los estudiantes de arquitectura puedan ejercer. Yo creo que el arquitecto, para que le den el título, tendría que tener un requisito, por ejemplo que haga 500 metros cuadrados de edificio. Entonces después le dan el título. Pero que él esté en la obra y aprenda la práctica de la profesión.

Hay arquitectos y arquitectos, y yo he visto de todo. Errores y horrores de construcción, he visto muchísimos. Falsas escuadras. Distintos niveles de pared. Las falsas escuadras siempre se hacen patentes cuando se pone el piso y el cielorraso. Y en los baños en donde más se nota la falsa escuadra del cualquier edifico. Si hay falsa escuadra en los baños, se puede ver en los azulejos.

Me acuerdo de haber tenido una obra en Paso de los Libres, una de las últimas que hice. Yo le agregué 30 centímetros de altura a todo el edificio. Yo ya estaba en plena obra, tenía la empresa en el lugar, etc. Y descubrimos que si hacíamos el proyecto a la altura indicada por el arquitecto, toda el agua que venía de la ciudad iba a inundar la capilla. Yo decidí que era demasiado tarde para devolver los planos y hablar con el arquitecto, y subí la capilla treinta centímetros. Y nadie se enteró del cambio, ni el mismo arquitecto. El arquitecto vino, midió de un lado, midió del otro, midió el fondo, midió la cancha de básket, midió todo. Yo estaba todavía con Horacio Di Stéfano. Horacio y yo, al arquitecto ni le dijimos. Así hacemos con tantas cosas que no le decimos al arquitecto. Algunas cosas sí consultamos, si son delicadas, sí. Pero otras, no les decimos nada. Además nosotros los conocemos, depende de cómo sea el arquitecto.

Algunos arquitectos, con tal de tener trabajo, llegan hasta a pagarle a los supervisores de las obras. El arquitecto va y firma, y le da porcentaje de su ganancia al supervisor. Yo conocí a un viejo que tenía cinco o seis obras y seguía teniendo trabajo porque los supervisores le hacían todo el trabajo. Él mismo reconocía y decía: “Yo sé que yo no soy el verdadero arquitecto, yo solamente firmo”. Así es que hay de todo.

Los comienzos de la Iglesia en Los Hornos

Estaba como presidente del distrito Hugo Salvioli, y él me llamó como presidente de la Rama de los Hornos. En esa época ya se había comprado la casa vieja donde funcionaba la Rama. La Rama ya existía, la había comenzado Roy Mazzuchi Y después de mí hubo varios más: Alito Tundidor, Carlos Vitali, etc., pero eso fue más adelante. Yo estuve en los principios, estuve como presidente dos o tres años. Esa era la época en que yo trabajaba en la Petroquímica. A veces trabajaba de noche, y me quedaba sin dormir hasta la hora de las reuniones.

Recuerdo que en esa época una de mis preocupaciones era que yo quería levantar a los jóvenes. Puse mucho esfuerzo en ese aspecto, aunque el éxito haya sido tan sólo parcial. Para unir un poco más la Rama me acuerdo que hicimos muchas actividades. Ahí apareció Ángel Licursi. Me acuerdo que Graciela lo trajo a las primeras reuniones de Los Hornos, y ahí nos hicimos amigos. Yo era el presidente de rama en ese momento. También estaban los Mordascini, y varios otros miembros.

Llamamientos en la Rama de La Plata

Toda mi vida he tenido llamamientos en la estaca, en el distrito, en el consejo asesor, en el sumo consejo. Estuve de consejero del Barrio 2 dos o tres veces, y después estuve varios años en el sumo consejo. Estuve en la Mutual del Distrito, pero casi siempre en el Consejo Asesor y el Sumo Consejo, y con los jóvenes mucho tiempo. Cuando llegué a La Plata fui presidente de la mutual, en esa época todavía existía la mutual. Era allá por el año 1967. Yo era el presidente de la mutual, Carlitos Vitali era mi primer consejero y Alito Tundidor era mi segundo consejero. Mabel Eliggi era la presidenta de la mutual y también estaban Adita Darias e Isabel, en esa época todos trabajaban en la mutual. Después Hugo [Salvioli] me llamó como consejero de la Rama de La Plata.

Ahí hubo una anécdota muy especial. Estaban construyendo la capilla de la Plata, y hubo problemas con un supervisor americano que era bastante malo. Era un supervisor que había perdido el hijo en la guerra, tenía un carácter muy despreciable, trataba mal a los muchachos y casi no venía a la obra. Con Hugo Salvioli fuimos a Buenos Aires y hablamos con los que estaban a cargo en ese momento. Al supervisor lo sacaron y lo mandaron de vuelta a los Estados Unidos. Quedó a cargo del edificio, para terminarlo, Luis Di Stéfano y otros hermanos. Ese es el edificio de La Plata 2.

Como consejero de la Estaca

Como consejero en la presidencia de estaca me tocó trabajar con tres presidentes, y cada presidente de estaca tenía un énfasis diferente. A mí me tocó trabajar con Horacio Madariaga, con Alito Tundidor, y con Esteban Lubomrisky. Con Horacio Madariaga, el énfasis estaba en la parte organizativa y los niveles de la organización del sacerdocio. Con Alejandro Tundidor es con quien más tiempo estuve, y hubo dos etapas. La primera etapa también fue la de perfeccionar los santos, pero la segunda etapa fue la de predicar el evangelio (obra misional). Allí fue donde hicimos mucho hincapié y más nos involucramos todos. Por eso es que en los tres últimos años que estuvo Alito, la estaca creció más que en ninguna otra etapa de su historia.

El que hizo un trabajo muy notable acá fue José María Sampedro, que era el presidente de la Misión de Estaca. Sampedro hizo algo que no se había visto jamás, y batimos todos los récords históricos de bautismos en nuestra estaca. Después un plan en el que se puso énfasis en la relación entre el trabajo de los misioneros y la retención que realizan los líderes del sacerdocio y todas las organizaciones con los miembros nuevos. Cuando hay un miembro nuevo, ahora se lo entrevista, y si había alguna unidad que no podía hacerlo, entonces lo hacíamos desde la Estaca. Se multiplicó el trabajo, pero eso produjo un enorme crecimiento.

También la Estaca se involucró en realizar desafíos para recibir el Sacerdocio de Melquisedec o animar a los jóvenes a salir como misioneros. Eso se empezó a realizar por entrevistas personales y entrevistas de confianza. Íbamos y teníamos entrevistas personales con el hermano. Se llamaban entrevistas de confianza. Le decíamos al hermano que lo necesitábamos para la Iglesia, etc. y lo desafiábamos para que avanzara. Yo tuve una anécdota muy linda que varios hermanos (Jorge del Castillo y Miguel Reginato) me pidieron que escribiera, y que nunca escribí. Fue una de las experiencias más exitosas que tuve con este programa, y que ellos contaron en varios lugares.

Una entrevista exitosa

Una de las primeras asignaciones que tuve con este programa fue la de ir a hacer entrevistas al Barrio de Los Hornos. El obispado tenía que citar tres o cuatro jóvenes para que se entrevistaran conmigo. Yo los iba a desafiar a que se prepararan para recibir el Sacerdocio de Melquisedec y salir a una misión. Fui a la capilla de Los Hornos, y habían traído a un solo joven. Era un chico inactivo que las misioneras y el obispo habían contactado. Era la primera vez que asistía a la Iglesia después de seis años de inactividad. El joven llevaba una gorrita tipo rusa, era la primera vez que yo lo veía en mi vida.

Lo entrevisté. Primero le pregunté cómo era su vida, qué es lo que hacía, etc. Me dijo que tenía 18 años y había estado inactivo por seis, pero que leía el libro de Mormón. Tuvimos una experiencia espiritual muy linda. Eso ocurrió a fines de septiembre, y en diciembre él cumplía los 19 años. Yo sentí que debía desafiarlo para que en febrero ya estuviera en la misión. Le indiqué cuáles eran los pasos que debía seguir. Primero, prepararse para recibir el sacerdocio de Melquisedec en diciembre y ser ordenado élder. Entonces, salir de misionero para febrero.

Fue una entrevista muy especial. Después de la entrevista me tocó hablar en la reunión sacramental. ¡Para entonces el chico se había sacado el gorro, y ahí me di cuenta que llevaba una melena que le caía más abajo de los hombros! Pero para el domingo siguiente, ya se había cortado el pelo. Toda la familia estaba inactiva, pero en esos dos años de la misión del hijo, la mamá se reactivó, se preparó para asistir al templo, y el papá se bautizó. Fue uno de los éxitos del nuevo sistema de desafíos por entrevistas de confianza.

El joven y ya volvió de la misión. Ahora la familia se está preparando para ir al templo. Yo tengo un poco de miedo porque él se pegó mucho a mí, aún después de la misión. Y en cada carta, durante la misión, me agradeció lo que hice por él, es como que le descubrí un mundo distinto. En los ocho años que pasé trabajando en la Estaca tuve muchas experiencias espirituales muy lindas, pero ésa es una de las que recuerdo con más cariño. Esa historia muestra que las entrevistas personales pueden ser muy efectivas porque el evangelio se debe enfocar al nivel individual. Y además esa historia muestra que el evangelio es algo práctico, algo que nos lleva a actuar y a cambiar nuestro estilo de vida.

Templo de Buenos Aires
El Hostal del Templo

El Hostal del Templo es uno de los desafíos más grandes que he tenido en mi vida. Lo que pasa es que me agarra en una época en que estoy un poco cansado. Me doy cuenta de que tengo que aplicar la misma filosofía de administración que uso en mi casa. Yo manejo mi casa como manejo el Hostal. En el Hostal no impuse nada personal. Si hubieran hecho como otros gerentes, habrían contratado a un hermano como administrador y lo habría mandado a hacer cursos de hotelería, etc. Pero aquí hemos hecho todo en base a nuestras experiencias en la Iglesia y los deseos muy particulares del individuo.

Creo que para desempeñarme en este puesto, mi personalidad fue más útil que cualquier otra cualidad que yo tenga como administrador. Mi puesto es muy peculiar, y de hecho es único, porque en muchos lugares no existe. De las rejas del Templo para adentro, el Templo lo administra el Comité de Templos. De la reja del Templo para afuera, todos los terrenos del templo los administran las Oficinas del Área de la Iglesia. Y dentro de ese predio, además del Hostal está el CEM, que también ayuda a las Oficina de Área de la Iglesia. Yo había terminado de supervisar la construcción de Hostal, y me llamaron para ser el primer administrador. Entonces mi primera responsabilidad fue la de poner el Hostal en marcha. Pero todo lo hice de acuerdo con mi conocimiento y experiencia. Nos habían preparado, pero no nos habían dado una capacitación muy específica, porque no hay ningún lugar que enseñe cómo manejar un hostal. Es completamente distinto a un hotel. Tal vez en la parte de contabilidad sí sea similar a un hotel, pero en el resto, no. En el Hostal los hermanos se lavan la ropa, se lavan la ropa de cama, limpian sus propias habitaciones, y eso lo hace un lugar muy especial.

Yo tengo que trabajar con tres organizaciones diferentes: El Templo, el CEM, y el Hostal. Hay 25 hermanos viviendo en el Hostal permanentemente, que son obreros del Templo. Yo estoy a cargo también de la cocina del CEM, porque le damos de comer a los misioneros. Llegamos a alimentar a miles de personas. El CEM tiene una capacidad máxima de 94 misioneros, que se quedan por tres semanas. A veces, si son grupos pequeños, hay más de un grupo al mismo tiempo. Esta semana se ha batido un récord, con más de 60 misioneros en las tres semanas. El Hostal tiene un capacidad de 172, que puede llegar, si es necesario, hasta 200 alojamientos. Nunca se ha quedado un hermanos sin poder pasar la noche en el Hostal. Cuando fue necesario, hemos tirado colchones por todos lados, hemos llegado a tirar hasta 23 colchones en el salón de conferencias para que los hermanos pudieran dormir en el Hostal. Tenemos 40 colchones más, así que si es necesario tiramos colchones en las habitaciones, y así han llegado a dormir más de 200 personas. Existen alojamientos también en Brasil y ahora se está construyendo el hostal del Chile, que va a tener un poquito más de capacidad, pero que será menos espacioso. Ya hemos dado alojamiento y cena a miles de hermanos.

Vienen muchos hermanos de Uruguay, un 40% de lo que trabaja el Templo es gracias a Uruguay. Los hermanos uruguayos son muy fieles en asistir al Templo, y cada fin de semana el Hostal está completo de uruguayos. También vienen muchos del sur: Trelew, Comodoro Rivadavia, General Roca, Neuquén. También vienen del Norte: San Luis, San Juan, Mendoza. A veces a los de Mendoza Norte y capital les conviene cruzarse la Cordillera e ir al Templo de Chile, pero en general los del sur de Mendoza (San Rafael, General Alvear) vienen al Templo de Buenos Aires. Del Litoral vienen de Misiones, Chaco, Rosario, etc. Del noroeste también vienen: Santiago del Estero, Tucumán, Jujuy y Salta. A veces vienen de Paraguay, pero no muchos. Y han venido muchos hermanos bolivianos, hemos tenido contingentes completos de Bolivia. Son hermanos que viajan tres días enteros para poder llegar al Templo. Hay épocas en las que el Templo trabaja más y por lo tanto también el Hostal. Son las épocas de diciembre, enero, febrero y marzo, que son las vacaciones de verano. Y después julio y agosto, en la época de invierno.


1. No a Marion G. Romney, sino George W. Romney, que fue gobernador de Míchigan, miembro del gabinete presidencial, y presidente de la American Motor’s Company. George W. Romney falleció en 1995. (Volver)

2. Juan se refiere al sistema de calefacción central; la capilla de Villa Sarmiento no tenía aire acondicionado.(Volver)

3. El Hno. Richardson tenía una voz privilegiada y estudiaba canto en la universidad, pero en realidad la que había cantado en el Coro del Tabernáculo era la esposa, la Hna. Charlotte Richardson. (Volver)