Córrete, Bill, que yo también soy escritor
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CÓRRETE, BILL, QUE YO TAMBIÉN SOY ESCRITOR

Por Robert Canzoneri
Traducido por Hugo Olaiz

Poco después que William Faulkner ganara el Premio Nobel de Literatura, tanto él como yo vivíamos en Óxford, Misisipí. Durante ese tiempo nunca fui al banco o al correo sin la sensación de que algún día nos cruzaríamos, como era casi inevitable que ocurriera en un pueblo tan pequeño. Yo tenía el presentimiento de que entonces Faulkner me reconocería de inmediato y procederíamos a entablar una larga conversación sobre el oficio de escritor.

Yo ya no era, para esa época, un cazador de celebridades. Recientemente había ganado un concurso literario y yo también me había convertido en un Escritor Serio. Inédito, es verdad, pero terriblemente serio. Era razonable pensar que el destino aprovecharía esa proximidad y se aseguraría de que Faulkner me pasara el manto debidamente. Por cierto parecía existir un poder que nos acercaba más y más, pero sólo para desviar luego nuestros caminos como por el efecto de una fuerza invisible.

Hay otros que se han aprovechado bastante de él sin haber llegado a conocerlo mejor que yo. Un erudito en Faulkner, por ejemplo, llegó a un grado de intimidad notable con “Bill” y “Estelle” por el sólo hecho de haber trabado conversación con la esposa de Faulkner en la puerta de la casa, sin lograr de que Faulkner se acercara ni dijera esta boca es mía. Y parece que una pareja de profesores de la Universidad de Misisipí se hicieron amigos del escritor el mes pasado, 30 años después de su fallecimiento; supongo que se trataba de algún arreglo retroactivo.

Durante mi primer año de estudios en Óxford, lo más cerca que llegué de Faulkner fue cuando me tocó estar al lado de su hermano John un par de veces en los mingitorios de la Facultad. Y tuve que esperar a que la hija de Faulkner terminara la secundaria para poder atisbar por primera vez al genial escritor. Desde la quinta fila de un salón de actos lleno de gente lo escuché dar, con esa voz grave y rasposa, el discurso de graduación, lo que no era el tipo de encuentro que yo hubiera soñado precisamente. Pero para ese entonces yo ya había publicado mi primer cuento y soñaba que al día siguiente me lo cruzaría en el pueblo y él me diría: “Te vi el otro día entre el público, y estuve a punto de acercarme y decirte cuánto me gustó el cuento que publicaste.”

Faulkner no lo hizo. Pero un par de días después llegué a la plaza central y allí estaba él; llevaba un viejo saco con parches en los codos. Tenía la cabeza levemente inclinada, como si estuviera hablándole a todos los miembros del jurado y reviviendo su ficcional Condado de Yoknapatawpha. Creí casi adivinar lo que él estaba pensando, frases tales como “la apoteosis de la agobiante justicia, los avatares del anquilosado honor y orgullo”. Yo, que era un escritor serio, jamás habría tomado la iniciativa de tocarle el hombro y decirle: “Eh,... disculpe, Míster Faulkner. Tenía mucho interés de conocerlo...”

Además era posible que Faulkner sólo estuviese tratando de decidir si iba a entrar en la farmacia y charlar con su amigo Mac Reed, o cruzarse a Leslie, el bar lácteo de enfrente. Hacía poco, un estudiante de post-grado que yo conocía había llegado a hablarle. Compró un café y descubrió que la mesa más vacía era aquella que ocupaba Faulkner. Mi amigo dudó por instante, pero finalmente fue hasta la mesa, se colocó frente a Faulkner y le preguntó si podía sentarse allí. Faulkner asintió con la cabeza. Tomaron el café sin cruzar palabra hasta que el estudiante no aguanto más. Dijo: “La verdad es que no entiendo sus novelas, Míster Faulkner, pero me gustan mucho sus cuentos. Y los que más me gustan son ‘Incendio en la casa’ y ‘Potrillos con lunares.’”

Cuando le contó el incidente a su esposa, ella le dijo: "¿‘Granero en llamas’ y ‘Caballos con manchas,’ querrás decir?"

--Dios mío, --dijo mi amigo.

--Bueno, ¿y qué te dijo? --preguntó ella.

--Me dijo “gracias”.

Poco más tarde completé toda una novela, entera y totalmente escrita por mí. En aquel entonces la mejor manera de recibir una carta de rechazo de una casa editorial era enviar el manuscrito por correo ferroviario. Le entregué el manuscrito al empleado con mucha parsimonia. Él pesó el paquete y me dijo: “Es una novela, ¿verdad?”

Le contesté que así era.

--¿Te interesa Faulkner?

Le dije que sí.

--¿Leíste alguna de sus obras?

Le contesté afirmativamente.

--¿Te diste cuenta de que usa palabras muy largas?

Le dije que por cierto me había dado cuenta de las largas palabras que empleaba.

--¿Y de dónde te parece que las saca? Es cosa bien sabida que fue a la universidad por pocos meses. ¿De dónde te parece que las saca?

Confesé mi ignorancia.

Aquí tengo que intercalar una explicación. En Óxford se acababa de morir, por esa época, un vecino muy conocido que se llamaba Goatee Brown. Brown había sido profesor de inglés en el colegio de Ole (Misisipí). A principios de la década del '30 lo despidieron porque parece que era incapaz de cumplir horarios. Brown siguió viviendo en Óxford por unos 25 años, sin un empleo fijo, aunque se sabía que de vez en cuando revisaba libros de literatura norteamericana para una casa editorial. Se pasaba noches enteras en el Mansion, un restaurante que Faulkner también solía frecuentar. Cuando uno de mis compañeros necesitó un artículo sobre Thomas Wolfe que la biblioteca no tenía, alguien le dijo: “Seguro que Goatee Brown lo tiene. Pídeselo prestado”. El estudiante así lo hizo, y me mostró las notas marginales de Brown. En un pasaje se discutía el poder descriptivo de Wolfe en la obra El ángel que nos mira, había una cita que decía algo así como "El cierre violento de una puerta corrediza, el aroma de los verdes nabos." Brown había escrito, al lado: "¡Santo Cielo, qué vida llena de experiencias debe haber tenido!"

Bueno, la cosa es que el empleado del ferrocarril me dijo: “¿Sabes lo que yo creo? Yo creo que Faulkner escribe sus obras y después se las lleva a Goatee Brown para que él agregue las palabras largas.” Esperó un poco para ver mi reacción. “Y a ti, ¿qué te parece?”

Le dije que no sabía.

Entonces sonrió satisfecho y me dijo: “Bueno, ahora que Brown se murió,... supongo que vamos a descubrir la verdad, ¿no?”

Por algún motivo yo no iba al bar de Leslie sino al de Gathrigt-Reed, que quedaba a la vuelta de la plaza. Míster Reed era un señor muy amable, de voz suave, que había conocido a Faulkner mucho antes que se volviera una figura literaria. Reed captó de inmediato mi interés por Faulkner y, de vez en cuando, me arrojaba alguna migaja de información sobre el escritor. Una vez me dijo: “Bill me regaló un ejemplar de su nuevo libro”, y abrió Réquiem por una mujer para mostrarme la dedicatoria. “Probablemente no lo voy a leer”, me dijo. “Este libro no es mi tipo. Bill lo sabe, y estoy agradecido por el regalo. Hubo una época en que Bill escribía cuentos muy buenos para la revista Saturday Evening Post. Siempre quise que siguiera en eso. Pero él ha cambiado de estilo y es una decisión que respeto.”

Un día, cuando me faltaba poco para terminar en Óxford, fui a la farmacia a comprar aspirinas o algún otro medicamento. No hice más que abrir la puerta y allí lo veo a Faulkner, frente al mostrador, charlando con Míster Reed.

Me paré en seco y me puse a pensar. ¿Sería yo capaz de...? Hacía poco había ido en auto por la ruta Taylor cuando me crucé con Faulkner, que iba de camino a casa. Llevaba un bastón y el mismo viejo saco. Lo primero que pensé fue: “Ofrécete a llevarlo.” Pero después pensé que si no estuviera caminando intencionalmente, habría hecho dedo cuando pasé. Parecía meditar profundamente algo como: “‘¿Cómo dices?’ gritó, ‘¿CÓMO DICES?’ Indignado, inmóvil, impotente en la furiosa inmovilidad crepuscular, a la pesadumbrosa hora de vísperas con una impotencia deificada, encarnada, crucificada e inresurrecta”.

Pero claro, en la farmacia no era posible que estuviese escribiendo. Estaba charlando. Yo me acercaría, no a él sino al mostrador, y entonces Míster Reed nos presentaría. Creo que no tuve ni tiempo de pensar si el título era “Incendio en la casa” o “Granero en llamas”, porque estaba perplejo. Me acerqué y, después de estar parado junto al mostrador por una cantidad de tiempo que no podría precisar, me comenzaron a temblar las manos. Creo que lo tomé por una señal. Sea como fuere, di media vuelta y me fui. Qué distinta habría sido mi vida si hubiese dado esos pasos adicionales. Todos estos años podría haber sido admirado y envidiado mientras recordaba alguna anécdota y empezaba diciendo: “La última vez que hablé con Bill...”

Sin embargo, la auto-represión también tiene su recompensa. Aunque nunca molesté a Faulkner, tuve la oportunidad de vincularme con él de las maneras más extrañas, que bien pueden ser una recompensa del destino. Tuve la suerte de que me internaran con una gripe muy severa en el mismo piso que la agonizante cuñada de Faulkner. Una vez una joven escritora me citó por una frase de Faulkner que yo le había recordado. Y tuve la inmensa fortuna de casarme con una chica que había sido mordida por uno de los perros de Faulkner. “¡Santo Cielo,” escribiría Goatee Brown al margen, “qué vida llena de experiencias debe haber tenido!”