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Esta historia es el resultado de un trabajo en equipo.
Robert Olaiz y Dora Lencina me
ayudaron para que pudiera viajar a Argentina y realizar la primera parte de la
investigación. Robert Olaiz además me proporcionó ejemplares del Mensajero Deseret
y otros materiales de valor histórico y me ayudó a movilizarme en La Plata. Dora Lencina
se tomó el trabajo de escribir, entre marzo y julio de 1993, un conjunto de anécdotas y
descripciones que en ese entonces titulé "Historia de la Iglesia en La Plata" y que ahora
constituye un capítulo de esta compilación. Tato Lencina
me prestó un material
fotográfico inédito, que en gran parte es de su propia cosecha. Las contribuciones de
Tato, que ha pasado tantos años de su vida tomando fotografías y compilando recuerdos,
son de un valor incalculable. Roy Mazzuchi no sólo fue uno de los
entrevistados, sino
que además me ayudó a hacer otras entrevistas, me proporcionó fechas y datos, y me ayudó
a identificar los locales donde funcionó la Iglesia desde 1938. Jorge
Párraga tuvo la
gentileza de permitirme utilizar una entrevista con su padre realizada en 1989, me
proporcionó importante información sobre la Rama de Villa Montoro, y me mostró otros
documentos históricos. Alejandro Olaiz me ayudó a compilar un
archivo digital
con algunas de las fotos más valiosas de aquella época. Las fotos provienen
principalmente de Tato Lencina,
Rodolfo Saltalamacchia,
Dora Lencina, Amelia
Lencina de Corte,
mis padres y mi archivo personal. Muchas de las fotos más
antiguas que conseguí llevaban la marca "SPL", lo que significa que provienen,
directa o indirectamente, del valiosísimo álbum de mi bisabuela, Sixta Carmen
Pereyra de Lencina. Mi agradecimiento genuino a
las personas entrevistadas. Todas las personas que contacté para las entrevistas demostraron una disposición
excelente: Roy Mazzuchi, Rodolfo
Saltalamacchia, Felisa Gaite de Zagaglia, Delia
Delia Gaite de Manchini, Rolf V. Salvioli, padre,
Juan Carlos Ávila, y muchos más. Ellos
tuvieron la amabilidad de recibirme, compartieron conmigo algunas anécdotas
fascinantes, y me hicieron pasar unas horas deliciosas.
Hugo N. Olaiz |